Capítulo 16: Londres de Noche

2471 Words
Pasada la medianoche nos despedimos de nuestros amigos. No sin antes intercambiar números con las chicas, ambas eran increíbles que seguro continuaría frecuentando. Las buenas amistades siempre eran importantes, y esperaba que Saelly, Aurora y yo pudiéramos crear una. El cielo oscuro y las luces de la vida nocturna iluminaban la ciudad. No hacía ni cinco minutos que habíamos puesto marcha a casa en un auto bastante callado. No era demasiado tarde, pero podía notar el cansancio de Memphis a la distancia. Sus ojos pesados e irritados, junto con los pequeños bostezos que soltaba de vez en cuando lo delataban. Por un momento consideré ofrecerme para conducir y que pudiera descansar, pero no quería ponerlo de malas o que se estuviera quejando todo el camino, así que preferí mantenerlo despierto. —¿Por qué no me dijiste que hablas español? —pregunté llamando su atención. Memphis y yo no pasábamos tiempo a solas muy seguido, lo cual hacía que conocernos o más bien conocerlo fuera aún más complicado. Ese pequeño momento era la mejor opción para comenzar a romper las barreras entre nosotros. Además, Saelly había sembrado en mi aquella semillita de curiosidad, que no podía dejar pasar. Frunció el ceño un poco confundido y quitó la vista de la autopista un segundo para observarme. Hace rato que se había quitado el saco de su traje, desabrochado un par de botones y doblado las mangas dándole un toque aún más relajado. El agarre de su mano izquierda sobre el volante mientras que la otra la recargaba en el reposabrazos, me provocaba cosas que no quería aceptar. Era un sentimiento indescriptible, pero que si lo intentaba era como sentir un hoyo en el estómago junto con una ola de calor. No necesitaba verme en el espejo para saber que mis mejillas se estaban sonrojando. —Nunca preguntaste. ¿Sabes hablar español? —negué— Entonces, ¿por qué me reclamas? —Porque no lo mencionaste —insistí llevándome las manos al cabello tratando de amarrarlo en un chongo, aunque no tenía liga y era prácticamente imposible mantenerlo en su lugar. —Sí, hablo español —respondió en el idioma y abrí los ojos sorprendida cuando pronunció español sin ningún problema— et français, mon chérie. –Espera… ¿cómo? —dije sorprendida. Memphis hablaba español bastante bien, no se le notaba el acento como cuando hablaba francés. Era casi como si fuera nativo, y yo me preguntaba cómo había logrado dominar un idioma tan complejo para nosotros. Sonrió de oreja a oreja egocéntrico. —Te dije que aún no me conocías —Me guiñó el ojo. Mis mejillas se ruborizaron. Escucharlo hablar en otro idioma era, simplemente sofocante. Era como tener a tres personas en una y cada una con personalidad diferente. Solo que ese pequeño don lo hacía aún más egocéntrico y a la vez atractivo. No pude evitar imaginar a Memphis en diferentes escenarios hablando otro idioma, que sentí mi interior arder. Que envidia me daba este hombre y todas las personas que podían hablar dos idiomas o más. Las barreras con las que se enfrentaban en el mundo eran menos y su red de comunicación era aún más amplia. Eran personas demasiado inteligentes y hábiles para poder cambiar de un idioma a otro en cuestión de segundos, aun así, su conocimiento fuera básico. Porque el conocimiento es poder, pero los idiomas son una supremacía; son culturas, costumbres, acentos, y pronunciaciones diferentes. Es salir de tu zona de confort y perder el miedo a hacer el ridículo frente a un nativo. Era algo bello que por mi rebeldía me había perdido. Me volví a tomar el cabello tratando de mantenerlo en su lugar, pero era inútil cuando no tenías una liga para sostenerlo y la persona a mi lado hacia cosas insignificantes que me acaloraban. Bajé la ventana apenas unos centímetros, lo suficiente para que entrara aire fresco y no morir congelada. El camino a casa parecía hacerse eterno en cada esquina que Memphis doblaba. —¿Tienes piojos? ¿O por qué te agarras tanto el cabello? —Alzó una ceja, curioso. Lo fulminé con la mirada e irritada respondí. —Tengo calor. No soporto llevar el cabello suelto demasiado tiempo —Llevé mi vista al frente, evitando cualquier contacto visual— ¿Por casualidad no tienes una liga guardada de alguna de tus conquistas? —Mi voz salió más seca de lo que esperaba. Negó con la cabeza varias veces. —No, porque no se suben a mi auto. Solté un bufido resignada o más bien desesperada. Eran esos pequeños momentos de ansiedad en los que me cuestionaba porqué no me cortaba el cabello más corto o mejor aún por qué no me rapaba. Eran los minutos en los que si estaba sola podía cometer alguna estupidez, solo que mi única solución era