capítulo 3

1710 Words
, Aria Prescott Me dejé caer en la silla de mi nueva oficina, sintiendo que el cuero frío me devolvía un poco de realidad el espacio era elegante, minimalista, con una vista lateral de la ciudad que en cualquier otro momento me habría parecido un sueño hecho realidad pero ahora, el sueño se sentía como una emboscada. —No puedo creerlo no puede estar pasando —susurré para mí misma, enterrando el rostro entre las manos—. De todos los hombres en Nueva York, de todas las discotecas, de todas las noches... tuvo que ser él.— La imagen de Damian Thorne, el "Tiburón Blanco", rompiendo mi vestido con esa fuerza animal y luego mirándome con esa indiferencia gélida tras su escritorio, se repetía en mi mente como una película de terror y deseo quería morirme, la vergüenza era un peso físico en mi pecho, una presión que me dificultaba respirar. Una parte de mí, la parte racional que había estudiado años para estar aquí, gritaba que debía renunciar. Debía marcharme antes de que esto se volviera más turbio pero entonces, miré los documentos sobre el escritorio eran carpetas con el sello de Thorne & Associates si renunciaba ahora, no solo perdía la mejor oportunidad de mi carrera admitía la derrota y los Prescott no nos rendíamos si él quería jugar a ser el dueño del mundo, yo le demostraría que podía ser su mejor alumna sin perder la cabeza o al menos, eso intentaría. Respiré profundo, forzando a mis pulmones a llenarse de aire. "Concéntrate, Aria eres una estudiante de derecho, no una colegiala enamorada", me regañé tomé los documentos del caso de la corporación Sterling era un entramado complejo de fraude fiscal y malversación de fondos comencé a leer, subrayando fechas, nombres y discrepancias en los balances la ley era mi terreno seguro, en los artículos y los códigos penales no había espacio para la confusión que Damian Thorne me provocaba. Unos toques secos en la puerta me sacaron de mi concentración. Margaret, la secretaria, asomó la cabeza. —Señorita Prescott, es hora la sala de juntas está lista, el señor Thorne detesta que la gente tome asiento después que él.— dijo seriamente. —Gracias, Margaret ya voy —respondí, cerrando la carpeta con firmeza. Caminé por el pasillo sintiendo que cada paso que daba con mis tacones era una declaración de guerra. Al entrar en la sala de juntas, el ambiente era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Había seis socios principales, hombres y mujeres de mediana edad que vestían trajes que costaban más que mi matrícula anual. Tomé asiento en una de las sillas laterales, tratando de pasar desapercibida mientras saludaba con un asentimiento cortés. —Buenos días —dije en voz baja algunos asintieron, otros ni siquiera me miraron para ellos, yo era solo una pasante más, una pieza reemplazable. Entonces, la puerta doble se abrió de par en par. Damian Thorne entró en la habitación y el efecto fue instantáneo fue como si el oxígeno se evaporara pude ver cómo los hombros de los socios se tensaban, un abogado a mi lado, que parecía tener cincuenta años, apretó su pluma con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. El miedo que inspiraba Damian no era por gritos o desplantes, sino por esa autoridad absoluta que emanaba de cada poro. No dijo nada caminó hacia la cabecera y, para mi sorpresa y horror, tomó la silla que estaba justo al lado de la mía sentí su calor irradiando hacia mí, el aroma de su loción llenando mi espacio personal. Se sentó con una gracia letal, ajustándose los puños de la camisa. —Empecemos —dijo Damian. Su voz era un trueno bajo que hizo que todos se enderezaran—. Informe de la situación, Marcus.— Un hombre rubio en el extremo opuesto de la mesa comenzó a hablar sobre un caso de fusiones y adquisiciones yo intentaba tomar notas, intentaba ser la pasante perfecta, pero mi cuerpo estaba en alerta máxima podía sentir la mirada periférica de Damian sobre mí, aunque él parecía estar escuchando atentamente al orador de repente, sentí algo cálido y firme sobre mi muslo. Ahogué un jadeo, mis dedos se cerraron con fuerza alrededor de mi bolígrafo bajo la mesa, oculta por el pesado mantel de madera y cuero, la mano de Damian se había posado sobre mi pierna intenté moverme sutilmente, tratando de apartarme, pero su agarre era férreo, no era una caricia suave era una posesión. Sus dedos empezaron a subir por la seda de mi falda de tubo Lentamente, centímetro a centímetro mi corazón empezó a latir con una violencia que estaba segura de que todos podían oír. Marcus seguía hablando de porcentajes y cláusulas de rescisión, pero para mí, el mundo se había reducido a esa mano que ascendía con una confianza pecaminosa. Cuando sintió la resistencia de la tela de mi ropa interior, sus dedos no se detuvieron se deslizaron por debajo del borde de mis bragas, buscando mi piel desnuda, el contraste entre el frío de