Lo que nunca se apagó.
El departamento estaba en silencio.
La ciudad extranjera se extendía al otro lado de la ventana, iluminada y distante, como una vida que nunca terminó de sentirse propia.
Él abrió el cajón con cuidado.
Allí estaba.
La foto ya estaba un poco desgastada en las esquinas, pero el rostro seguía intacto. La tomó entre los dedos como si pudiera romperse con solo respirar cerca.
Elena.
Más joven. Sonriendo. Con esa mirada limpia que nunca volvió a encontrar en nadie más.
Se sentó en el sillón y apoyó los codos sobre las rodillas.
—Han pasado demasiados años… —murmuró.
Recordó todo con una claridad que dolía.
El amor silencioso.
Las promesas que no se dijeron en voz alta.
La presión de su familia.
Las diferencias sociales que decidieron por ellos.
A él le exigieron elegir.
Y eligió mal.
—Nunca dejé de pensarte —susurró.
Cerró los ojos.
No sabía que Elena había tenido una hija.
No sabía que esa vida siguió sin él.
Creía que el tiempo lo había separado de ella para siempre.
Pero no.
El amor no se había ido.
Solo había aprendido a esperar.
Apretó la foto contra su pecho.
—Voy a volver —dijo con firmeza—. Aunque sea para verte una vez más.
No sabía que el destino ya había tejido el camino.
Que su regreso no sería casual.
Que esa mujer a la que seguía amando había criado sola a una hija que estaba a punto de cruzarse con su historia.
Ni que el apellido que firmó un contrato
era el mismo que marcaría su sangre.
A veces, el amor no muere.
Solo se queda en silencio…
esperando el momento exacto para reclamar su lugar.
Pasaron los días.
Valeria estaba completamente concentrada en la preparación de la presentación de los nuevos socios. Carpetas, agendas, correos, confirmaciones. Todo debía salir perfecto. Era una de las presentaciones más importantes del año.
Sebastián confiaba en ella.
Y ella no pensaba fallar.
Renata no volvió a aparecer.
Valeria lo notó, aunque no lo comentó con nadie. Durante días había sido una presencia constante, casi estratégica. Su ausencia no pasó desapercibida.
—Tal vez estoy imaginando cosas —se dijo—. O tal vez no.
Sebastián, por su parte, se mostraba distinto. Más sereno. Menos tenso. Ya no evitaba mirarla, pero tampoco cruzaba límites. Era una calma nueva.
Aquella tarde, cuando Valeria estaba revisando por última vez la lista de invitados, él se acercó a su escritorio.
—Valeria —dijo—, ¿tienes un momento?
Ella levantó la vista.
—Claro.
Sebastián dudó apenas un segundo.
—Quería saber… —comenzó— si no sería mucha molestia que salgamos un día de estos. A cenar. Hablar con calma.
El corazón de Valeria se aceleró, pero mantuvo el tono profesional.
—No sé si sea apropiado —respondió—. Además… —añadió, midiendo sus palabras— no quiero causar problemas. Si tu novia se molestara…
Sebastián la miró fijamente.
—No tengo novia.
La frase fue simple. Directa. Sin dramatismo.
Valeria parpadeó.
—Ah… —dijo—. No lo sabía.
—Terminamos —aclaró—. Hace días.
Hubo un silencio breve. Cargado.
—Entonces —continuó él—, no quiero que esto sea incómodo para ti. Si prefieres que no mezclemos las cosas, lo entiendo.
Valeria respiró hondo.
—No me incomoda —respondió—. Solo quiero hacer las cosas bien.
Sebastián asintió.
—Yo también.
Se quedaron mirándose un segundo más de lo necesario.
—Avísame cuándo te conviene —dijo él, dando un paso atrás—. Y gracias… por todo el trabajo que estás haciendo.
—Es mi trabajo —respondió ella, sonriendo apenas.
Sebastián se alejó.
Valeria volvió a la pantalla, pero ya no veía las letras con claridad.
No porque hubiera pasado algo…
sino porque algo importante había dejado de estar.
Y a veces, lo que desaparece
abre espacio para lo que realmente quiere llegar.