capítulo 1
Aria Prescott
El sonido de la tiza contra la pizarra siempre me había parecido una melodía de éxito, pero hoy, el silencio que siguió a la clase de Derecho Civil era casi ensordecedor.
Me quedé sentada, organizando mis apuntes, hasta que la voz del profesor Miller rompió mi burbuja de concentración.
—Señorita Prescott, ¿podría acercarse un momento?—Me levanté, sintiendo un ligero cosquilleo en las manos.
El profesor Miller no era solo un catedrático, era un hombre que no regalaba elogios. Al llegar a su escritorio, me extendió un sobre de papel crema, pesado y elegante.
—Felicidades, Aria —dijo con una sonrisa genuina— He recibido la confirmación has logrado la pasantía en Thorne & Associates.—
Sentí que el aire se escapaba de mis pulmones.
¿Thorne & Associates? ¿La firma del "Tiburón Blanco"? Esa no era una oficina de abogados era el Olimpo legal del país, su reputación era impecable, pocos lo conocían a él físicamente pero su reputación era de otro nivel.
—¡Dios mío! ¡Profesor, gracias! —exclamé, apretando el sobre contra mi pecho—. Gracias por creer en mí, por la recomendación, por todo...—
Él levantó una mano, deteniendo mi torrente de gratitud.
—No me agradezcas a mí, Aria esto no es un favor te lo has ganado tú, has mantenido el promedio más alto de toda la facultad durante tres años consecutivos la universidad otorga esta plaza como recompensa a la excelencia, y nadie personifica la excelencia mejor que tú. Mañana a las ocho de la mañana debes presentarte en las oficinas centrales para firmar tu contrato y conocer a tu nuevo mentor que será el mismo tiburón blanco— no tenía manera de reaccionar.
Quise gritar de la emoción, por Dios iba a conocerlo en persona, iba a conocer y ver por fin quien era.
Salí del aula flotando mis pies apenas tocaban el suelo del pasillo.
Al cruzar la puerta principal de la facultad, una cabellera rubia saltó sobre mí.
—¡Dime que sí! ¡Dime que te la dieron! —gritó Sophia, mi mejor amiga, casi derribándome.
—¡La tengo, Soph! ¡Mañana empiezo en Thorne!— grité de emoción
—¡No puede ser! ¡Esa firma es de otro planeta! —Sophia me abrazó con fuerza y luego me miró con ojos brillantes—. Escúchame bien, Aria Prescott mañana empieza tu vida de adulta seria, de trajes aburridos y leyes polvorientas esta noche es nuestra última noche de libertad absoluta. ¡Nos vamos de tragos!—
—Soph, no lo sé... tengo que leer sobre los casos actuales de la firma, quiero estar preparada y...— me detuvo en seco.
—¡Nada de peros! —me interrumpió, arrastrándome hacia el estacionamiento—. Una noche, unas copas baile, mañana serás la abogada más brillante de Nueva York, pero hoy solo eres mi amiga celebrando el mayor éxito de su vida.—
Terminé aceptando, porque la adrenalina que recorría mis venas me impedía quedarme quieta en una biblioteca. Fuimos a su apartamento en su auto, era un lugar acogedor que olía a vainilla y a los restos de su último proyecto de arte.
—Dúchate rápido —me ordenó, lanzándome una toalla— Yo buscaré algo que te haga ver como la mujer fatal que escondes bajo esos libros de derecho.—
Minutos después, estaba frente al espejo.
Sophia me había prestado un vestido n***o de seda, tan corto que me hacía dudar de si era legal caminar con él por la calle.
Tenía tirantes finos y un escote que resaltaba mis curvas de una forma que yo solía ocultar me solté el cabello, dejando que las ondas cayeran sobre mis hombros, y me puse un labial rojo intenso.—Estás increíble Aria mañana intimidarás con tu cerebro, hoy lo harás con tu presencia —sentenció ella.
