Capítulo 11: Fuera de lugar II

2264 Words
Después de aquella noche me atrevería a decir que festejar mi cumpleaños en casa con mis amigos más cercanos no era tan malo como pensaba. En realidad, era mucho más agradable, la convivencia era más sana y era más fácil platicar con todos que en una discoteca o bar donde la música era ensordecedora. Aun así, la cena transcurrió bien con excepción del momento en el que todos se enfrascaron en una conversación incomoda. Una conversación en la que no me di cuenta cuándo ni cómo cambió de rumbo, pero las palabras de Kyle me hicieron darme cuenta de que debía hacer algo y aligerar el ambiente antes de que se descontrolara. Conocía a mis amigos y aunque lo de Keith había sido pasajero nunca lo había visto tan feliz al hablar de una chica como lo hacía de la bailarina perdida. Chase era muy reservado, pero sabía lo suficiente de él como para conocer la historia con su mejor amiga de la infancia y de la cual perdió el contacto al venir a Europa a los diecisiete. Mientras que Kyle tenía un par de meses que había llegado al equipo y aún seguía adaptándose. De todos tenía un pasado más duro y no era necesario preguntarle para saber que la vida había sido más injusta con él. Tal vez, en cuanto a amor se trataba Declan era el más afortunado al haber encontrado a Laura y seguir con ella después de varios años. Porque a pesar de que Kerry y Miles estaban casados, llevaban una relación a distancia y también lidiaban con la presión y las mentiras que publicaba la prensa sobre ellos. Solo había una cosa de la que estaba seguro y era que: si me preguntabas sobre mis amigos podía decir con ojos cerrados que todos ellos estaban enamorados e incluso algunos también tenían el corazón roto. Por esa razón cuando Sofía habló, no pude estar más de acuerdo con ella, a pesar de que me intrigaba saber qué escondía detrás de aquellas palabras. Había una cosa que teníamos en común y era que ambos estábamos desesperados por ayuda. Yo había sacrificado mi soltería y mi libertad para estar tranquilo en aquella mesa y Sofía había hecho lo mismo. Fue por eso que no lo pensé dos veces y cambié de tema, porque la respuesta de Laura haría que llovieran los reclamos y las réplicas en su contra por presumir algo que no todos tenían la fortuna de gozar. Porque Laura venía de una familia humilde de clase media y que sinceramente se había sacado la lotería con Declan. Nadie la amaría como mi amigo, ni le daría la estabilidad económica que Declan le estaba dando. Aún así, el resto de la noche transcurrió tranquilo, sin ninguna conversación incomoda y llena de risas, inclusive Kyle se había atrevido a bromear conmigo. Solo hubo un pequeño momento en el que noté a Declan un poco extraño y fue cuando senté a Sofía sobre mi pierna. Había algo en su comportamiento que me parecía raro, a pesar de que hacía sus típicas bromas de vez en cuando para mi algo andaba mal. Tal vez había discutido con Laura antes, no sería la primera vez que lo miraba así de abatido por aquel motivo. Mi amigo podría tener mal temperamento dentro del campo pero cuando se trataba de su relación, era la persona más paciente que conocía y hacía lo posible por evitar cualquier pelea. De igual manera lo deje pasar, lo que fuera que hubiera pasado entre ellos, no me incumbía. —¿Cuál es ese regalo con el que siempre soñaste? —preguntó Sofía sacándome de mis pensamientos mientras recogía los platos de la mesa— Ese regalo que no tienes y que te haría feliz. Ya todos se habían marchado y solo quedábamos nosotros limpiando aquel desastre del comedor. Sorprendido de que se hubiera quedado a ayudarme cuando creí que terminada la cena se iría a su habitación. Guardé silencio unos segundos, de todas las preguntas que me pudo haber hecho aquella en especial me había tomado con la guardia baja. Creí que me reclamaría por no haberle avisado de la fiesta o estaría molesta por haberle ordenado que la quería en casa rápido cuando claramente estaba en clases. Sin embargo, estaba tranquila. Medite la pregunta, inseguro si se refería a algo material o algo más sentimental. —Que mi alacena no parezca dulcería —respondí tranquilo evadiéndola. Quería