Adicta

1005 Words

La manera en que lo dijo, suave, como una caricia, como una amenaza, como una provocación directa a mi entrepierna, hizo que mi cuerpo reaccionara sin pedirle permiso a mi razón. Solté un gemido bajo, profundo, húmedo. No fue una respuesta. Fue una confesión en sí misma. Mi espalda se hundió en el asiento, mis dedos bajaron por mis muslos, lentos, atrevidos, mientras él seguía manejando como si no tuviera una bomba s****l a su lado, lista para estallar. Abrí las piernas. Me toqué. Sentí el calor intenso bajo la tela, esa mezcla de ardor, placer y recuerdo, y cerré los ojos. —Es que… —susurré, sabiendo que él me escucharía—. Un caballero me quitó mi tesoro. Lo dije con la voz trémula, pero no por miedo. Por deseo. Por ese deseo salvaje que crece cuando se nombra lo prohibido. Él giró ap

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