mantener la calma y no desesperar. En mi asiento sin decir palabra alguna comencé a jugar con mis manos nerviosa. Tener cabello largo era muy bonito, pero también era muy desesperante, para mí requería de más cuidado que el cabello corto. Justo cuando estaba logrando tranquilizarme, Memphis se detuvo frente a una farmacia. Inmediatamente mis signos de alarma se encendieron. ¿Qué hacíamos allí? Sin decir nada abrió la puerta del auto dispuesto a bajarse. —¿A dónde vas? —pregunté alarmada. —A comprarte una liga. Si te vuelves a tomar el cabello una vez más me volveré loco —respondió exasperado y se bajó. Conmocionada lo miré adentrarse en el establecimiento y no pude evitar sonreír. Su rostro de concentración mientras buscaba las ligas por toda la farmacia con su traje desarreglado lo hacían ver adorable. Se me encogió el corazón de felicidad al ver a un Memphis empeñado en encontrar algo que para otros podría parecer insignificante. Tal vez mi acción lo estaba desesperando o tal vez no, pero nadie se hubiera tomado la molestia en comprar un par de ligas de cabello. Eran los pequeños detalles los que hacían la diferencia. —Gracias —respondí tomando el paquete de ligas y amarrando mi cabello. Encendió el auto y un par de minutos después volví a hablar—. Entonces, ¿cómo aprendiste español y francés? Insistí. Necesitaba saber más, las historias siempre eran entretenidas. —Creí que ya había resuelto tu curiosidad —negué esperando que continuara hablando—. Cuando era niño mi mejor amigo de la escuela era latino, no recuerdo de que país era, pero al comienzo las clases se le dificultaban porque no sabía inglés. Así que le propuse ayudarlo con la condición de que me enseñara español, aunque al final fue su mamá quien me enseñó a escribir y leer. En cuanto al otro idioma, comencé a aprenderlo hace poco para mantenerme ocupado y porque estaba considerando aceptar la propuesta de unirme a un club francés. —Wow —atiné a decir sorprendida— de verdad que eres todo un estuche de monerías. —Tengo más dones guardados —respondió sonriente, y pude sentir su doble sentido—. Puedo enseñarte los que quieras. Mis mejillas se ruborizaron por quinta vez en el transcurso del viaje. Esa noche, Memphis tenía un efecto en mí que me aterraba. Se estaba portando como todo un caballero, a su manera claro, pero eso no minimizaba el hecho de que me había llevado a ver mi primera función de ballet y se estaba comportando como todo un caballero. ¿Cómo podía aprender a diferenciar amabilidad con coqueteo? Eran cosas muy diferentes que fácilmente podían llegar a confundirse, no quería crear una historia que no era, por simple producto de mi imaginación. La actitud de Declan hacía mí era ¿coqueteo? y la de Memphis ¿amabilidad? ¿O era al revés? ¿Cómo era que algo tan simple resultaba tan complejo? Como si no fuera suficiente estaba la pequeña voz en mi cabecita alentándome a imaginar y crear escenarios que no eran necesarios para complicar más la situación. —Espera... Este no es el camino a casa —hablé un par de segundos después cuando las calles dejaron de parecerme familiares. —No. No lo es —respondió tranquilo—. Voy a aprovechar que estamos cerca del centro de la ciudad para verla de noche. La noche no era joven para alguien responsable que debía presentarse a entrenar a primera hora de la mañana, pero Memphis era conocido por vivir al límite, y yo, por dejarme llevar con las malas decisiones de los demás. Londres de noche era muy hermosa, en especial la zona donde se encontraban las grandes atracciones turísticas como el Palacio de Buckingham. —¿Te quieres bajar? —preguntó cuando pasamos el palacio. —Hace demasiado frío —repliqué en un pequeño chillido. Bajarnos a caminar y dejar la calidez del auto no era parte del plan. La ciudad podía ser muy hermosa, pero eso no le quitaba lo fría para alguien que no llevaba la ropa adecuada. Un vestido de satín con los brazos descubiertos y unas sandalias de tacón eran las prendas adecuadas para contraer una neumonía. —Puedes ponerte mi saco —Negué con la cabeza varias veces. No podía hacerle eso, para ser casi primavera el clima seguía siendo bastante frío—. No te preocupes por mí, estoy acostumbrado a jugar a bajas temperaturas casi todos los días. Un par de minutos no me harán daño. Antes de que pudiera protestar se detuvo a un lado de la calle, en un lugar que estaba prohibido estacionarse pero que no le importó, ni siquiera la posible multa que eso le podría generar. Su excusa fue que era de noche, y pocos los autos que pasaban. En realidad, a esas horas lo único que transitaba eran los típicos autobuses rojos de dos pisos que funcionaban las veinticuatro