Salimos de su apartamento nos subimos a su auto y manejando hasta una discoteca cercana era lujosa pero accesible para ambas,
Era un lugar vibrante, lleno de luces de neón y una música que retumbaba en el pecho. Fuimos directas a la barra.—¡Por la futura mejor abogada de este país! —brindó Sophia con un shot de tequila.
—¡Por el éxito! —respondí, sintiendo el ardor del alcohol bajando por mi garganta.
Nos lanzamos a la pista de baile. Me dejé llevar, cerrando los ojos y moviendo las caderas al ritmo del bajos se sentía tan bien dejar de pensar por un momento.
Mañana tendría que ser perfecta, pero aquí, bajo las luces estroboscópicas, solo era una mujer joven disfrutando de su victoria.
Después de un rato, el calor y los tragos me pasaron factura.—Voy al baño, Soph no tardo —le grité al oído.
Me abrí paso entre la multitud, un poco mareada. De repente, alguien se cruzó en mi camino y el choque fue inevitable. Sentí que impactaba contra una pared de granito. Mis pies fallaron y el suelo me recibió de golpe.
—¡Maldición! —susurré, frotándome el codo.—Lo lamento mucho no te vi venir entre la gente.—
Una mano grande y cálida se cerró alrededor de mi antebrazo con una facilidad pasmosa como si yo no pesara más que una muñeca de porcelana, el hombre me puso de pie con un solo movimiento firme.
Al levantar la vista, me quedé sin palabras.
Era alto, de hombros anchos y una mandíbula perfectamente esculpida su mirada era intensa de unos ojos miel que parecían brillar incluso en la penumbra de la discoteca vestía un traje de una calidad que desentonaba con el lugar se veía elegante, costoso, fuera de liga.
—¿Estás bien? —su voz era un barítono profundo que me vibró en la boca del estómago.
—Sí... sí, lo siento fui yo quien no miraba por dónde iba —dije, notando que su traje se había manchado un poco con mi bebida—. Oh, no he manchado tu traje. Déjame... déjame pagarte la tintorería, o al menos invitarte a un trago para reponer el que te hice perder.—
Él esbozó una sonrisa lenta, una que no llegaba del todo a sus ojos pero que me puso la piel de gallina.
—No te preocupes por el traje pero si de verdad quieres recompensarme... acepta bailar conmigo.—Mis alarmas internas se encendieron, pero el alcohol y la euforia ganaron la batalla.
—Acepto —dije, tratando de sonar más segura de lo que estaba.
Caminamos hacia la pista vi a Sophia a lo lejos me levantó el pulgar con una sonrisa pícara al ver al hombre que me acompañaba me giré hacia él y sin decir una palabra, él colocó una mano en mi cintura el contacto fue eléctrico una corriente recorrió mi columna vertebral cuando sus dedos se hundieron ligeramente en mi piel.
La música se volvió más lenta, más sensual. Yo le bailaba a él, moviéndome con una libertad que no sabía que poseía.
Me sentía observada, devorada por sus ojos miel me giré, quedando de espaldas a él, sintiendo su firmeza contra mi cuerpo el se inclinó hacia mi cuello, y su aliento cálido me erizó los vellos de la nuca.
—Bailas como si supieras exactamente lo que quieres —susurró cerca de mi oído.
Me giré para verlo de frente, desafiante.
—Siempre sé lo que quiero.— exprese segura de mi misma.
Él no esperó más acortó la distancia y me besó fue un beso dominante, cargado de una urgencia que me hizo flaquear las piernas sus labios sabían a whisky caro y a peligro correspondí el beso con la misma intensidad, pensando en lo que me había dicho el profesor mañana empezaba mi vida. Esta noche era el final de un ciclo. ¿Por qué no disfrutar?
Se separó apenas unos centímetros, su respiración agitada chocando contra la mía.
—¿Quieres ir a un lugar más privado? —preguntó. Su voz era magnética, casi hipnótica.
—Sí —respondí sin dudar, hechizada por su aroma a madera y especias.