responder su pregunta. Claro que sí, de verdad quería hacerlo, pero necesitaba tiempo para meditarla. ¿Qué podía desear, si prácticamente lo tenía todo? Tenía familia, tenía trabajo, tenía salud, pero ¿cuál era el regalo que siempre soñé? Rodó los ojos y colocó los platos en el fregadero. —Necesito azúcar para sobrevivir en esta casa y endulzarme un poco de tu amargura —explicó encogiéndose de hombros. —¿Quién dijo que soy un amargado? —cuestioné tirando las servilletas y papeles en la basura— Si aún no me conoces. —Lo único que haces es darme ordenes —replicó un poco irritada— ¿Cómo puedo pensar que eres amable y divertido? —De acuerdo, voy a dejar que me hagas un par de preguntas, pero primero respóndeme ¿A qué te referías cuándo dijiste que todos debíamos sacrificar algo para llegar a dónde queríamos llegar? —pregunté finalmente. Mi curiosidad tomó poder sobre mí. Si Sofía hubiera sido otra persona no le hubiera tomado tanta importancia a sus palabras, pero había algo en ella que me intrigaba y era que no la conocía. No la conocía en lo más mínimo y la única manera de hacerlo era preguntando, entablando una conversación aun cuando no quería. En cambio, si ella deseaba saber de mí era tan fácil como escribir mi nombre en internet para conocer hasta a lo que se dedicaban mis hermanos. —Yo no te pregunté qué era lo que debías esconder —contraatacó alzando una ceja, mientras que en mi rostro se formaba una gran sonrisa. Esta chica escondía más cosas de las que pudiera pensar e iba a ser un reto poder descubrirlas. Pero a mí me gustaban los retos. —Bien, ¿qué es aquello con lo que siempre soñaste? Entonces —interrogué. —¿No era yo la que iba a hacer las preguntas? —Te tardaste —respondí haciéndome el inocente. No estaba cumpliendo con mi palabra en lo más mínimo, pero no quedaría satisfecho hasta poder sacarle un poco de información. Algo con que comenzar con que trabajar, ¿qué era lo que le causaba tantos problemas económicos? Dejé lo que estaba haciendo para observarla y prestarle toda mi atención. Su respuesta me daría más contexto, y tal vez el por qué la había formulado en un principio. —Aunque quisieras no podrías darme el regalo que siempre soñé —respondió en voz baja un poco triste. —No soy mago, pero podría intentarlo —dije sincero— por ti. Cerró el ultimo contenedor de plástico y antes de guardarlos en el refrigerador dijo: —No necesito que me bajes el cielo y las estrellas, Memphis. —No, pero si puedo hacerte feliz, lo haré… —Me encogí de hombros, mientras jugaba con mis dedos nervioso. Aquellas palabras habían salido de mi boca sin haberlas pensado, como si alguien más me hubiera controlado—. Así como lo haría por mi familia —expliqué aligerando el momento. Lo que menos necesitaba era que Sofía mal interpretará mis palabras y pensará algo que no era. No sentía nada por ella, más que aprecio por aceptar mi descabellada propuesta y porque ahora vivíamos juntos. No quería que ella se creará falsas ilusiones, no se merecía sufrir por mi culpa. Me observó un par de segundos con sus mejillas sonrojadas. Asintió en agradecimiento mientras jugaba nerviosa con uno de los mechones de su cabello. La había dejado sin palabra. La amplia cocina de repente comenzó a sentirse pequeña y calurosa incluso cuando cada uno estaba en esquinas opuestas. Ya no había mucho que limpiar, solo quedaban algunas manchas en el piso de comida que se había caído, llenar el lavavajillas con los trastes sucios y tirar el pastel sobrante. Un pastel que apenas había probado, pero que en ese momento me dieron unas ganas tremendas de comerme una gran rebanada, pero no podía. Comerlo solo me haría sentir más ansioso. —Entonces, ¿por qué artes? Cambié de tema sentándome en uno de los bancos frente a la isla de la cocina a la vez que la observaba tomar un pedazo de pastel con la cuchara. No se había molestado en partir un pedazo y servirse en un plato. Ya habíamos hecho mil preguntas sin respuesta, esperaba que esta al menos fuera más fácil para ella. —¿Por qué ser futbolista? —habló con la boca llena. —Yo pregunté primero —debatí, rodando los ojos. Una vez más le había quitado la oportunidad de preguntar, pero no todo