La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz tenue que entraba desde la ciudad. Renata y Miguel yacían entre sábanas revueltas, cuerpos aún calientes, respiraciones que poco a poco recuperaban la calma. No había ternura entre ellos. Nunca la había habido.
Renata se incorporó primero, tomando la sábana para cubrirse apenas. Su expresión ya no era la de una mujer satisfecha, sino la de alguien que calcula.
—No puedo creer que Sebastián me haya dejado —dijo, con una risa seca—. Después de todo lo que hice por él.
Miguel se apoyó sobre un codo, observándola con una sonrisa torcida.
—No te dejó —corrigió—. Te subestimó. Y ese fue su error.
Renata giró el rostro hacia él.
—La empresa de su familia es lo que más le importa —dijo lentamente—. Si eso cae… él cae con ella.
Miguel entrecerró los ojos, interesado.
—Alejandro es fuerte, pero no invencible —respondió—. La constructora está en su mejor momento, justo ahí es cuando más duele atacar.
Renata sonrió por primera vez esa noche. Una sonrisa peligrosa.
—Tú tienes acceso a información clave —continuó—. Contratos, licitaciones, movimientos financieros. Yo conozco los puntos débiles internos… y a Sebastián.
Miguel pasó una mano por su cabello, pensativo.
—Podríamos hacer que parezca un error de gestión —dijo—. Un mal movimiento. Un proyecto fallido.
—O una traición interna —añadió ella—. Nada destruye más rápido que la desconfianza.
Miguel la miró con interés renovado.
—Me gusta cómo piensas.
Renata se acercó, apoyando una mano en su pecho.
—No es solo por venganza —susurró—. Es por poder. Y tú y yo… podemos ganar mucho.
Miguel sonrió.
—Entonces hagámoslo —dijo—. Acabemos con la constructora Montoya.
Renata apoyó la cabeza en su hombro, satisfecha.
La guerra acababa de comenzar.
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Muy lejos de allí, en un café discreto, el ambiente era completamente distinto.
Gabriel Montoya removía su café sin beberlo. Frente a él, Elena parecía la misma de siempre… y completamente diferente. Los años habían dejado huellas suaves, pero su mirada seguía siendo la misma que lo había desarmado décadas atrás.
—Nunca pensé que volvería a verte —dijo él finalmente.
—Yo tampoco —respondió Elena con honestidad.
El silencio se instaló entre ellos, cargado de recuerdos no dichos. Gabriel la observó con atención, como si buscara respuestas en su rostro.
—Elena… —comenzó—. Cuando me fui, creí que lo hacía por un futuro mejor. Jamás imaginé que perdería tanto.
Ella apretó las manos sobre la mesa.
—Yo tampoco imaginé que me quedaría sola —dijo con voz firme, aunque temblaba—. Pero así fue.
Gabriel respiró hondo.
—Mandé a investigar sobre ti —confesó—. Necesitaba saber… qué había sido de tu vida.
Elena levantó la vista, sorprendida, pero no molesta.
—¿Y qué encontraste? —preguntó.
Gabriel dudó. Por primera vez desde que se reencontraron, parecía vulnerable.
—Encontré algo que no deja de darme vueltas en la cabeza —dijo—. Algo que necesito preguntarte… mirándote a los ojos.
Elena sintió un escalofrío.
—Dime.
Gabriel la sostuvo con la mirada, serio, directo.
—Elena… ¿Valeria es mi hija?
El mundo se detuvo.
Elena sintió que el aire le faltaba. Durante años había preparado su corazón para ese momento… y aun así no estaba lista.
No respondió de inmediato.
Sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas, no de miedo, sino de verdad.
Gabriel lo supo antes de que ella hablara.
—Dios mío… —susurró él, llevándose una mano al rostro—. Todo este tiempo…
Elena tragó saliva.
—Nunca quise que te enteraras así —dijo en voz baja—. Nunca quise quitarte nada… ni pedirte nada.
Gabriel negó lentamente, profundamente afectado.
—No me quitaste nada —respondió—. Me lo arrebataron los años… la distancia… mi propia cobardía.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa.
—Tengo una hija —repitió—. Y no lo supe.
Elena lo miró con una mezcla de amor y dolor.
—La crié sola —dijo—. Pero nunca te borré de nuestra historia.
Gabriel cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había una decisión clara en su mirada.
—Quiero conocerla —dijo—. Y quiero entenderlo todo. No como socio… no como empresario.
Como padre.
Elena asintió, con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas.
—Entonces prepárate —dijo—. Porque nada volverá a ser igual.
Y tenía razón.
Mientras unos fraguaban la destrucción en la oscuridad,
otros se acercaban peligrosamente a una verdad capaz de cambiarlo todo.