Aria Prescott
Llegué a la oficina cuarenta minutos antes de mi horario habitual. El edificio de Thorne & Associates a esa hora tiene un aura fantasmal; las luces automáticas se encienden a tu paso y el silencio es tan denso que puedes escuchar el zumbido de los servidores.
Me encerré en mi despacho, sin siquiera quitarme el abrigo, y extendí los planos y las escrituras sobre el escritorio por enésima vez.
Necesitaba una falla. Un error en la fecha de la expropiación, una firma mal autenticada, una falta de notificación en el boletín oficial de 1980.
Cualquier cosa. Pero con la mente fresca, la realidad fue aún más devastadora: el cliente tenía razón. El gobierno se había incautado de esas tierras de forma arbitraria, probablemente como una represalia política o por un simple descuido administrativo de los dueños originales que las dejaron en desuso. Legalmente, los Sterling-Vane eran los dueños legítimos.
Maldije internamente, golpeando el escritorio con el puño. La única salida humanitaria sería una indemnización colectiva para los habitantes. Pero un proceso así requeriría años de litigio y recursos que esas familias no tenían. Y Damian... Damian jamás ofrecería sus servicios de forma gratuita para una causa benéfica. Su mente de tiburón solo entendía de activos, pasivos y honorarios con muchos ceros.
—Parece que el caso Sterling la tiene obsesionada, señorita Prescott.
Me sobresalté tanto que casi tiro la lámpara del escritorio. Damian estaba apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos de su pantalón de sastre y esa mirada analítica que parecía ver a través de mis huesos.
—Señor Thorne... no lo escuché llegar —dije, tratando de ocultar los planos con una carpeta.
Él entró en la oficina con pasos lentos, como un depredador midiendo el terreno. Se detuvo frente a mi escritorio y fijó su vista en los documentos desordenados.
—Agradezco su dedicación, de verdad. Es raro encontrar una pasante que llegue al alba para revisar títulos de propiedad de hace cuarenta años —su voz bajó un tono, volviéndose más incisiva—. Sin embargo, siento que se lo está tomando demasiado personal desde ayer. ¿Hay algo que deba saber?
El aire se sintió pesado. Sentí el sudor frío en mi nuca.
—No, señor. Es solo que... quiero aprender del mejor. Quiero estar a su altura, demostrarle que puedo manejar la complejidad de un caso de esta magnitud.
Damian arqueó una ceja. No me creyó ni una palabra vi el escepticismo bailando en sus ojos miel, pero decidió no presionarme más en ese momento.
—Acompáñeme, la reunión técnica comenzará en cinco minutos.
Me levanté con las piernas temblorosas y lo seguí hasta la sala de juntas pequeña, una habitación blindada donde solo se discutían las estrategias más agresivas.
Allí nos esperaban otros dos abogados senior de la firma, especialistas en litigios contra el Estado.
—Bien, caballeros —comenzó Damian, sentándose y entrelazando sus dedos largos sobre la mesa—. El objetivo es la restitución inmediata. No queremos compensación económica del Estado; queremos el suelo. Aria ha analizado la cadena de títulos y confirma que el decreto de 1982 fue nulo.
—Podemos solicitar una medida cautelar de desalojo preventivo —sugirió uno de los abogados, un hombre de rostro severo llamado Henderson—. Si alegamos que las construcciones actuales representan un riesgo estructural o que fueron levantadas sin permisos de zonificación adecuados, el juez ordenará el vacío del área en menos de treinta días.
—Exacto —secundó el otro—. Y para evitar que los habitantes se agrupen en una demanda colectiva, podemos enviar notificaciones individuales de desalojo administrativo. El miedo los dividirá. Sin líderes, no hay resistencia.
Escuchaba cada palabra como si fueran golpes de mazo.
Estaban planificando cómo quitarle la casa a mis padres, cómo usar el miedo para desmembrar a mi comunidad.
Mi corazón se aceleró tanto que temí que saltara de mi pecho. Henderson y el otro abogado seguían trazando el plan cortes de servicios, vallas perimetrales, guardias de seguridad privados para "proteger la propiedad" una vez que saliera la orden.
Por suerte, Damian no me preguntó nada durante la junta. Me quedé bloqueada, con la mirada fija en un punto inexistente de la mesa, intentando no vomitar por la rabia y el asco.
Mi mente, usualmente brillante para encontrar réplicas, estaba muerta. No podía pensar en nada que ayudara a Sterling-Vane sin sentir que estaba apuñalando a mi padre por la espalda.
