Sofía
Esa noche volví tratando de disimular que mi maquillaje estaba corrido corrido y mi cabello recogido en una coleta alta. Claro que a Memphis no le interesaba saber dónde estaba o con quién mantenía relaciones, era algo que habíamos estipulado, pero seguro que tener sexo con su mejor amigo estaba escrito en letras chiquitas.
Nos fuimos de la fiesta tan pronto volví a su lado, cruzando el mínimo de palabras y manteniendo un viaje completamente en silencio. Algo que en otra ocasión me hubiera incomodado, ahora agradecía. Temía hablar y decir lo que pensaba en voz alta, delatarme y perder todo en mi primer día era una estupidez. Por otro lado, atribuí el silencio de Memphis a que aún no había la confianza suficiente entre nosotros.
Una noche, una maldita noche bastó para que hiciera la estupidez más grande que si salía a la luz podía destruir una relación y una amistad de toda la vida.
¡Y todo por mi calentura!
Llevaba más de dos años sin sexo, prácticamente desde que había terminado con mi único novio, con el único valiente que se había atrevido a salir conmigo aún bajo las malas caras y desplantes de mis padres. Un novio que había sido más un capricho que amor, pero le agradecía las lecciones aprendidas y me disculpaba por las humillaciones provocadas por mi familia. Mi ex no era el más guapo, ni con el mejor estatus social, pero era respetuoso y buen muchacho.
Claro que después de estar con él estar en una discoteca llena de hombres con atractivos sacados de revista, me iba a ganar la tentación.
Al inicio, cuando sentí las fuertes manos sobre mí pensé que era un pervertido, estaba dispuesta a iniciar un escándalo si no me soltaba pronto; pero al escuchar aquel fuerte acento inglés me temblaron las piernas.
Fui débil.
Sabía que el hombre no era Memphis por su perfume. No era el aroma fuerte y amaderado que me había mareado durante el camino, pero sabía que era alguien con la capacidad económica para invertir en un perfume costoso.
Me deje llevar al sentir sus fuertes hombros, y sus carnosos labios jugando con el lóbulo de mi oreja fueron mi perdición. Sin embargo, cuando me di cuenta de que era Declan, ya era demasiado tarde. Quería que la tierra me tragara y me escupiera en China. Lo peor de todo era que no podía quitármelo de la cabeza.
—Te veo mañana —informó Memphis sacándome de mis pensamientos.
Nos encontrábamos fuera de mi edificio.
—Seguro —murmuré abriendo la puerta del auto lista para bajarme.
Tan pronto crucé la entrada del edificio Memphis desapareciera en su auto de lujo.
Me encontraba agotada física y emocionalmente, convivir con demasiadas personas en un solo lugar había requerido de toda mi energía. Como pude arrastré los pies a las escaleras y subí los tres pisos a mí habitación. Entré en el departamento haciendo el más mínimo ruido para no despertar a los demás. No los conocía, y no quería recibir quejas, prefería ser la compañera fantasma que nunca estaba y cuando estaba no se daban cuenta.
Arrojé los tacones en una de las esquinas y me tiré sobre mi cama sin molestarme siquiera en ponerme las pijamas. Acomodé mi almohada con la intención de dormirme y olvidar todo por un par de horas, sin embargo, mi mente reproduciendo los recuerdos más libidos me atormentaba. Retorciéndome entre las sábanas y rogándole a mi mente que se detuviera, finalmente gané y caí rendida en un profundo sueño.
La madrugada y parte de la mañana pasó en un abrir y cerrar de ojos. Sentí que habían pasado cinco minutos cuando ya me había despertado, o más bien, mi celular sonando insistente me despertó. Intenté responder, pero la llamada terminó. La pantalla marcaba tres llamadas perdidas y un mensaje de texto de Memphis.
Memphis
Ábreme. Estoy a fuera.
Rodeé los ojos soñolienta. ¿Este hombre no descansaba? Tan solo era mediodía y ya estaba en la puerta de mi casa. El celular volvió a sonar y refunfuñando me levanté a abrirle la puerta antes de que se le ocurriera derribarla como segunda opción.
—¿Ya tienes todo listo? —preguntó, Memphis entrando en un no tan limpio departamento.
