Aria Prescott El trayecto desde el restaurante fue una agonía de anticipación. Damian no dijo una sola palabra, pero su mano no abandonó mi muslo, apretando con una posesión que me recordaba que, aunque estuviéramos en un Bentley blindado, yo ya no me pertenecía. No regresamos a la oficina. El auto se detuvo frente a un rascacielos de cristal n***o, una torre imponente que parecía vigilar toda la ciudad. —Baja —ordenó él con voz ronca. Subimos por un ascensor privado que nos dejó directamente en su penthouse. Era un lugar minimalista pero Damian no se detuvo en la estancia. Me guio por un pasillo oscuro hasta una puerta pesada de madera maciza. Al abrirla, el aire cambió olía a cuero, a cera y a algo metálico que no supe identificar. Entré con cautela, sintiendo que cruzaba un umbr

