Los pasos subiendo y bajando como parte de la rutina mañanera de Memphis, me despertaron. Era como una alarma; puntual y escandalosa. El chico hacía el mismo trayecto todos los días antes de irse a entrenar: entraba a su habitación al menos tres veces, hablaba por teléfono con quien sabe quién mientras tomaba sus prebióticos y suplementos de la cocina y encendía el auto quince minutos antes de marcharse. Los días que no lo escuchaba era, porque no estaba en casa o porque era su día de descanso, el cual no sucedía muy a menudo.
Por esta ocasión y como gran parte del tiempo permanecí en mi habitación, acostada en la comodidad de mi cama mientras escuchaba los murmullos de su voz. Faltaba poco para que se marchará y pudiera dormir cinco minutos más o al menos no tendría que cruzar camino con él. Después de lo ocurrido la noche anterior lo que menos deseaba era verlo a primero hora de la mañana y que me arruinara el día con su indiferencia. Ya había sido bastante difícil el regreso a casa con un silencio incomodo y un Memphis que prefería mil veces morirse del coraje antes de hablar. Al llegar intenté medir el ambiente, pero supe que no debía insistir cuando se dirigió a su habitación y no recibí respuesta alguna a mis buenas noches.
Memphis en ocasiones resultaba muy difícil de comprender, y solo me dejaba con la intriga de si esos comportamientos eran habituales en él o solo desde que nos conocíamos. La velada en el teatro junto a sus amigos había sido espectacular, no habían faltado las risas, ni las bromas, incluso se había mostrado muy cariñoso y aunque sabía que todos sus actos eran fingidos algo muy dentro de mí quería pensar que no.
Los pequeños rayos de luz entrando por la ventana iluminaron el rincón de la habitación donde se encontraban algunos de los cuadros en los que había trabajado durante clases, las pinturas y colores esparcidos sobre el escritorio, me recordaron que debía ir a comprar más material. Nunca se tenía suficiente y mucho menos cuando Aurora había aceptado trabajar conmigo en un retrato. No podía quedar mal y subir al metro o autobús con todas las bolsas sería muy incómodo. Fue el rugir de un motor que me hizo levantar como resorte.
—¡Memphis! —llamé desde el segundo piso mientras caminaba con prisa.
—¿Qué? —respondió seco.
Bajé un par de escalones encontrándolo frente a la puerta principal mientras sostenía su mochila en una mano, en ningún momento se giró a verme. La capucha de la sudadera gris que vestía le cubría la cabeza y parte del rostro, haciendo que me fuera imposible poder descifrar si seguía molesto o no, pero su expresión corporal confirmó lo que me temía. Creí que Memphis haría borrón y cuenta nueva, al parecer estaba equivocada y fuera cual fuera el problema le molestaba más que dejar su orgullo de lado.
—¿Puedo usar el auto? —pregunté tímida.
No me daba miedo, pero si me intimidaba el hecho de que no me observara a la cara. Me traía malos recuerdos.
—Sí. Las llaves están en la cocina —informó antes de desaparecer y cerrar la puerta tras de él.
Asentí un poco desconcertada, no esperaba menos de él, pero creí que al menos me miraría de reojo, o me entregaría las llaves en la mano. No que me dejara a mi suerte.
Finalmente, resignada continué con mi día y volví a casa más temprano de lo habitual. Las clases de la tarde se cancelaron y milagrosamente logré entrar y salir de la tienda de manualidades con lo que necesitaba y nada más. Tal vez, el único lugar donde me demoré fue en la tienda para el hogar que se encontraba en el mismo centro y en la que encontré una alfombra para el congelador que era la sala de estar. Estaba dispuesta a comenzar a hacer los cambios que fueran necesarios, y esa mañana parecía ser la indicada.
No necesitaba el permiso, mucho menos la aprobación de Memphis, si su casa era mi casa ¿no?
Dejé las bolsas en la entrada y cargué conmigo la alfombra. Al entrar al comedor me di cuenta de que todo seguía como lo dejé. Los platos sucios del desayuno seguían en el lavabo, las pequeñas manchas de pintura sobre el mármol producto de mi torpeza que según había limpiado pero que claramente solo empeoré, los cojines desordenados sobre el sillón y las flores marchitas de la cena de cumpleaños aun seguían sobre la mesa. Era extraño considerando que la casa siempre estaba limpia y reluciente.