Yo era la compañera que no estaba en casa, pero los demás eran los desordenados que les costaba trabajo mantener el resto de las áreas comunes limpias.
—Buenos días para ti también —respondí sarcástica tallándome los ojos.
El reloj marcaba mediodía, pero mi cuerpo sentía que eran las seis de la mañana. Mi cerebro aún no despertaba por lo que su pregunta me confundía. No recordaba haber acordado alguna reunión o cita. O ¿cómo por qué debía tener mis cosas listas?
—No pusiste atención ayer ¿verdad? —Se cruzó de brazos. Lo miré confundida una vez más como si me estuviera hablando en otro idioma— Te dije que empacaras tus cosas…
—¿Para qué? —lo interrumpí escandalizada.
—Te irás a vivir conmigo —informó tranquilo.
—No —respondí firme— ni de chiste.
Alarmada traté de recordar en qué momento de la noche había accedido a esta barbaridad. ¿En qué momento accedí a dejar mi privacidad para irme a vivir con él? Me maldije y regañé mentalmente por haber bebido demasiado la noche previa. Por haber dejado que el alcohol me controlara y mi subconsciente tomara las decisiones más absurdas, que ahora repercutirían en mi vida.
No conocía a Memphis del todo y aunque tenía la sensación de que era buena persona, no creía que vivir juntos fuera una buena opción. Para mí no era necesario tener que compartir techo también. Era muy temprano en la “relación” andarnos sacando los ojos por los hábitos y comportamientos del otro que no nos gustaban. Para empezar, podía intuir y estaba cien por ciento segura que nuestros hábitos alimenticios serían el primer desacuerdo.
Las pocas veces que vi a Memphis siempre llevaba ropa un par de tallas más grande, por lo que aún no había tenido la oportunidad de verlo con ropa de su medida o ver que escondía bajo aquellas prendas. Pero era futbolista profesional, así que era de esperarse que estuviera en una dieta bastante restrictiva y un cuerpo bastante atlético. Mientras que yo, pues era mujer y como cada mujer sufría de ansiedad premenstrual. Sufría de atracones por cosas dulces cada que mi periodo se acercaba, y no podría tolerar vivir sin mi dosis de azúcar. Eso sin mencionar los malos hábitos alimenticios que llevaba provocada por el mal horario de comidas que tenía.
—Pues yo ni de chiste pienso volver a este lugar. Así que toma tus cosas, Sofía —ordenó. Abrí la boca para protestar, pero me interrumpió—. No tienes otra opción, está en el contrato. Además, que no creo que sea seguro para ti. No después de que ya salió la noticia de mi nueva novia y tu rostro figura en la portada.
Los ojos casi se me salen del rostro. ¡Que rápido trabajaba la prensa en este país! No dejaban que un simple futbolista saliera vivo de sus garras. No era de las personas que leían mucho los chismes o pasaba demasiado tiempo en internet, pero sabía que las noticias y encabezados a veces podían ser despiadadas. Podían ser como los niños cuando sufrían un pequeño raspón; dramáticas y exageradas. Su especialidad era hacer el problema más grande de lo que parecía, así que esperaba que al menos hubieran sido amables conmigo en mi primer encabezado.
Por otro lado, quise reírme en su cara por haberme dicho semejante mentira. En el contrato no había ningún punto que mencionara que debía irme a vivir con él si él lo pedía. Si su intención era quererme ver la cara de estúpida, estaba equivocado porque había leído cada punto. Y lo único que mencionaba era que debía quedarme a dormir cuando su familia estuviera de visita, cosa que no era así porque no lo había mencionado. Así que busqué otra manera de molestarlo.
—¿Eso que veo ahí es un Memphis preocupado? —me burlé divertida.
Achicó los ojos y me observó con cara de pocos amigos.
—No quiero que me acusen por dejar que mi novia viva en un barrio tan feo como este —explicó irritado—. Muévete y toma lo que necesites, otro día puedo mandar a alguien por el resto.
Con brazos cruzados parado en medio de la sala me presionaba con aquella penetrante mirada para que me apresurara.
—Bien —Refunfuñé caminando a mi habitación con el futbolista pisándome los talones.
Este hombre iba a ser más difícil de lo que pensaba. Cada movimiento y palabra que decía solo confirmaban mi hipótesis.
