¿"Vístete bien"? ¿Perdón? ¿Qué acaba de decirme este infeliz? Me giré sobre mis talones, con los ojos tan abiertos que seguro podía reflejarle hasta su propia culpa en mis pupilas. —¿Vístete bien? —repetí, con voz contenida, porque si la soltaba de verdad—. ¿Estás demente, Mathis? Él se volvió hacia mí, con esa expresión suya tan fría, tan de "soy el doctor, tú cállate". Pues no. —¡Pues no lo haré! —espeté, con el pecho inflado de orgullo y rabia—. ¿Qué te pasa, ah? ¿Tú crees que esto lo hago de gratis? ¿Que estoy aquí porque me aburría en mi casa y decidí venir a complacer a tu majestad, el ogro de la bata blanca? Me acerqué un paso más, sin miedo, sin filtro, sin pudor. —Crees que puedes exigirme y juzgarme por cómo me visto o por lo que no llevo debajo de esta camisa. ¿Sabes qué,

