16. Iniciando a mi hermana Marianne. Por fin cuando su marido se marcha, mi amada señora se levanta para cerrar la puerta y echar la llave. Se acerca a la ducha para asearse, pero yo en ese momento salgo del placard, la cogo entre mis brazos, la tumbo de espaldas en la cama, y en seguida pego mis labios a su encendido y espumoso coño, del que rezuma la lechosa corrida de su marido. Lo devoro con ganas, produciendo tal acaloramiento que ella me tira de los pelos, y grita frenéticamente: —¡Por el amor de Dios, Henry follame, follame! Mi pija no necesita tal requerimiento, y de un sólo empujón se la meto hasta las entrañas. Eso le basta a mi amada señora para que se corra. Ella siente una tremenda excitación, a la que ha llegado no sólo por el preámbulo sino, como ella misma me hace saber,

