capítulo 2

1613 Words
Aria Prescott El sol de la mañana se filtraba por las enormes cortinas de seda, hiriéndome los ojos me desperté con una sensación de pesadez en el cuerpo, pero mi mente se aclaró de golpe al recordar dónde estaba. Giré la cabeza lentamente él seguía dormido a mi lado, dándome la espalda sus hombros eran una extensión vasta de músculos relajados y piel canela. Por un segundo, la tentación de tocarlo, de deslizar mi mano por esas cicatrices que apenas vislumbré anoche, fue casi insoportable. Pero el reloj en la mesa de noche marcaba las 6:15 a.m. —Mierda —susurré. Me levanté con cuidado, recogiendo los restos de mi vestido n***o estaba destrozado, la seda rasgada por la mitad era el testimonio mudo de su fuerza ñor suerte, encontré mi bolso y un abrigo largo que traía Sophia me lo puse encima, ocultando el desastre y salí del penthouse como una ladrona. En el ascensor, mi reflejo me devolvió una imagen que no reconocía labios hinchados, cabello revuelto y una mirada que brillaba con una mezcla de pecado y asombro. Tomé un taxi y regresé a mi pequeño apartamento. El agua caliente de la ducha golpeando mi espalda me ayudó a procesar la noche. "Fue solo una aventura de una noche, Aria", me repetí mientras me enjabonaba, sintiendo aún el rastro de sus manos en mis caderas. "Un hombre así es un cometa, pasa una vez, deslumbra y desaparece". Era una lástima, sí, pero hoy empezaba mi futuro. No podía permitir que un desconocido, por más perfecto que fuera en la cama, me distrajera de mi meta. Me vestí con meticulosidad elegí un traje de falda y chaqueta en color azul marino, una blusa de seda blanca impecable y unos tacones que me daban la altura necesaria para sentirme poderosa. Dejé mi cabello suelto, cayendo en ondas naturales y opté por un maquillaje minimalista que resaltara mis ojos antes de salir, le envié un mensaje rápido a Sophia "Estoy viva todo bien te cuento al salir, deséame suerte". Conducir hasta el centro financiero fue un ejercicio de nerviosismo puro la firma Thorne & Associates era un enigma casi nadie conocía el rostro de Damian Thorne él era extremadamente cuidadoso con su imagen, evitando la prensa y los eventos sociales innecesarios, esa aura de misterio era lo que alimentaba su leyenda. Al llegar, la opulencia del lobby me hizo tragar saliva me anuncié en recepción y me dirigieron a Recursos Humanos allí, pasé casi una hora firmando documentos. —Necesitamos su firma aquí, señorita Prescott es un acuerdo de confidencialidad estricto, lo que vea o escuche en este piso no sale de aquí bajo ninguna circunstancia —dijo el encargado con tono severo— Y este es su contrato de pasante como sabe, el estipendio es simbólico pero la experiencia...— —La experiencia no tiene precio —lo interrumpí, firmando con mano firme no me importaba el dinero; quería su cerebro, su estrategia, su conocimiento. Una mujer joven, vestida con un rigor casi militar, me escoltó hacia el ascensor. —La llevaré al último piso usted ha sido asignada directamente a la oficina del jefe. es un caso excepcional, señorita Prescott. —¿Cómo es él? —pregunté, sintiendo que el corazón me martilleaba las costillas—. Me refiero a... ¿cómo es trabajar para el señor Thorne?— La mujer soltó un suspiro largo, casi de cansancio acumulado. —Es difícil es un hombre de un humor... complicado malhumorado es decir poco es un perfeccionista obsesivo, no tolera el menor error y casi nadie llega a verlo realmente tiene su propio ascensor privado para no mezclarse con el personal si yo fuera usted, mediría cada palabra.— Sentí un frío recorrer mi espalda. ¿Cómo iba a lidiar con un hombre así? Yo era terca y apasionada, un "tiburón" en potencia, pero enfrentarme a un muro de hielo durante diez horas al día no era lo que esperaba. Llegamos al piso 50 el silencio era sepulcral. Me llevaron hacia mi oficina era hermosa amplia y se veía la cuidad desde aquí sin embargo no logré estar mucho tiempo ya que me llevaron hasta el escritorio de una mujer mayor de mirada afilada y gafas de montura negra la secretaria personal de Thorne. —Señorita Prescott, llega a tiempo sígame el señor Thorne no espera.