Nos íbamos a sacar los ojos viviendo bajo el mismo techo.
—¿Aquí duermes? —respondió alzando una ceja disgustado.
Asentí, sacando una de mis maletas para poder guardar lo más que pudiera. Mi habitación no era la más ordenada, en realidad era un completo desastre. Los colores y pinturas junto con la infinidad de bocetos y trabajos incompletos predominaban en el desorden. En mi defensa, no había tenido tiempo de limpiarla, aun así, fueron las primeras cosas que comencé a empacar, no quería que nadie más tocara lo más valioso que tenía en ese momento. Mis cuadros.
Con el futbolista observando cada centímetro de mi habitación por primera vez me sentí avergonzada de mi desorden. Culpaba a la universidad y al trabajo por el poco tiempo libre que me dejaban.
Empaqué la pila de ropa sucia que estaba junto al ropero ¿Por qué la ropa sucia? Porque tenía más sentido llevar las prendas que más utilizaba que las que tenían semanas e incluso meses guardas. Ya tendría tiempo para aprender a usar la lavadora en mi nueva casa temporal, también tomé otros artículos necesarios e indispensables rápido. La pesada mirada de Memphis observando cada uno de mis movimientos me presionaba y ponía nerviosa. Era su manera de decir: —Apresúrate —Sin necesidad de hablar.
—¡Listo! —expresé un poco agitada.
—Ni siquiera te cambiaste, ¿segura que quieres salir así? —Me observó de pies a cabeza e instintivamente hice lo mismo que él.
Olvidé que aun llevaba el vestido de anoche. No me había visto al espejo, pero al no desmaquillarme seguro parecía mapache con la máscara de pestañas corrida y el cabello revuelto.
—¿Iremos a algún lado? —pregunté cruzando los dedos no me encontraba con ánimos para ir a otro lugar. Sonreí cuando negó con la cabeza— Entonces, vámonos.
Encogió sus hombros restándole importancia y desapareció de la habitación con mis maletas. Inmediatamente tomé una toallita desmaquillante, podía llevar el mismo vestido, pero no andar con la cara de payaso por la calle. Había niveles para salir desarreglada. Me ajusté la coleta y me puse un par de tenis, tampoco me iba a colocar aquellos tacones que al parecer me habían lastimado porque los pies me dolían como nunca y tomé mi bolso junto con la caja de pinturas antes de cerrar el departamento.
—¿Realmente necesitas este cochinero? —preguntó torciendo la boca mientras colocaba la caja en la cajuela del auto.
—¡Sí! —exclamé— Por favor, no rompas nada.
Asintió ante mi orden, y cerraba la puerta. Tan pronto nos subimos a su auto aceleró sin demorar un segundo más en aquellas calles que tanto le desagradaban.
Media hora conduciendo en un silencio ensordecedor, sin siquiera la radio de fondo. Cansada como para atreverme a hablar y sin saber a cuál de todas las opciones en la pantalla digital presionar para encender la música cerré los ojos deseando quedarme dormida y hacer de esa tortura más corta. No funcionó.
Me concentré en las casas de los distintos vecindarios que pasábamos, la evolución de un barrio bajo a uno exclusivo y privado. No pude evitar asombrarme cuando nos detuvimos frente a una gran reja eléctrica que se abría lentamente. Nunca imaginé que viviría en una de las zonas más exclusivas y caras de Londres. Si las casas que había visto eran enormes y con autos de lujos estacionados en el patio no me imaginaba como sería la de Memphis.
Giró en un par de calles más y finalmente se estacionó frente a la cochera de una casa de dos pisos blanca con los marcos de las ventanas y las puertas color n***o. A mi parecer bastante grande para una sola persona, pero demasiado pequeña comparada con las casas de los vecinos. A simple vista era hermosa. El patio delantero era amplio y tenía un pequeño camino de arbustos perfectamente podados que trazaban el camino a la entrada principal. El césped estaba un poco maltratado, pero era culpa de las bajas temperaturas.
Me bajé del auto detrás de Memphis e instintivamente me llevé las manos al cuerpo en un intento por darme calor, después de estar en la calidez del auto, fuera hacia un frío entumecedor.
