+++++++++++++ Ya era más de las tres de la tarde y ni cuenta me había dado que me había pasado el almuerzo. Qué demonios... ¡eran las tres! Y yo seguía sin comer, con el estómago rugiéndome como león enjaulado. Lo peor es que lo noté justo cuando iba por el séptimo paciente. —Aquí no hay tiempo para almorzar —murmuré para mí misma mientras abría la carpeta del siguiente niño—. Mierda… qué hambre. Pero no había opción. Cada paciente que salía, yo ya estaba llamando al siguiente. Una tras otra, las familias pasaban con sus niños y todos, en mayor o menor medida, necesitaban algo urgente. La sala de espera era una mezcla de bostezos, llantos ahogados, tabletas con dibujos animados, y mamás extenuadas. Y yo… con hambre, sed, los pies hinchados y la cara brillosa. Pero con una eficiencia que