— Me despedí con la mano de la mujer que me había traído. Caminamos hacia una puerta doble La secretaria dio dos toques secos. —¡Adelante! —rugió una voz desde el interior una voz que me resultó familiar de una manera aterradora. La puerta se abrió la oficina era inmensa, con ventanales que dominaban todo Manhattan detrás de un escritorio de cristal n***o, sentado en una silla de cuero, estaba él. Se me cortó la respiración se me cayó el alma a los pies. Mis manos empezaron a temblar imperceptiblemente em hombre del traje gris, el hombre de los ojos miel, el hombre que me había rasgado el vestido y me había hecho gritar su nombre anoche... era Damian Thorne. Me quedé petrificada, con la boca ligeramente abierta. ¡Maldita sea! Me acosté con mi jefe el no levantó la vista de inmediato de los papeles que revisaba. —Señor Thorne, la nueva pasante, Aria Prescott —anunció la secretaria. Damian dejó la pluma sobre la mesa con una lentitud calculada levantó la cabeza y sus ojos miel se clavaron en los míos no hubo sorpresa en su rostro solo una intensidad gélida que me quemó la piel. —Gracias, Margaret puede retirarse cierre la puerta —ordenó él, sin dejar de mirarme. La secretaria salió y el "clic" de la cerradura sonó como una sentencia de muerte. El silencio en la oficina se volvió denso, eléctrico. Yo sentía que las mejillas me ardían de pura vergüenza. Quería que el suelo se abriera y me tragara. —Yo... señor Thorne... —mi voz salió como un hilo quebrado di un paso adelante, nerviosa—. Yo no tenía idea de verdad, le pido mil disculpas por lo de anoche. Si hubiera sabido quién era usted... jamás... bueno, quiero decir, esto ha sido un error terrible. Le prometo que no volverá a suceder no se repetirá, se lo juro.— sentia que me disculpaba sin razón y al mismo tiempo que debía pedir perdón. Me sentía como una tonta, hablando sin parar por los nervios mientras él se levantaba de su silla. Se rodeó el escritorio con una elegancia depredadora, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón de sastre. Se detuvo a centímetros de mí, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Él no mostraba ninguna expresión ni enojo, ni burla solo ese control absoluto que lo apodaba "El Tiburón Blanco" d repente, la comisura de sus labios se elevó en una sonrisa lenta, peligrosa y cargada de una posesividad que me dejó sin aliento. —Te equivocas, Aria —dijo, y escuchar mi nombre en su voz con ese acento firme me hizo vibrar—. Va a volver a suceder y muchas veces.— —Señor... esto es inapropiado, yo soy su pasante... —balbuceé, aunque mi cuerpo lo traicionaba inclinándose sutilmente hacia él. —Ahora eres mi pupila —me corrigió, su voz bajando a un tono casi íntimo, el mismo que usó en mi oído anoche—. Y eso significa que me perteneces durante el día, me pertenece tu intelecto, me encargaré de pulirte hasta que seas la mejor abogada de este país pero el resto... el resto también es mío, no solo voy a enseñarte leyes Aria voy a enseñarte cosas que no están en ningún libro de texto.— Tragué seco. Su presencia me envolvía, el aroma de su perfume el mismo que anoche me parecía la gloria ahora era una advertencia estaba atrapada y lo peor era que, a pesar del miedo y la profesionalidad que debía mantener, una parte de mí estaba gritando por volver a sentir sus manos sobre mí. —Vuelva a su oficina, señorita Prescott —dijo de pronto, recuperando su tono frío y profesional como si nada hubiera pasado— En diez minutos tenemos una reunión en la sala de juntas con los socios principales vamos a discutir la estrategia para los nuevos casos, y el caso de fraude de la corporación Sterling, el cual usted y yo llevaremos personalmente no llegue tarde, no me gusta la impuntualidad.— —Sí... sí, señor —asentí mecánicamente. Me giré y salí de la oficina casi huyendo. Al cerrar la puerta, me apoyé en ella un segundo, intentando que mi respiración volviera a la normalidad. Margaret, la secretaria, me miraba desde su puesto con una mezcla de curiosidad y algo parecido a la compasión. —¿Se encuentra bien, querida? —preguntó, extendiéndome un vaso de agua—. No se preocupe, es normal. El señor Thorne suele tener ese efecto en la gente. Es muy intimidante la primera vez que uno entra ahí. No tenga tanto miedo, se acostumbrará a su carácter.— Acepté el agua con manos temblorosas y le di un sorbo largo. Margaret pensaba que mi agitación era por miedo a su reputación de abogado implacable. No tenía idea de que lo que realmente me tenía temblando no era el temor a perder mi empleo... sino el deseo pecaminoso de volver a estar bajo el cuerpo del hombre que acababa de declararme su propiedad. Miré hacia la puerta de nogal. El Tiburón Blanco no solo me había atrapado en su red profesional; me había marcado en la oscuridad, y ahora, el juego apenas comenzaba.
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