capítulo 4

1583 Words
Aria Prescott Mis manos temblaban sobre el teclado mientras terminaba de redactar el borrador para la auditoría de la corporación Sterling cada vez que cerraba los ojos, sentía el fantasma de sus dedos rozando mi piel bajo la mesa de la sala de juntas. "Concéntrate, Aria" me repetía, pero el eco de su voz ronca en mi oído era un ruido blanco que no me dejaba en paz finalmente, imprimí los documentos. El papel salía caliente de la máquina, casi tanto como mi propia piel. Caminé hacia su despacho Margaret me vio llegar y simplemente asintió con la cabeza, señalando la puerta doble sabía que Damian me esperaba. Al entrar, lo encontré revisando unos correos en su computadora. No levantó la vista la luz de la tarde entraba por el ventanal de cristal, bañando su figura de una autoridad casi divina Damian Thorne era el orden personificado en un mundo de caos legal. —Aquí está el borrador, señor Thorne —dije, dejando la carpeta sobre su escritorio. Él la tomó con lentitud sus dedos rozaron los míos por un segundo y sentí una descarga eléctrica que me recorrió hasta la punta de los pies empezó a leer en silencio el único sonido en la habitación era el tic-tac de un reloj de pared y el roce del papel fueron los minutos más largos de mi vida. —La base legal es sólida —dijo finalmente, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Pero el tono es demasiado suave. En la página tres, hablas de "sugerir" una discrepancia. En este bufete no sugerimos nada, Aria nosotros imponemos la duda cambia "sugerir" por "evidenciar la falacia administrativa". Necesito que seas un tiburón, no una gacela asustada.— —Lo corregiré de inmediato —respondí, estirando la mano para tomar la carpeta pero antes de que pudiera tocarla, Damian rodeó el escritorio con esa velocidad depredadora que lo caracterizaba me tomó por la cintura y, con un movimiento firme, me sentó sobre el escritorio de cristal, desplazando los documentos y la computadora hacia un lado el frío del cristal contra mis muslos me hizo soltar un jadeo. —¿Crees que puedes simplemente entrar aquí, entregar un papel y marcharte después de lo que pasó en la junta? —susurró, colocando sus manos a ambos lados de mis caderas, encerrándome. —Tengo trabajo que hacer... usted mismo lo dijo —balbuceé pero mi cuerpo ya se estaba arqueando hacia él. —El trabajo puede esperar tu castigo por distraerme no.— al decir eso mi piel se erizo. Damian no perdió el tiempo sus manos bajaron a la cremallera de mi pantalón de sastre y la abrieron con una eficiencia aterradora me despojó de la prenda inferior junto con mis bragas, dejándome completamente expuesta ante él bajo la cruda luz de su oficina se deshizo de su cinturón y bajó sus pantalones, revelando su urgencia. Se posicionó entre mis piernas y me penetró sin previo aviso, de una forma ruda y profunda que me hizo echar la cabeza hacia atrás un grito de placer puro estaba a punto de escapar de mi garganta, pero Damian fue más rápido estrelló sus labios contra los míos, devorándome, silenciando mi voz con un beso hambriento que sabía a café y a pecado, sus embestidas eran potentes, haciendo que el escritorio de cristal vibrara bajo mi peso. Cada vez que golpeaba contra mí, sentía que mi alma se desprendía de mi cuerpo, me sujetaba de los muslos con tanta fuerza que sabía que dejaría marcas, pero en ese momento, solo quería que me rompiera. Él se separó apenas unos milímetros de mi boca su respiración era un vendaval cálido sobre mi rostro. —Has caído en mi red, Aria —susurró contra mi oído, su voz era una caricia de acero—. Lo supiste desde que entraste en ese elevador anoche no hay salida para ti, eres mía y voy a devorarte hasta que no quede nada de la niña buena que cree en la justicia. —Por favor... —gemí, hundiendo mis uñas en sus hombros, sintiendo los músculos tensos bajo su camisa de seda. —¿Por favor qué? —me desafió, aumentando el ritmo, golpeando mi punto más sensible con una precisión diabólica—. ¿Quieres que me detenga? Dilo di que quieres que pare.— No pude solo podía mover la cabeza de un lado a otro, perdida en un torbellino de sensaciones lo deseaba tanto que dolía sus manos subieron a mis pechos, apretándolos a través de la blusa, mientras seguía poseyéndome con una ferocidad que me hacía ver estrellas detrás de mis párpados cerrados, sentí que el clímax se acercaba, una presión insoportable en mi vientre que amenazaba con hacerme estallar Damian lo notó se detuvo un segundo, manteniéndose profundamente dentro de mí, y empezó a acariciar mi clítoris con el pulgar, rítmicamente, mientras volvía a besarme para ahogar mis gemidos.