Al finalizar la reunión, los otros abogados salieron.
Yo me puse de pie apresuradamente para huir a mi oficina, pero Damian me detuvo con un gesto.
—Aria, deje esos documentos. Vamos a almorzar.
Me quedé helada.
—¿A almorzar? ¿Ahora?
—Es una orden, no una sugerencia —dijo con esa sonrisa media que tanto me desequilibraba.
Por un segundo, la urgencia de mi problema familiar se desvaneció bajo la intensidad de su presencia. Bajamos en su ascensor privado. En el estacionamiento nos esperaba su auto, el mismo Bentley n***o, lujoso y obsceno que nos había llevado la noche en que todo empezó. El chofer abrió la puerta y nos subimos.
El interior olía a cuero nuevo y al perfume de Damian. Me senté lo más lejos posible, pero él se acercó, rompiendo mi espacio personal. No dijo nada durante el trayecto, pero su mano se posó sobre mi muslo. Sus dedos empezaron a presionar rítmicamente, haciendo que una vibración eléctrica recorriera mis piernas. Me sonrojé, mirando por la ventana para evitar que viera cuánto me afectaba su cercanía.
Llegamos a un restaurante exclusivo en el Upper East Side. En cuanto entramos, el hombre se inclinó casi hasta el suelo para recibirnos, todo el mundo conocía al gran Damian Thorne, el Tiburón Blanco.
Nos guiaron a una mesa reservada en una esquina privada, lejos de oídos curiosos.—Pediré por ambos —sentenció él sin siquiera mirar la carta.
Pidió filete con espárragos para los dos y una botella de un vino tinto que probablemente costaba más que mi renta mensual.
Cuando el mesero se retiró, nos quedamos en un silencio tenso. Damian se reclinó en su silla, observándome con una fijeza que me hacía sentir desnuda.—Dígame la verdad, Aria —su voz era firme, exigente. Ya no era el jefe coqueto, era el abogado interrogando a un testigo—. ¿Qué le sucede? Está actuando de forma errática. Durante la reunión de hoy estaba ausente, casi pálida.
Tragué saliva.
—Ya se lo dije, señor Thorne. Solo estoy... abrumada por la responsabilidad. Quiero estar a su altura, aprender cada detalle. Es mi primera pasantía importante y...
—Miente —me interrumpió, inclinándose hacia adelante—. No me pida que crea eso. Usted es ambiciosa, pero no es miedosa. Hay algo en este caso que la está quemando por dentro.
—No es nada —insistí, aferrándome a mi máscara—. Solo profesionalismo.
La comida llegó en ese momento, salvándome de tener que seguir mintiendo.
—Coma —ordenó él.
Empecé a cortar el filete en silencio, pero la tensión no disminuyó. Bajo el mantel de lino blanco, sentí su mano de nuevo. Esta vez no se quedó en mi rodilla; empezó a subir por mi pierna con una lentitud tortuosa. Sus dedos acariciaron la parte interna de mi muslo, subiendo cada vez más, rozando peligrosamente el borde de mi ropa interior.
Me estremecí, soltando el tenedor contra el plato con un tintineo metálico. Damian se inclinó hacia mí, fingiendo que me susurraba algo al oído para que nadie en el restaurante sospechara.—Escúchame bien —susurró, y su aliento cálido me erizó el vello de la nuca—. Deja de pensar tanto. Deja de torturarte por lo que no puedes controlar. Yo me aseguraré de que tú estés bien. Solo dedícate a ser mi pupila y a cumplir mis órdenes.
Sus dedos rozaron mi intimidad a través de la tela, provocando una punzada de deseo que odié sentir en ese momento. Me sentía tan dividida mi mente gritaba por mis padres, pero mi cuerpo respondía a su control con una traición absoluta.—Siga comiendo, Aria —ordenó de nuevo, retirando la mano pero dejando el calor de su presencia marcado en mi piel.
Seguí comiendo, aunque el sabor de la carne me resultara ceniza. Él decía que "yo estaría bien", pero ¿qué pasaba con mis padres? ¿Qué pasaba con la gente de la calle Willow? Al mirarlo beber su vino con esa calma de depredador, me di cuenta de que para Damian, el resto del mundo no existía. Solo existía su objetivo y, por alguna razón que aún no comprendía, ahora yo también formaba parte de sus activos.
Tenía que decidir rápido qué camino tomar, porque el Tiburón Blanco ya había empezado a cerrar sus mandíbulas, y yo estaba justo en medio de su próxima presa.