Aria Prescott El sol de la mañana se filtraba por los inmensos ventanales del penthouse, hiriendo mis ojos cansados. Me desperté envuelta en las sábanas de seda negra de Damian, sintiendo un peso extraño en mi cuerpo, una lasitud que no venía solo del agotamiento físico, sino de la rendición espiritual. El collar de cuero seguía allí, una banda de propiedad que me recordaba, con cada roce contra mi garganta, que ya no me pertenecía. Escuché sus pasos. Damian salió del vestidor perfectamente vestido, una visión de poder en un traje gris marengo que parecía una armadura. Se acercó a la cama y me observó en silencio mientras yo intentaba cubrirme, aunque era inútil él ya lo había visto todo, ya lo poseía todo. —Levántate, Aria. Tenemos un día largo —dijo con esa voz que no admitía