—Eso es... ríndete para mí —gruñó. El orgasmo me golpeó con la fuerza de un rayo. Mis músculos se contrajeron alrededor de él en espasmos violentos grité contra su boca, sintiendo que el mundo se desvanecía segundos después, él soltó un gruñido gutural y terminó dentro de mí, llenándome por completo mientras me apretaba contra su pecho. El silencio que siguió fue ensordecedor me quedé allí, temblando, con la respiración entrecortada y la mirada perdida en el techo de la oficina la realidad empezó a filtrarse de nuevo. La vergüenza me golpeó como un balde de agua fría.—Vete a limpiar —dijo Damian, su voz recuperando instantáneamente esa frialdad profesional que me aterraba se separó de mí y empezó a ajustarse la ropa con una calma exasperante. Me bajé del escritorio con las piernas flácidas, sintiendo el rastro de nuestra unión bajando por mis muslos recogí mi ropa y caminé hacia el baño privado de su oficina al entrar, cerré la puerta y me apoyé en el lavabo, me miré en el espejo: mis labios estaban hinchados, mi cabello era un desastre y mis ojos brillaban con una mezcla de placer y humillación. Sentí ganas de llorar. No sabía si era por el placer intenso que acababa de experimentar o porque me sentía patéticamente débil ante él era una estudiante de derecho brillante, se suponía que debía tener el control y en cambio, me había convertido en el juguete de mi jefe en menos de veinticuatro horas. Me limpié con manos temblorosas, tratando de recomponer mi dignidad junto con mi ropa cuando salí del baño, Damian estaba sentado tras su escritorio, pulcro, impecable, como si nada hubiera sucedido estaba revisando unos papeles, con la pluma en la mano. —Termina de acomodar los cambios que te señalé —dijo sin levantar la vista señaló con el dedo el borrador que se había caído al suelo durante nuestro encuentro— Ahí tienes el documento inclínate y tómalo.— Me mordí el labio, sintiendo una punzada de rabia. Me incliné, sintiendo su mirada fija en mi espalda mientras recogía las hojas desparramadas por la alfombra. —Cuando termines, déjaselo a Margaret y vete a casa ha sido suficiente por hoy —sentenció. Asentí en silencio, incapaz de articular palabra, y salí de la oficina. Hice las correcciones en mi escritorio mecánicamente, con el corazón todavía acelerado le entregué la carpeta a la secretaria y salí del edificio. Necesitaba aire, necesitaba realidad. Conduje durante cuarenta minutos hasta la casa de mis padres, en un barrio tranquilo de clase media en las afueras su casa siempre olía a café y a detergente de limón, un contraste brutal con el aroma a lujo y pecado de la oficina de Damian. Al entrar, mis padres estaban en el comedor mi padre, un hombre que había trabajado treinta años en una fábrica para pagarme la universidad, me miró con seriedad por encima de sus gafas de lectura. —Llegas tarde, Aria ¿Cómo fue el primer día? —preguntó su voz era áspera, cargada de la expectativa de quien ha sacrificado mucho. — Ayer llamaron de la universidad para darnos la noticia sobre tus pasantías, más te vale hacerlo bien, hemos gastado demasiado en tu educación, cada centavo de nuestros ahorros fue a esa facultad de derecho, no puedes permitirte fallar.— dijo nervioso —Lo sé, papá no voy a fallar —dije, sintiendo un nudo en la garganta si él supiera lo que había hecho sobre ese escritorio de cristal... Mi madre se acercó y me rodeó con sus brazos, dándome un beso en la mejilla. Su abrazo olía a hogar y a seguridad. —No le hagas caso a tu padre, está nervioso estamos tan orgullosos de ti, hija una pasantía en esa firma... es el comienzo de algo grande sé que vas a triunfar, siempre has sido la mejor en todo lo que te propones.— mi madre si sabía expresar lo que sentía. —Gracias, mamá —susurré, devolviéndole el abrazo con fuerza. Me senté a cenar con ellos, escuchando sus historias sobre los vecinos y las cuentas de la casa, tratando de actuar como la hija perfecta ñero mientras mi madre hablaba, yo todavía podía sentir el peso de Damian Thorne sobre mí, y el eco de sus palabras: "No hay salida de esto". Estaba en casa de mis padres, en mi refugio seguro, pero mi mente y mi cuerpo seguían atrapados en el piso 50 de aquel rascacielos, en la red del Tiburón Blanco.
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