Capitulo 05

1828 Words
Aria Prescott ​El sonido de la alarma me arrancó de un sueño inquieto, uno donde las manos de Damian Thorne me sujetaban con una fuerza que ya no sabía si era pasión o una jaula. Me quedé un momento mirando el techo de mi habitación, sintiendo el vacío en el estómago que solo aparece cuando sabes que tu vida ha dejado de pertenecerte. Me levanté arrastrando los pies hacia la ducha. Dejé que el agua caliente golpeara mi espalda, intentando lavar no solo el rastro del deseo, sino la culpa que empezaba a germinar en mi pecho. ​Al salir, me puse mi traje sastre azul marino. Me vi al espejo y me obligué a ver a una profesional, no a la chica asustada que se había entregado a su jefe sobre un escritorio de cristal. Mi reflejo era una mentira perfecta: cabello impecable, maquillaje sobrio, mirada decidida. En la cocina, mis movimientos fueron mecánicos. Preparé un sándwich de pavo y un café cargado que tomé mientras miraba por la ventana. No tenía hambre, pero necesitaba la energía para enfrentar al "Tiburón Blanco" un día más. ​Salí de mi apartamento con el bolso al hombro, bajé al estacionamiento y me subí a mi auto. El motor rugió con ese sonido familiar que me devolvía a la tierra. Mientras manejaba hacia el centro, el tráfico de Nueva York parecía una metáfora de mi mente un caos ruidoso intentando avanzar hacia ninguna parte. ​Al entrar en el edificio de Thorne & Associates, el aire acondicionado me recibieron como una bofetada. Margaret, la secretaria de Damian, levantó la vista de sus monitores en cuanto me vio. ​—Señorita Prescott, llega justo a tiempo —dijo con su voz monótona—. El señor Thorne entró a una reunión hace diez minutos y solicitó expresamente que, en cuanto usted llegara, se presentara en la sala de juntas. ​—Gracias, Margaret —respondí, sintiendo un vuelco en el corazón. ​Dejé mis cosas en mi oficina a toda prisa. Mis manos temblaban ligeramente mientras alisaba mi chaqueta. Corrí por el pasillo, el sonido de mis tacones resonando contra el suelo pulido, y abrí la puerta de la sala de juntas con la respiración algo agitada. ​Al entrar, la escena se congeló. Damian estaba sentado a la cabecera de la mesa de nogal, luciendo una pulcritud que rozaba lo insultante. A su lado, un hombre mayor, de unos cincuenta años, vestido con un traje que gritaba "herencia y poder" me observó con una curiosidad condescendiente. ​—Siento la demora —dije, tratando de recuperar el aliento y la compostura. ​—Tome asiento, Aria —dijo Damian. Su voz era un barítono tranquilo, pero sus ojos miel me recorrieron con una intensidad que me hizo arder la piel—. Ella es la señorita Prescott, la otra abogada que me asistirá en su proceso.—​El cliente asintió con una elegancia fría. Damian se giró hacia mí, extendiéndome una carpeta pesada.​—Estamos trabajando en una reclamación masiva contra el Estado. La familia del señor Sterling-Vane fue despojada de una vasta extensión de terrenos de forma arbitraria hace décadas. El gobierno se apropió de ellos ilegalmente y ahora estamos solicitando la restitución total de la propiedad.—​Asentí, tomando los documentos. Mis ojos escanearon las primeras páginas por inercia, hasta que llegué al anexo de zonificación. El mundo se detuvo. Los sonidos de la habitación se volvieron un zumbido lejano. ​Calle Willow. Parcelas 12 a la 45. Sector 4. ​Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Esa dirección... era donde mis padres habían construido su vida. Detallé los planos con manos temblorosas; era un terreno enorme, un vecindario entero de clase media. Cientos de casas, parques, la carnicería donde mi mamá compraba cada sábado... todo estaba marcado en rojo en el mapa del cliente. ​Me atraganté con mi propia saliva, soltando una tos seca que intenté disimular. ​—Mis padres han querido reclamar esta propiedad por años —comentó el cliente, recostándose en su silla con una sonrisa satisfecha—. Es el momento de recuperar lo que nos pertenece por linaje. ​—Señor... —mi voz salió más quebrada de lo que pretendía—. En este mapa veo que hay muchísimas viviendas construidas personas que llevan décadas viviendo allí ​El hombre se encogió de hombros, manteniendo esa pequeña sonrisa arrogante que me revolvió el estómago. —Eso no es mi problema, señorita Prescott. Yo solo quiero recuperar lo que es mío. Lo que pase con los que ocupan ilegalmente mi tierra es asunto del gobierno, no mío. ​Un nudo de angustia se cerró en mi garganta. Si los obligaban a ir no tendrían a dónde ir, no tienen ahorros, durante años cada centavo que mi padre ganó en la fábrica y cada sacrificio que mi madre hizo, fue para mí para que yo fuera a la mejor universidad, para que tuviera este apartamento, para que manejara ese auto sencillo pero funcional. Intentaron hacerme la vida cómoda a costa de su propia seguridad financiera. Si ese hombre ganaba, mis padres no tendrían a dónde ir. No tenían dinero para alquilar otro lugar y mucho menos para comprar. La culpa empezó a ahogarme, pesada como el plomo mi éxito se sentía repentinamente como la soga que los iba a ahorcar. ​—Pero son cientos de