la sala de juntas y el calor de sus dedos me hizo estremecer visiblemente. Sentí que mis pezones se erizaban contra la seda de mi blusa, una reacción traicionera que esperaba que nadie notara bajo mi chaqueta. —¿Se encuentra bien, señorita Prescott? —la voz de Damian cortó el monólogo de Marcus. Levanté la vista de golpe, encontrándome con sus ojos miel me miraba con una curiosidad fingida, una chispa de maldad bailando en sus pupilas sus dedos hicieron una presión deliberada en mi entrepierna, justo en el centro de mi intimidad tuve que morder el interior de mi mejilla para no soltar un gemido frente a los socios más importantes del país. —Sí... sí, señor Thorne perfectamente —logré decir, mi voz sonando un octavo más aguda de lo normal. —Bien —dijo él, sin retirar la mano all contrario, empezó a moverse con una lentitud tortuosa. —Porque ahora llegamos al caso Sterling Marcus dice que es una causa perdida, que deberíamos negociar un acuerdo y pagar la multa usted ha estado leyendo el expediente que dejamos en su oficina dígame, Prescott, frente a todos estos expertos con décadas de experiencia... ¿qué es lo que cree que debemos hacer?— quede fría. La sala se quedó en silencio. Doce ojos se clavaron en mí, esperando que tartamudeara o dijera una estupidez. Sentí el sudor frío en mi nuca los dedos de Damian seguían allí, moviéndose con una cadencia que me estaba nublando el juicio, provocando una humedad que me hacía sentir terriblemente vulnerable. Cerré los ojos un segundo, buscando la fuerza en el derecho penal, en los hechos no podía dejar que me ganara. No en su juego de poder. —No estoy de acuerdo con el señor Marcus —comencé, forzando una seguridad que no sentía. Mi voz se volvió más firme a medida que hablaba — Si negociamos ahora, estamos admitiendo una culpabilidad que la fiscalía no puede probar el flujo de fondos que mencionan en el folio 42 no es una prueba directa de malversación, es una laguna en la interpretación del código tributario mi plan de acción sería solicitar una auditoría externa independiente antes de que la fiscalía presente los cargos formales. Si encontramos el error en la cadena de custodia de los documentos de la corporación, podemos invalidar toda la evidencia principal.— dije tratando de concentrarme. Mientras hablaba, los dedos de Damian se movieron con más insistencia, acariciando mi clítoris con una precisión que me hacía ver estrellas tuve que apretar las piernas, atrapando su mano entre mis muslos, pero eso solo pareció darle más ventaja mi respiración se volvió pesada, errática, pero continué—Si jugamos a la defensiva, perdemos tenemos que atacar la legitimidad de la fuente esa es la única forma de que el nombre de Sterling quede limpio y el bufete mantenga su racha de victorias.— Hubo un silencio tenso. Marcus me miraba con desprecio, pero otros socios empezaron a susurrar entre ellos, revisando sus propios apuntes. Damian soltó una carcajada corta y seca, un sonido que me recorrió la columna como una descarga eléctrica. —Ya lo han oído —dijo Damian, finalmente retirando su mano y colocándola sobre la mesa, como si nada hubiera pasado—. Eso es exactamente lo que haremos Prescott tiene más instinto que la mitad de los que están sentados en esta mesa Marcus, prepara la solicitud de auditoría la reunión ha terminado.— Todos se levantaron rápidamente, recogiendo sus cosas y saliendo de la sala como si el aire fuera tóxico yo me quedé clavada en mi silla. Mis piernas temblaban tanto que no estaba segura de poder ponerme de pie tenía la respiración agitada y mi cuerpo gritaba por el contacto que él acababa de interrumpir tan bruscamente. Damian se quedó sentado, observándome mientras la puerta se cerraba tras el último socio—Buena respuesta Aria —dijo con esa voz gélida—. Tienes cerebro es una lástima que tu cuerpo sea tan fácil de distraer estabas a punto de mojar la silla de mi sala de juntas.— Lo miré, sintiendo una mezcla de odio y un deseo que me quemaba las entrañas. —Usted es un animal —susurré. —Soy un tiburón —me corrigió, levantándose y caminando hacia la puerta—. Y tú acabas de entrar en mi tanque regresa a tu oficina y empieza a redactar esa solicitud te quiero en mi despacho en una hora con el borrador.— Salió sin mirar atrás. Me quedé sola en la inmensa sala de juntas, con el corazón martilleando contra mis costillas y una sensación de vacío entre mis piernas sabía que esto era solo el principio Damian Thorne no solo quería que fuera la mejor abogada quería romperme, poseerme y demostrarme que, en su mundo, las leyes las dictaba él, dentro y fuera de la cama. No sabía si podría con esto, pero mientras caminaba de regreso a mi oficina, solo podía pensar en una cosa el sabor de su boca y la presión de sus dedos estaba perdida y lo peor era que no quería que me encontraran.
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