—Puedes esperar dentro en lo que bajo las cosas —habló mientras me observaba titiritar del frío.
Sin protestar y como rayo acepté.
Por dentro el hogar del futbolista era aún más grande y vacío de lo que esperaba. En la entrada solo había un banco acolchonado de terciopelo n***o junto a una pequeña mesa donde colocaba las llaves, también había un gran espejo ovalado y de ahí en adelante eran paredes vacías. Del lado derecho había unas escaleras con barandal de madera blanco y una alfombra cubriendo los escalones.
La falta de decoración en la entrada de la casa me hacía pensar que tenía poco que se había mudado, pero tampoco podía juzgar por una triste y vacía entrada. Memphis apareció a los minutos cargando mi maleta en una mano y en la otra la caja de pinturas que le quité con miedo a que las tirara.
—Sígueme, te mostraré donde dormirás —informó y lo seguí por detrás—. Mi habitación es esa —Señaló la única puerta subiendo las escaleras a la izquierda— y también será tuya cuando mi familia venga de visita… —explicó.
Asentí mientras seguía observando las vacías paredes que llevaban al segundo piso y a la vez rogando que su familia no viniera de visita mientras esta farsa estuviera en pie. No quería tener que compartir habitación y posiblemente cama con Memphis. Primero porque quería tener mi privacidad y segundo porque no sabía si podría estar en la misma habitación que él después de lo sucedido con Declan. Ya era bastante tortura tenerle que ver la cara por las mañanas y las noches cuando estuviera en casa como tener que verla al cerrar los ojos y al abrirlos.
—¿Alguna pregunta? —cuestionó abriendo la primera puerta del pasillo a la derecha.
—No —respondí segura, aun cuando me había perdido a la mitad de su explicación.
—¿Segura? —asentí efusiva— entonces, ¿por qué siento que una vez más no me pusiste atención?
—Sí presté atención —mentí.
—Entonces, ¿qué hay en la última puerta del pasillo? —interrogó alzando la ceja mientras se recargaba en el marco de la puerta divertido.
¿Qué era esto? ¿Un examen? Si respondía mal ¿qué me iba a hacer? ¿echarme de la casa? Fuera lo que fuera no quería averiguarlo. No hoy.
—La habitación de invitados —respondí segura, aun cuando no lo estaba.
Soltó una pequeña risa y negó.
—¿Cómo es que cada que hablo no me prestas atención? —inquirió.
—Tal vez porque no dices nada interesante… —respondí sin pensarlo.
Guardo silencio unos segundos y después asintió ofendido.
Me quedé muda ante las palabras que salieron de mi boca. Tal vez si tenía cosas interesantes que decir, pero yo no me había dado el tiempo de escucharlo. Cada que me explicaba algo mi cerebro se alarmaba y procesaba todos los contras en lugar de concentrarse en lo que decía y guardar las quejas para el final.
—Pero para escuchar mi propuesta en el café no te hiciste la sorda —respondió tajante.
—Lo siento… —traté de disculparme.
Memphis me daba la mano y yo le agarraba el pie cada que hablaba o explicaba algo.
—Como sea —me interrumpió—. Mañana tengo que viajar con el equipo, vuelvo el miércoles. Presta atención porque no voy a estar para ayudarte —me observo serio y yo señalé que tenía toda mi atención—, sobre la mesa de la entrada van a estar las llaves de la casa. No las pierdas, es la única manera en la que tú puedes entrar…
—¿Cómo? ¿hay otra manera?
—Con contraseña, pero como no me prestas atención se te va a olvidar —explicó dando media vuelta listo para retirarse.
—Oh, por favor, Memphis ¿tan tonta me crees?
Me crucé de brazos ahora indignada. Una cosa era no prestarles atención a sus indicaciones y otra era olvidar algo importante como la contraseña de la casa.
Se detuvo al pie de la escalera, alzó la vista y nuestras miradas se encontraron. Bajo sus ojos había unos pequeños círculos negros, el cansancio producto de las pocas horas de sueño. Aun así, fueron aquellos ojos color miel los que me provocaron algo que no pude describir. Su mirada se sentía como una corriente de aire fresco en verano que me estremecía. Fría y cálida.
—Demuéstrame lo contrario y te doy la clave —condicionó antes de bajar las escaleras.