Memphis
Volví a casa el miércoles después del mediodía con ganas de dormir hasta el día siguiente. Amaba mi trabajo, no me podía quejar, hacía lo que me gustaba y era feliz, pero odiaba que los calendarios fueran tan apretados. Odiaba que hubiera partido cada tercer día porque eso significaba pasar más noches en hoteles y menos en casa, después de un tiempo, viajar tanto, era desgastante.
Esa mañana antes de salir del hotel, en el desayuno, el equipo me cantó el cumpleaños feliz, no me gustaban ese tipo de actos, en especial cuando estaba tan agotado, y aunque les agradecí lo único que deseaba en ese momento era volver a casa. Después de un vuelo de dos horas y conducir treinta minutos finalmente llegué a donde tanto anhelaba.
—¡Feliz cumpleaños, Memphis! —dijo Debby cuando aparecí en la cocina.
—Gracias —respondí con una sonrisa cansada— ¿compraste lo que te pedí?
—Sí, ya está envuelto y en su lugar —informó mientras acomodaba los platos en la gran mesa.
Asentí mientras caminaba a la alacena.
Le había pedido a Debby que comprara un regalo con la excusa que era para Sofía, pero era todo lo contrario. Era para mí. Por la noche vendrían mis amigos más cercanos a festejar mi cumpleaños y como todo había sido tan repentino, no le avisé con tiempo a Sofía, pero le había mandado el recado.
No podía dejarla morir frente a todos los curiosos. Así que, para hacerlo aún más creíble, durante mi viaje escribí una pequeña tarjeta que acompañaría el regalo y en la cual me había esforzado para que no pareciera mi letra, sino la de Sofía. Nadie podía saber que nuestra relación no era real, ni siquiera las personas más cercanas a nosotros.
—¿Tienes hambre? ¿quieres que te prepare algo de comer? —preguntó Debby sacándome de mis pensamientos.
Debby se encargaba de las compras, revisar que todo estuviera en su lugar y de prepararme la comida para el resto de la semana cuando no comía en el entrenamiento. Era como una segunda mamá, conocía mis gustos y cuando algo no iba bien siempre se encargaba de levantarme el ánimo.
—No, gracias. Voy a tomar una barrita y me iré a… —Dejé las palabras al aire— ¿¡Qué es esta porquería!? —exclamé tomando una caja de galletas con chocolate.
Debby soltó una carcajada a mi espalda y me volteé a verla esperando una explicación. Las galletas, dulces y cualquier tipo de comida chatarra estaban estrictamente prohibidas en mi casa. No me gustaba tener tentaciones que pudieran alimentar mi ansiedad, y el azúcar era una de ellas.
—Sofía me las pidió —explicó divertida.
Solté un bufido frustrado.
—Claro que sí… —murmuré dejando las galletas en su lugar de mala gana— Cuando termines de acomodar la mesa te puedes marchar.
Asintió con gran sonrisa mientras yo salía de la cocina para dirigirme a mi habitación y tomar una siesta. Quería descansar un poco, antes de que la tormenta comenzara. Requería de toda mi energía para tolerar los chistes malos y bromas sobre mi nueva relación, pero mi calma tuvo que esperar unos minutos. Tan pronto puse un pie en la escalera noté algo diferente.
—¡Debby! —llamé a la señora.
Me sentía mal por estarla molestando cada dos segundos. Usualmente intercambiábamos pocas palabras cuando volvía de algún viaje, siempre la dejaba hacer su trabajo, pero ese día todo parecía estar fuera de lugar y Debby no era de las personas que movían cosas sin preguntar primero.
—¿Sí? —habló tranquila parándose al pie de las escaleras.
—¿Tu hiciste esto? —pregunté señalando la pared con las fotos de mi debut con el Chelsea y otros acontecimientos importantes que tenía guardadas en mi cuarto de juego. Negó y abrió la boca para decir algo, pero la interrumpí– No me digas, fue Sofía.
—Supongo que sí, cuando llegué eso ya estaba —Se encogió de hombros—, pero ¿apoco no le quedó bonito? Al fin se pueden apreciar esas fotos.
No respondí y volví a observar la pared.
Tenía razón, Sofía había hecho un buen trabajo. Los cuadros estaban perfectamente acomodados a la misma distancia uno del otro y lo sorprendente era que no estaban chuecos. Levantando en mí, la curiosidad de qué cosas podía hacer esta chica.
—¿Sabes si hizo alguna otra modificación? —indagué.
No quería llegar al segundo piso y ver que el techo no estaba o mi habitación ya no era mi habitación. Con lo poco que había visto, Sofía se había hecho sentir más que en casa. Eso era algo bueno si no me considerara un chico de rutina.
Cuando dejé mi departamento y me mudé a esta casa me costó adaptarme, más que nada el hecho de que era demasiado grande para una sola persona, pero era un cambio necesario para mí y mi familia. Cuando estaban de visita o se quedaban a dormir no cabíamos en aquel pequeño piso y hacían que todo fuera un caos. Los amaba, eran todo para mí, pero me quitaban privacidad y si había algo que apreciaba más que mi rutina era mi paz.