podía girar en torno a mí y aquella simple cuestión era la llave para conocerla mejor. Una simple decisión como elegir una profesión decía mucho de las personas. Era la manera más sencilla para saber si la persona tenía decisión, si era capaz de decidir por si misma o si alguien más lo había hecho por ella. Así como el motivo, si lo hacía por la ambición del dinero, significaba que era muy egoísta con los demás y le costaba salir de su zona de confort. Si sus padres la habían obligado a estudiar algo que no quería significaba que era una persona insegura y con miedo a desafiar las reglas. En cambio, si era una persona que había escogido algo que de verdad quería, lo que de verdad le apasionaba significaba que era decidida, valiente y que no tenía miedo a las incertidumbres de la vida. Soltó un fuerte suspiró y respondió: —Porque me gusta, disfruto dibujar… porque me transporta a un mundo donde soy yo la que controla cada detalle, cada color y nadie me va a decir que está bien y que está mal. Porque soy yo la que decide. Y al final, solo aquellos dispuestos a mirar más allá de lo común sabrán valorar mi trabajo —explicó mientras su rostro se iluminaba con cada palabra que salía de su boca—. Las artes me hacían olvidar las carencias afectivas y todos los problemas con los que vivía. Además, ¿no es bonito ir al museo, al teatro o a un concierto? No pude evitar sonreír, Sofía era un alma apasionada que se había dejado llevar por sus sentimientos, sus convicciones y sus deseos. Era una mujer que a simple vista parecía frágil, sin embargo, era fuerte y decidida. Algo que me pareció sumamente sexy, no necesitaba de mí ni de mi fama para poder triunfar. Tomó otro pedazo de pastel y con la barbilla me indicó que era mi turno de responder. —A mi familia siempre le ha apasionado el fútbol, en especial a mi abuelo. Él fue quien me llevó a mi primer entrenamiento y aunque al principio no me gustaba, después encontré la pasión y el deseo por convertirlo en mi trabajo —expliqué recordando aquellos momentos en los que mi abuelo Frank me llevaba a los entrenamientos—. Además, era la excusa perfecta para pasar menos tiempo en casa escuchando los llantos y berrinches de mi hermano menor. —¿Cuántos hermanos tienes? —Dos —respondí—, Phoenix y Brooklyn. El par de hermanos que eran una patada en el trasero pero que admiraba y quería demasiado. Eran el combo perfecto para convertirme a mí en el hermano de en medio y el favorito de mamá. —A tus padres les gustan mucho los nombres de ciudades en Estados Unidos —bromeó. Solté una pequeña risa. Cuando le explicara el origen de nuestros nombres seguro se iba a burlar, era imposible no hacerlo. No había quien no lo encontrara absurdo, inclusive para mí lo era. Pero como todo, había una razón detrás de nuestros nombres. —Fue mi padre quien los escogió y todos vienen de equipos de la NBA —expliqué divertido—: Phoenix Suns, Memphis Grizzlies y Brooklyn Nets. —¿¡Es broma!? —habló incrédula. Negué— ¿Cómo es que tu padre es más fanático del baloncesto si Inglaterra llora y sangra fútbol? —Lo mismo me pregunto. Mi abuelo casi lo deshereda cuando le dijo la razón de nuestros nombres… Si me preguntas no me desagrada, omitiendo la parte de su fanatismo me parecen nombres poco comunes. En la escuela no había nadie que se llamara como nosotros y sinceramente prefiero llamarme Memphis, antes que Harry o Lewis —expliqué mientras me levantaba para servirme un vaso de agua— ¿Y tú? ¿Tienes hermanos? Sofía que estaba de espaldas a mí al oír mi pregunta dejó la cuchara sobre el pastel y sus hombros se tensaron. Guardó silencio unos segundos, después observó el pequeño reloj en su muñeca y con voz temblorosa dijo: —Ya es tarde, será mejor que me vaya a dormir. Desapareciendo de la cocina antes de que pudiera decirle algo. Con aquella pequeña conversación me habían quedado claras un par de cosas. La primera era que Sofía de verdad amaba pintar, dibujar o cualquier derivado del arte. Y la segunda, era que tenía algún problema con su familia que no le gustaba hablar de ello ni de ellos. Ahora, solo necesitaba averiguar qué había pasado.
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