El problema era, que Debby no había ido y todo por insignificante que fuera parecía estar hecho un desastre. Tomé las flores y las tiré a la basura mientras limpiaba el área común para poder colocar la nueva alfombra. Acomodé los cojines y recorrí la mesa de centro para hacer espacio, la alfombra quedaba a la perfección, no era demasiado grande ni demasiado pequeña y el color n***o con las figuras asimétricas en colores claros hacían juego con el resto de la decoración. Me quité los zapatos y froté mis pies satisfecha con aquel accesorio que hacía demasiada diferencia. El lugar mágicamente dejó de sentirse tan frío y más acogedor.
Solo seguía faltando un pequeño o gran cambio a mi parecer. A través del reflejo de la pantalla de la televisión se encontraba mi enemigo, el león. Me paré para observarlo mejor, ya no lo odiaba tanto como al principio, en realidad ya tenía un pequeño espacio en mi corazón, era mi compañero por las mañanas antes de irme a la universidad y mi mejor amigo cuando estaba sola. Teníamos una relación amor-odio, casi como la que tenía con su dueño. Aquel cuadro era una representación y clara descripción de que aprendías a vivir con aquello que no te gustaba hasta que decidías salir de tu zona de confort, hacer el cambio o terminar con el problema. Era más fácil buscar una explicación o excusa al porqué seguía el cuadro del león que una solución y fue algo que comprendí el día que salí de casa de mis padres para no volver.
Subí apresurada las escaleras a mi habitación y tomé el cuadro más grande que había hecho hasta el momento con más de un metro de largo y medio de ancho.
Que me perdonará aquel león por traicionarlo de esa manera, pero nuestra relación había llegado a su fin. Cuidando de no caerme de la silla lo dejé en el piso y coloqué en la pared el nuevo cuadro, ajustándolo hasta que quedara centrado. Cuando terminé me bajé de la silla y admiré el otro, pero significativo cambio. Memphis lo iba a amar o a odiar, pero fuera cual fuera su reacción estaba segura de que lo sorprendería a tal nivel que se vería obligado a hablarme.
Finalmente, tomé el cuadro viejo y lo guardé en una de las habitaciones de la planta baja que parecía bodega con cajas y cosas arrumbadas que nadie parecía utilizar. Me despedí una vez más de mi amiguito mientras cerraba la puerta. Ya le encontraría un lugar mejor.
—¡Por dios, Memphis! ¿¡Me quieres matar de un infarto!? —chillé llevándome la mano al pecho cuando volví a la cocina.
Se encontraba recargado con los codos sobre la barra, las manos las tenía hechas puño una sobre la otra. Nunca había visto tanta seriedad en su rostro, sus fosas nasales ligeramente dilatadas y sus ojos oscurecidos. Podía jurar que escuchaba el rechinar de sus dientes y la fuerza con la que apretaba su mandíbula me preocupaba.
—Siéntate —ordenó señalando el banco frente a él.
Sin protestar obedecí y confundida me senté.
Tenía un aspecto un poco aterrador como para llevarle la contraria. Por la mañana se había ido más animado de lo que había regresado, léase el sarcasmo. ¿Qué había empeorado su ánimo? ¿Las cosas en el equipo no estaban marchando como deseaban? ¿o era que se había dado cuenta de mis cambios? Si era así, era demasiado pronto para que me llamara la atención por meter mi cuchara donde no debía, aunque estaba segura de que ese no era el motivo. Era absurdo que estuviera a punto de romperse la mandíbula nada más por una alfombra y un cuadro nuevo.
—¿Qué pasa? —pregunté nerviosa, mientras maquinaba en las palabras adecuadas para justificar la nueva decoración.
Guardó silencio por unos segundos, que parecieron horas. No sabía si eran a propósito o para hacer el momento aún más tenso. No me gustaban este tipo de juegos, en los que te hacían sufrir por placer y le daban muchas vueltas en lugar de ser directos. Si no le gustaba lo que había hecho nada le costaba simplemente decirlo y ahorrarnos todo este drama. ¿O era que finalmente me iba a dar una explicación o pedir perdón por lo de anoche? Porque si era así entonces tenía un poco más de sentido que le costará hablar.
—¿Quién te hizo esa marca? —preguntó, serio señalando mi cuello.
Instintivamente llevé mi mano al lugar y lo observé confundida.
—¿Qué marca? —respondí frunciendo el ceño.