personas... —insistí, con el corazón martilleando contra mis costillas. ​De repente, sentí un dolor agudo en el muslo. Bajo la mesa, la mano de Damian se había cerrado sobre mi pierna con una fuerza brutal. Sus dedos se hundieron en mi carne, una advertencia física que me obligó a callar. Lo miré de reojo y vi su mandíbula tensa. "Silencio", me ordenaba su presión. "Retoma la compostura". ​Cerré los ojos un segundo, forzando a mis pulmones a inhalar. Si le decía a Damian en este momento que mis padres vivían allí, me sacaría del caso inmediatamente. Me convertiría en un estorbo, en un riesgo de conflicto de intereses. Y no podía permitirlo. Necesitaba estar dentro para entender cómo detener este tren que venía a arrollar a mi familia. ​Además, recordé con terror quién era el hombre a mi lado. Damian Thorne, el Tiburón Blanco. El hombre que jamás había perdido un caso. Estaba peleando contra el Estado, algo difícil para cualquiera, pero él había doblegado a instituciones mucho más grandes. Si él decidía ganar, mis padres estaban perdidos. ​Salí de mis pensamientos cuando el cliente se puso de pie, ajustándose el reloj de oro. —Tengo inversionistas interesados en construir edificios de lujo en ese lugar —dijo con entusiasmo—. Quizás un centro comercial o residencias de alto nivel. Vamos a ganar, lo sé. Tengo a los mejores trabajando para mí. ​Maldije en mi interior porque sabía que tenía razón. Damian era el mejor. El hombre estrechó mi mano y, por puro instinto profesional, le devolví la despedida con una sonrisa gélida y perfecta, ocultando el volcán de emociones que amenazaba con hacerme estallar. ​Acompañamos al cliente a la salida. En cuanto la puerta de la sala de juntas se cerró, el silencio se volvió tóxico. Damian se giró hacia mí, su expresión era de una seriedad absoluta. ​—¿Qué demonios fue eso, Aria? —preguntó, su voz bajando a ese tono peligroso que me hacía temblar—. Un abogado no cuestiona lo que el cliente hace con su propiedad. No es nuestro trabajo ser trabajadores sociales. ​—Hay personas allí, Damian... sus casas, sus vidas... —logré decir, intentando sonar lógica y no desesperada. ​—Escúchame bien —se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal, su aroma envolviéndome como una trampa—. No llegué a ser el Tiburón teniendo compasión. Los tiburones atacan cuando huelen la sangre, y en este momento, lo que huelo es el rastro del dinero y el poder que este caso traerá a la firma. ​Me miró de arriba abajo, con un desprecio que dolió más que cualquier insulto.—Tómate unos minutos para pensar y dejar de ser débil. Si sigues así, no vas a llegar a ningún lado en este mundo. ​Su tono frío me hizo estremecer. Se dio la vuelta y salió de la sala, dejándome sola con mis fantasmas. Me quedé allí, de pie, con la vista fija en la mesa de juntas. ¿Podría él ayudarme si supiera la verdad? ¿O simplemente pondría las cosas más difíciles para mi familia con tal de ganar? Damian no conocía la piedad. ​Respiré profundo, sintiendo que el oxígeno quemaba. Caminé hacia el dispensador, llené un vaso de agua y lo bebí de un trago, intentando apagar el fuego en mi pecho. Salí de la sala de juntas con las piernas flácidas y caminé hacia su despacho. ​Toqué la puerta y entré. Él ya estaba sentado tras su escritorio, revisando los planos originales. —Toma —dijo sin mirarme, extendiéndome una pila de documentos—. Necesito un informe completo para el final del día. Ahí tienes los planos, la cadena de títulos y todo lo necesario. Empieza ya. ​Tomé los documentos. No me atrevía a mirarlo a los ojos tenía la vista clavada en los papeles, buscando desesperadamente entre las líneas algo, una grieta, un error, cualquier cosa que pudiera sacar a mi familia de esa lista de desalojo. ​Estaba por salir de la oficina cuando sentí su mano atrapar mi brazo con firmeza. Me detuve en seco, el corazón dándome un vuelco.​—Aria —dijo, su voz mucho más suave, casi humana—. No te lo tomes personal. Míralo como un caso más. Es solo justicia distributiva. ​Asentí mecánicamente, aunque por dentro quería gritarle que era imposible. —Lo entiendo, señor Thorne. ​Salí de su oficina y caminé directo a la mía. Cerré la puerta y me dejé caer en la silla, sintiendo que el peso de los documentos me aplastaba. No empecé el informe que me pidió. En su lugar, desplegué los planos sobre mi escritorio y empecé a leer cada palabra del contrato de compra que el banco había emitido hace veinte años a los residentes. ​"Tiene que haber una salida", susurré para mí misma. Me pregunté si podría negociar, si el juez podría obligar a Sterling-Vane a pagar una indemnización millonaria a las personas afectadas. Si pudiera probar que la propiedad al banco fue legítima bajo alguna ley de prescripción adquisitiva... ​Mis ojos ardían mientras repasaba los documentos. Damian me había enseñado a ser un depredador, a buscar la debilidad del oponente. Lo que él no sabía es que, por primera vez, el oponente era él, y yo estaba dispuesta a usar todo lo que me había enseñado para salvar el único lugar que mi familia llamaba hogar. ​
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