horas. Memphis colocó su saco sobre mis hombros y le agradecí con una pequeña sonrisa antes de comenzar a caminar. La glorieta donde se encontraba el Victoria Memorial por primera vez estaba vacía, con excepción de un par de locos bien vestidos jugando a ser turistas. Memphis y yo. Rechiné un poco los dientes y me ajusté un poco más el saco mientras caminaba. Hacía más frío del que imaginaba y aquella prenda extra no me cubría por completo como pensé que lo haría. Por un momento pensé en volver al auto, ese momento no valía la pena mis dedos congelados, pero cuando alcé la vista cambié de opinión. La belleza de las pocas estrellas que se podían apreciar en la ciudad no eran nada a comparación de las luces que alumbraban el Palacio de Buckingham y el Victoria Memorial. La estatua de la Victoria Alada y el sinfín de detalles que adornaban el monumento era algo que nunca terminaría de describir, mucho menos porque no importaba cuantas veces la vieras siempre encontrarías algo diferente. Cuando creí que tenía suficiente me giré a observar el palacio. Memphis tomó asiento en uno de los escalones y yo me senté a su lado. Frente a nosotros estaba uno de los palacios más emblemáticos del mundo, un lugar que atraía a millones de turistas cada año y aunque no era el más hermoso a simple vista como el Castillo de Windsor era la residencia oficial de los reyes de Inglaterra. Era el lugar al que todo mundo asistía a ver el cambio de guardias y era un punto emblemático de Londres. Era algo tan grande y hermoso que había quedado en medio de la ciudad, algo lleno de historia y que a la vez guardaba demasiados secretos. Era casi como si intentara decirme algo. En ese momento me sentí como aquel monumento arquitectónico donde todo mundo me observaba y admiraba, pero desconocían mis secretos; algunas inocentes y otras no tanto. Algunas eran como las mentiritas piadosas, no hacían daño, pero otras, otras eran capaces de cambiar vidas. Pero la cuestión aquí era ¿cuánto podría aguantar sin que alguien encontrara una falla? —¿Qué piensas? —preguntó Memphis, llamando mi atención. Lo observé de reojo. A mi lado con las manos recargadas sobre sus rodillas mientras que el frío parecía no causarle ningún cosquilleo, pero con las mejillas ligeramente sonrojadas se encontraba el otro enigma. El hombre que escondía algo pero que nadie sabía qué. Aunque moría de ganas por preguntarle, sabía que no obtendría respuesta. Conocía suficiente a Memphis como para saber que no diría nada sin obtener algo a cambio. —En que vivir ahí —Señalé el palacio con la barbilla— sería un buen lugar para no tener que verte la cara ¿no crees? —bromeé. —¿No te gusta ver mi hermoso rostro? Señaló egocéntrico. —Ni que fueras la quinta maravilla del mundo —Torcí los ojos mientras me levantaba dispuesta a observar el palacio más de cerca, pero una mano sobre la mía me detuvo. Memphis se levantó y acortó la distancia que nos separaba. Frente a mí con nuestros cuerpos a escasos centímetros se miraba mucho más alto de lo que recordaba. Colocó su mano bajo mi mentón y lo alzó haciendo que nuestras miradas se encontraran. —¿Segura? —Su voz salió casi como susurro. Mi cuerpo se estremeció inconsciente, mientras sentía como el frío se convertía en calor. Sus penetrantes ojos oscuros bailaban de mis labios a mis ojos sucesivamente— ¿No me vas a negar que te pongo nerviosa? Negué con la cabeza incapaz de articular palabra alguna, era como si de pronto hubiera olvidado como hablar. El futbolista tomó mi silencio a su favor. Mi pulso se aceleró al sentir el roce de sus fríos dedos trazar un camino desde mi mentón hacía mi mejilla y colocar su mano sobre ésta. Inclinó su rostro sobre el mío y cerré los ojos instintivamente a la espera de sentir sus labios sobre los míos. Fueron los segundos más largos de mi vida, sentir nuestras respiraciones entremezclarse, el tacto de las yemas de sus dedos rozar la base de mi cuello y después sentir un vacío. —Sera mejor que nos vayamos, ya es tarde —Abrí mis ojos de golpe confundida—. Te espero en el auto —informó seco y se marchó sin decir palabra alguna. Me quedé parada en mi lugar procesando lo que acaba de pasar. Memphis casi me besaba y yo no lo había apartado. En realidad, deseaba tanto sus labios sobre los míos que dolía, sin embargo, su rechazo dolía aún más. Me sentía avergonzada por esperar un beso que no llegó. Estaba confundida, qué lo había hecho cambiar de opinión. Hace unos minutos sus cálidos ojos reflejaban que deseaba ese momento tanto como yo, y unos segundos después la frialdad de su mirada y sus palabras demostraban lo contrario.
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