No sería la primera vez que tenía pintura en el rostro y no me había dado cuenta, sin embargo, esto parecía algo más que una simple mancha. Su mirada sobre mi cuello se sentía como una quemadura. Sin decir palabra alguna sacó su celular, abrió la cámara y con su mano libre movió mi cabello unos centímetros y tomó la foto.
Con la misma seriedad del principió volteó su celular mostrándome la imagen.
Sentí como la sangre se me iba a los pies y el alma me abandonaba el cuerpo.
Un chupete.
Frente a mis ojos tenía la falla en todo esto, la prueba que me delataba y que no me había dado cuenta. Tenía un pequeño moretón, lo suficientemente visible y morado para verse a un metro de distancia, un chupetón que Declan me había hecho y que mi cabello había ocultado todo este tiempo. Pero ¿¡cómo había sido tan estúpida para no notarlo?!
Fue en ese momento que la realidad me cayó como balde de agua fría. Memphis no me había besado porque había visto la marca mucho antes que yo.
Titubeando y nerviosa traté de mentir. Si él no se enteraba de quién lo había hecho entonces no había porque preocuparse.
—Me quemé con la plancha para el cabello cuando me estaba peinando… —justifiqué, mintiendo.
Negó con la cabeza sin creer ninguna de mis palabras.
—No, no, no mientas —interrumpió con voz firme—. Te voy a preguntar una vez más: ¿quién te hizo esa marca?
—¿Para qué quieres saber? —respondí a la defensiva— te recuerdo que cada uno es libre de salir y hacer lo que quiera…
—¡Sí, pero no con mi mejor amigo! —soltó finalmente furioso— te has estado cogiendo a Declan en mi propia cama.
Tenía la boca más seca que un desierto, y el corazón me latía a mil por hora. Nuestro lugar seguro se había acabado. Memphis lo sabía y estaba tan furioso que no lo calentaba ni el sol.
—¿¡Qué?! ¡Por supuesto que no! —exclamé dramatizando el momento.
Admitir aquel desliz en voz alta era firmar mi acta de defunción. Sabía, sabía que haberme involucrado con Declan me traería problemas, pero nunca pensé que llegarían tan pronto. Pensé que podría seguir ocultándolo hasta el momento en que Memphis y yo termináramos esta farsa.
—¡Esto! —dijo mostrando una cadena de oro blanco— Esto, me dice lo contrario. Así que, no me mientas, Sofía. Conozco esta cadena porque yo —Enfatizó firme— se la regalé a Declan en su cumpleaños. La marca en tu cuello y esto son las pruebas suficientes para saber que fue él. ¿Por qué otra razón su cadena estaría en mi habitación? —Hizo la mano puño con la cadena dentro. Su rostro estaba rojo de rabia— ¡Porque cogieron en mi habitación!
Permanecí callada, no sabía que decir. De pronto me sentí vulnerable e indefensa. Me sentí intimidada por Memphis y el recuerdo de los malos tragos que mi familia me hacía pasar aparecieron. Estaba conmocionada que mi cerebro se había bloqueado, las lágrimas corrían por mi rostro y aunque no lo hubiera aceptado en voz alta, el silencio decía más que mil palabras.
¿Cómo había sido tan estúpida para no darme cuenta de que la cadena de Declan se había caído en la habitación de Memphis? Y ¿Cómo Declan no había dicho nada?
—Laura no se merecía esto… —volvió a hablar.
—¡Tú crees que no sé qué lo mío con Declan está mal! —hablé finalmente un poco exaltada— No duermo del remordimiento, Memphis. No duermo de pensar que Laura no se merece lo que le hicimos, pero no pude evitarlo y cualquier explicación no va a revertir ni perdonar lo qué pasó.
—Es que ¿¡En qué estabas pensando?! ¡De todos los hombres en el mundo cómo se te ocurrió mi mejor amigo! —Se llevó las manos al rostro frustrado.
—¡No me culpes a mí por todo! —refuté— Mejor ponte a pensar en: ¿qué clase de mejor amigo tienes? Que, aunque tú y yo no seamos nada oficial se atrevió a cogerse a la novia de su hermano del alma. Y no una, sino ¡dos veces!
Enfaticé lo último con mis dedos furiosa. Si de algo estaba segura era que no me iba a llevar toda la culpa en un juego que era de a dos.
Memphis abrió la boca para hablar, pero el timbre de la casa lo interrumpió. En buen momento decidió llegar visita, pensé sarcástica. Ojalá fuera paquetería porque el ambiente en la casa estaba tan tenso que se podía cortar con un cuchillo.