Por un instante, las palabras de Antonio se convirtieron en un eco incomprensible en la mente de Marian. Balbuceos, disculpas, súplicas… pero nada lograba detener el dolor punzante que sentía en el pecho. Se dejó caer sobre la cama, sintiendo que la vida se escapaba de su cuerpo. Un grito desgarrador brotó de su garganta, acompañado de lágrimas incontenibles.
—¿Dónde están mis hijos? ¿Por qué se llevaron a mis niños? —gritó con desesperación, perdiendo momentáneamente la razón.
Antonio la abrazó con fuerza, intentando calmarla.
—Están con Ray. Perdóname, mi amor. No sabía cómo hacerlo, cómo hablarte de esto… Me estoy ahogando, Mari. Tú mereces algo mejor.
Sus palabras, lejos de consolarla, incendiaron aún más su alma. Marian lo miró con incredulidad. Aquel hombre, con quien compartió quince años de su vida, quien prometió amarla, protegerla y hacerla feliz, acababa de traicionarla de la manera más cruel. Los recuerdos de su infancia volvieron a su mente: las lágrimas de su madre, las noches interminables de sufrimiento. Ahora ella era esa mujer rota.
Su ira explotó.
—¡Fuera de mi casa! No te quiero aquí. ¡Lárgate y no regreses!
Antonio intentó sostenerla, pero Marian luchó con todas sus fuerzas, gritando, llorando, desesperada. Al sentirse liberada de sus brazos, corrió hacia la sala, su voz resonando en las paredes.
—¡Fuera de mi casa, Antonio! ¡Te quiero lejos de mí ahora mismo!
Antonio caminaba de un lado a otro, nervioso, con las lágrimas corriendo por su rostro. Finalmente, se plantó frente a ella.
—No me pidas eso, mi flaca. Temo dejarte sola. Por favor, cálmate. Hablemos.
Él intentó acercarse, pero Marian, cegada por el dolor, corrió a la cocina, tomó un cuchillo y lo apuntó con manos temblorosas.
—¡Fuera de mi casa! No te necesito aquí. ¡Fueraaaa!
Sus gritos eran tan desgarradores que, al abrir Antonio la puerta para marcharse, los vecinos ya se habían reunido, consternados por el escándalo. Marian, con una furia descontrolada, azotó la puerta tras él, sintiendo que su alma se quebraba en mil pedazos.
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El pozo más oscuro
Apoyó su espalda contra la puerta y se dejó caer al suelo. Las lágrimas seguían brotando, incontrolables. Nunca en su vida se había sentido tan rota. Las palabras de Antonio retumbaban en su cabeza: "Hay otra mujer y espera un hijo".
El mundo seguía su curso afuera; Marian podía escuchar los murmullos de los vecinos, los pasos en la acera. Pero para ella, el tiempo se había detenido.
"Si muero esta noche, a nadie le importará", pensó, mientras una profunda sensación de vacío la envolvía.
Se levantó con pasos lentos y abrió la nevera. Encontró media botella de vino, la tomó y, sin pensar, bebió directamente de ella mientras se dirigía a su habitación. Tomó su teléfono y escribió un mensaje a Ray:
“Hola, cuñi. Comí algo y me hizo daño. No podré ir. Deja a los niños contigo esta noche. Mañana Antonio pasará por ellos.”
Dejó caer el celular, colocó una de sus canciones favoritas de Galy Galiano —"El Vestido Rojo"— y volvió a llorar. Al mirarse al espejo, vio su rostro manchado de lágrimas, hinchado, deshecho. En su reflejo no se reconoció: vio a su madre, aquella mujer que tanto sufrió, y eso la destrozó aún más.
Terminó la botella y, en un arranque de desesperación, la lanzó contra la puerta del baño, viendo cómo los pedazos de vidrio se esparcían por el suelo. Caminó descalza hacia ellos, ignorando los cortes en sus pies. Tomó un trozo de vidrio, entró al baño y abrió la ducha. Sin quitarse la ropa, se sentó bajo el chorro de agua fría, permitiendo que esta se mezclara con sus lágrimas.
Con el vidrio en mano, y sin pensarlo más, lo presionó contra sus muñecas. No quería sentir más dolor. Observó cómo el agua se teñía de rojo mientras su fuerza comenzaba a desvanecerse.
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El eco de las voces
La oscuridad la envolvió. En algún punto, comenzó a escuchar voces lejanas, gritos. Reconoció el llanto de sus hijos y, entre todo el ruido, la voz de Antonio. Pero no quería despertar. El eco de su voz solo le provocaba más dolor.
Un ardor en los ojos la obligó a intentar abrirlos. Las luces del hospital eran cegadoras, pero poco a poco logró enfocar su entorno. Al mirar sus muñecas vendadas, la realidad la golpeó: seguía viva.
—"¿Qué he hecho?" —pensó, cubriéndose el rostro mientras las lágrimas volvían a brotar.
Unos minutos después, la puerta se abrió. Era Luceidy, la hermana menor de Antonio, con un rostro marcado por el cansancio y unas profundas ojeras. Aun así, le sonrió.
—Hola, mi favorita. Estás despierta.
Luceidy siempre había sido como una hermana para Marian, una confidente, una amiga incondicional. La familia de Antonio la había acogido desde el inicio de su relación con él, y ahora, en este momento de su vida, ese amor la mantenía a flote.
—Hola, cuñi.
Fue lo único que Marian pudo decir antes de romper en llanto. Luceidy corrió a abrazarla, permitiéndole desahogar el torrente de emociones contenidas.
Marian estaba destrozada, pero en el calor de aquel abrazo comenzó a sentir un pequeño rayo de esperanza: tal vez, con el tiempo y con ayuda, podría reconstruirse. Pero ahora, en este momento, solo quedaba espacio para el dolor.