Brighton, la ciudad donde crecí no estaba muy lejos de Londres, pero a mis padres, siempre les gustaba quedarse a dormir todo el fin de semana cuando estaban de visita. Y cuando mi hermana mayor llegaba de Estados Unidos con su familia, el departamento colapsaba. Entre las maletas, los juguetes de Zoe, mi sobrina, y los demás miembros de la familia era imposible dar un paso sin tropezar. Así que cuando Phoenix, nos dio la gran noticia de que estaba embarazada por segunda vez, no lo pensé dos veces y busqué una agencia inmobiliaria que me ayudara a encontrar la casa adecuada.
—No. Creo que eso es todo. No puedo esperar a venir la próxima semana y ver que otros cambios hizo —expresó emocionada como niña pequeña.
—Ja-ja –respondí sarcástico.
Maldiciendo el momento en el que se me ocurrió traer a Sofía a casa, pero en el fondo agradecí que hubiera hecho algo con lo que yo no había tenido tiempo. Mi hogar tenía los pocos muebles de mi antigua departamento y esa era la razón por la que se miraba tan vacía a pesar de que mi madre en cada visita traía alguna pequeña decoración o mandaba algún mueble que encontraba en los mercados de segunda mano, como el cuadro del león en el comedor. No me gustaba la imagen, la detestaba. Era la imagen más triste que había visto en mi vida, el animal se miraba delgado y con la melena descuidad, incluso parecía anémico debido al desgaste de la imagen que ya estaba descolorida. Pero era regalo de mi madre y no podía decirle lo contrario.
—Sabes que a la casa le faltan muchas cosas, y que no tienes el tiempo suficiente para hacerlo tu. Al menos deja que Sofía lo haga, deja que se sienta cómoda. Deja que se sienta en casa… —Asentí y le agradecí, pero antes de seguir con mi camino a la habitación me detuvo— Memphis, no tuve el placer de platicar con ella, pero creo que Sofía es el cambio que necesitabas.
Estaba tan cansado que no quise enfrascarme en un debate con Debby. En ese comentario discrepaba con ella, con Sofía o sin Sofía ya había hecho el cambio que todo mundo esperaba de mí.
—Seguro —murmuré y me encerré en mi habitación.
Tomé una siesta lo suficientemente larga que no me di cuenta en qué momento Debby se marchó. Estaba agotado, física como mentalmente, estábamos en los últimos meses de la temporada, a seis puntos del primer lugar para ganar la liga, y en semifinales de las dos copas. La oportunidad de poder ganar trofeos eran demasiadas, pero el desgaste físico cada día era más fatigante a pesar de las sesiones de rehabilitación y ejercicios de fuerza. Además, si a toda esa carga le sumaba el estrés del problema en el que estaba metido, el descanso era necesario antes de que colapsara.
Observé el reloj, faltaba una hora para que mis invitados llegaran.
—Tiempo suficiente —dije para mí mismo mientras tomaba una toalla para ducharme.
Me vestí con ropa cómoda, jeans y un suéter color beige. La ventaja de tener el cabello corto era que no me tenía que preocupar por peinarlo así que solo me rocié un poco del perfume nuevo que Phoenix me regaló hace un par de días como regalo de cumpleaños. Junto con la nota:
No querrás espantar a tu nueva novia con ese perfume de viejito.
A nadie le gustaba el perfume que utilizaba, por las notas fuertes de tabaco y madera, un aroma seco. Debo confesar que a mí tampoco me gustaba del todo, pero era el aroma que me recordaba a mi abuelo. Me recordaba a la persona que me había enseñado la pasión por el fútbol y la persona que me llevaba a todos mis entrenamientos, aunque estuviera lloviendo. Mi abuelo era la persona que me animó cuando recién me mude a Londres y quería dejar todo para volver a casa. Era quien me motivaba cuando tenía un mal partido, y, sin embargo, no tuvo la oportunidad de verme debutar como profesional. Por esa razón usaba aquel perfume, si mi abuelo me había ayudado todo este tiempo en mi carrera, entonces que me ayudará a encontrar a la chica ideal, aquella que no se quejará del aroma. Solo que esta vez no había necesidad de usarlo, las chicas que vendrían eran las novias de mis amigos y Sofía no im0portaba.
El timbre sonó un par de minutos antes de lo acordado. Caminé a la entrada tranquilo reiniciado y con energía suficiente para bromear con mis amigos. Al abrir la puerta me llevé la grata sorpresa de ver a todos mis invitados, hasta parecía que se habían puesto de acuerdo para llegar juntos.
—No los esperaba tan temprano —bromeé dejándolos pasar.
—Siempre puntuales, nunca impuntuales —dijo Chase orgulloso, entrando a la casa.