Me guio fuera de la discoteca en la acera, un chofer nos esperaba junto a un Bentley n***o reluciente subí al auto, y el lujo del interior me puso nerviosa jugué con mis manos, preguntándome si me estaba volviendo loca. Estaba subiéndome al auto de un extraño. ¿Qué es lo peor que puede pasar? me pregunté. Es solo una noche.
Llegamos a un edificio de apartamentos de gran altura. Durante el trayecto, él no dejó de mirarme, una mirada depredadora que me hacía sentir importante y pequeña a la vez.
—Espero que no te estés arrepintiendo —dijo mientras bajábamos del auto.
—No me arrepiento de nada —mentí, tratando de mantener la compostura.
Al observarlo bajo la luz de la entrada, me di cuenta de que era mayor de lo que pensé tendría unos 34 años, tal vez tenía la seguridad de un hombre que ya era dueño del mundo.
Subimos al ascensor de cristal en cuanto las puertas se cerraron, se lanzó sobre mí el beso fue apasionado, hambriento sus manos recorrieron mi cuerpo, bajando por mis muslos y apretando mis glúteos bajo la seda del vestido el ascensor emitió un suave pitido anunciando el piso.
Él no se detuvo me levantó y yo instintivamente enredé mis piernas alrededor de su cintura entramos a un penthouse oscuro, pero no llegamos muy lejos me dejó caer sobre una cama inmensa de sábanas oscuras.
Me quedé allí, mirándolo desde abajo mientras él se despojaba de la chaqueta y la camisa con movimientos rápidos y eficientes tenía un pecho ancho, musculoso, pero lo que me llamó la atención fueron unas cicatrices en su hombro que el traje ocultaba antes de que pudiera preguntar nada, él se acercó a la cama.
—Este vestido ha estado estorbándome toda la noche —dijo con voz ronca.
Agarró la tela fina por el escote y con una fuerza brutal que me hizo soltar un jadeo, lo rasgó hasta la cintura el sonido de la seda rompiéndose fue como un disparo de salida mis senos quedaron expuestos al aire frío de la habitación y él se lanzó sobre ellos inmediatamente su lengua trazó círculos sobre mis pezones, mordisqueándolos con una delicadeza que contrastaba con su fuerza anterior.
Gimí arqueando la espalda, hundiendo mis dedos en su cabello el placer era agudo, casi doloroso el bajó sus pantalones, revelando una erección imponente que me hizo tragar saliva sin previo aviso, separó mis piernas y se posicionó entre ellas.
Me miró fijamente a los ojos, una mirada fría, analítica pero cargada de una lujuria salvaje me penetró de una sola estocada profunda, llenándome por completo un grito de placer escapó de mi garganta, perdiéndose en el silencio del apartamento.
—Mírame —ordenó.
Sus embestidas eran rápidas y duras, golpeando contra mi fondo con una cadencia que me estaba volviendo loca no apartaba los ojos de los míos esa intensidad me intimidaba, me hacía sentir que él podía ver todos mis secretos, pero al mismo tiempo, me excitaba más que nada en la vida.
—Eres... tan fuerte... —logré gemir cerca de su oído.
Él respondió con un gruñido gutural, acelerando el ritmo. Sus manos me sujetaban con fuerza, marcando mi piel.
Sentí que la tensión en mi vientre crecía hasta volverse insoportable. Él me embestía con una fuerza animal, reclamando cada rincón de mi cuerpo.
—Dime que te gusta —me exigió, su voz ronca de necesidad.
—¡Me encanta! ¡Más! —grité, entregándome por completo al ritmo que él imponía.
El clímax me golpeó como una ola, sacudiendo cada fibra de mi ser. Segundos después, él soltó un gruñido profundo y se derramó dentro de mí, hundiéndose una última vez antes de colapsar sobre mi cuerpo.
Nos quedamos allí, en el silencio absoluto de la noche, con el corazón latiendo al unísono no sabía quién era este hombre, ni él sabía quién era yo pero en ese momento, nada de eso importaba.
Me quedé dormida en sus brazos, sin saber que el hombre que me había poseído con tanta ferocidad era el mismo que, en pocas horas, decidiría si mi carrera legal viviría o moriría.