—Estoy sorprendido de ti, Chase. ¿A caso Keith apostó algo contigo?
Nunca había conocido a una persona más impuntual que Chase, al parecer en Estados Unidos no eran tan puntuales como pensaba. Cuando recién se unió al Chelsea llegaba quince minutos tarde a las reuniones, haciéndonos preocupar si en realidad se iba a presentar o nos había dejado plantados. Por suerte, después de todos los regaños y las quejas eso cambió, logrando adaptarse a las órdenes del entrenador, que ahora llegaba a tiempo a todas partes.
Detrás se encontraban Miles Miller y Kerry Chilwell ¿o debería decir Kerry Miller ahora que estaban casados? Ambos eran un par de años más chicos que yo. Nunca le pregunté abiertamente a Miles, pero supuse que aquella decisión tan repentina por casarse se debía a que él había recibido una oferta de trabajo en un nuevo equipo en Alemania. Mi amigo tenía talento, pero el director técnico del Chelsea opinaba lo contrario, por esa razón había solicitado a la directiva que lo cedieran a préstamo a otro equipo y como cualquier otro trabajo; ganar experiencia.
Ese día se había escapado para venir a mi cumpleaños y de paso visitar a su esposa con la que mantenía una relación a larga distancia porque Kerry también era futbolista en el mismo club que todos, Chelsea. Eran la pareja que tenía toda mi admiración, ¿por qué cómo hacías para poder llevar un matrimonio en el que ambos jugaban fútbol profesional en diferentes países con agendas igual de apretadas?
Keith y Kyle entraron sin decir mucho, nos habíamos visto por la mañana, en realidad todos nos habíamos visto hace un par de horas antes a excepción de Declan y Laura.
—Nunca pensé que el alocado Memphis, el que siempre quería que sus cumpleaños fueran inolvidables donde todos terminábamos olvidando nuestros nombres y vomitando hasta las entrañas iba a terminar a festejando en casa —expresó Laura dándome un breve abrazo.
—Todo un señor —Se burló Declan—. Estoy listo para jugar bingo.
Solté una pequeña risa entendiendo aquella referencia. Ahora ya estábamos parejos.
Declan era de las pocas personas que me podían atosigar con sus chistes malos, sus bromas y difícilmente me iba a molestar. ¿Por qué? Porque yo también podía ser igual de molesto que él y porque era mi hermano de otra madre.
Aún recuerdo cuando nos ponían a jugar en equipos contrarios y Declan siempre me hacía alguna falta o entrada fuerte que temía terminara en fractura. Me resultaba difícil comprender cómo es que nos hicimos tan buenos amigos si al comienzo nos odiábamos.
Tal vez odiaba a Declan porque sus bromas eran muy pesadas o porque su risa era muy molesta o simplemente porque tenía más amigos que yo, pero no podía odiarlo porque fuera más rápido, me ganaba en estatura y tal vez en otras habilidades, pero Declan, era lento. Al final, todo ese odio absurdo terminó convirtiéndose en una gran amistad gracias a nuestras familias, que salían juntas después de cada partido y nos obligaban a convivir.
—Será mejor que entremos, la fiesta terminará pronto porque Memphis se va a la cama a las diez —expresó Keith con sonrisa burlona.
—Bueno, gracias por venir ya se pueden retirar —respondí siguiéndoles el juego y cerrando la puerta en broma y después dejándolos entrar.
Todos se dirigieron al comedor con excepción de una Kerry desbalagada.
—¿Buscas algo? —pregunté al verla que estiraba el cuello tratando de ver más allá de la entrada.
—Sí, a tu novia —respondió como si fuera obvio.
—Pero el cumpleañero soy yo —repliqué, haciéndome el ofendido.
Sofía aun no había bajado y ya tenía toda la atención sobre ella.
—Lo sé, pero quiero ver con mis propios ojos lo que me contaron —respondió tranquila.
—¿Qué te contaron? —indagué alzando una ceja.
Kerry me observó con gran sonrisa abriendo la boca para responder, pero otra voz la interrumpió.
—¿Dónde está Sofía? —preguntó Laura asomándose por la puerta del comedor.
—Creo que está arriba arreglándose —respondí tranquilo.
Pero por dentro me preocupaba, cuando llegué no la vi, y después no me acordé de ella.
Aproveché que mis amigos estaban distraídos y subí a su habitación.
Vacía. Sofía, no estaba.
Saqué mi celular y le llamé desesperado, pasaban de las seis de la tarde ¿Dónde estaba? Debby debió avisarle de mi cumpleaños y que tendríamos visita. ¿Y si se había arrepentido y huido? Sacudí la cabeza ante aquel absurdo pensamiento.
Cuando respondió al tercer sonido, me relajé un poco, sin embargo, le exigí que estuviera en casa lo más pronto posible. Me sentí un poco mal por mi comportamiento, pero no tenerla cerca me estresaba y no podía estar un minuto más con aquel grupo de curiosos, sin ella.