Capítulo 07.

2620 Words
La atmosfera entre nosotros es extraña, guardo silencio, mi cuerpo rígido evitando cualquier contacto, su mano sobre mi mentón se siente como fuego, me quema, sus ojos avellana se roban toda mi atención, me siento tan indefensa ante su presencia, como si no pudiera escapar de sus garras. —No tengas miedo, seré paciente contigo está vez—Susurra sobre mi oído suavemente, siento como todo mi cuerpo se eriza ante su voz, eso me desagrada, encuentro las fuerzas para respirar cuando su mano acaricia mi mejilla con delicadeza, sus dedos trazan un camino de fuego hasta mi barbilla, siento su aliento mentolado chocar contra mi mejilla cuando su mano desciende a mi cuello. —No iré contigo—Niego tomando su muñeca, tarde, su mano se cierra entorno a mi cuello. —Respuesta equivocada, Princesa—Me reprende, apretando lentamente mi yugular con su pulgar, la sangre abandona mi rostro, no puedo respirar, mi mano no puede contra su fuerza, no puedo resistirme a él—ahora tengo toda tú atención, Cloe. —¿Qué quieres? —Cuestiono con la voz rasposa, batallo por respirar, una sonrisa perversa se dibuja en sus labios, envuelve su mano enorme en todo mi pequeño cuello obligándome a levantar mi rostro para dale lugar rozando su barbilla con mi nariz. —Saldremos de aquí y aclararas este mal entendido —Me ordena con la voz fuerte y firme, dando un paso hacia adelante mi pecho choca contra el suyo, puedo sentirlo, jadeo, ladeo el rostro y sin que me lo espere sus labios rosan mi cuello, mis piernas tiemblan, mis mejillas arden al rojo vivo— ¿Si Princesa? —Sí—Digo en un jadeo. —Buena chica—Me felicita dando un paso hacia atrás, su mano despacio desciende desde mi cuello hasta tomar mi mano entrelazando nuestros dedos, mis ojos se cristalizan, la derrota es abrumadora. Aun siento el ardor sobre mi cuello, cuando este hombre me guía fuera de la habitación, mientras caminamos por el pasillo evaluó mis propias opciones, pero su mano firme sobre la mía es un recordatorio, estoy en sus manos. —Sr. O´Brien —Saluda alegremente el oficial que nos había traído aquí, mis ojos se abren de la sorpresa siento como si todo el peso del mundo estuviera sobre mis hombros, es su cómplice, nunca quiso ayudarnos. —Oficial Phillips, que gusto verlo—Responde cortes, mostrando una sutil sonrisa de labios sellados —Le agradezco por hacerse cargo de mi prometida. —¿Se encuentra mejor Señorita? —Cuestiona ladeando la cabeza para mirarme. —Sí—Respondo cortante bajando la cabeza, formando una línea con los labios conteniendo las lágrimas. —Debería tener más cuidado, es un delito mentirle a la policía—Me aconseja con un tono agrio, me muerdo el labio inferior, tragándome las maldiciones que arden en mi boca, es un maldito oficial corrupto. —No se preocupe yo me encargo de reprenderla Oficial—Le tranquiliza O´ Brien, girándose hacia mí, no respiro cuando se inclina, cierro los ojos cuando levanta su mano, temerosa, siento como sus dedos rosan mi oreja acomodando un mechón de cabello detrás de mi oreja, abro los ojos sorprendida viendo su sonrisa juguetona—Vamos a casa Princesa. O´Brien me arrastra fuera de la comisaria, tomados de la mano como si fuéramos una pareja, no me molesto en intentar huir solo subo al auto con esa asquerosa presión en el pecho, suelto su mano cuando el auto arranca, no lo soporto, desvío la mirada deseando que su asqueroso rostro desaparezca. —¿A dónde me llevas? —Cuestiono mirando por la ventana luego de algunos minutos, es cierto que su voz melodiosa me perturba, pero la incertidumbre es peor para mí. —Si vas a hablarme mírame a la cara, niña—Exige tomándome del brazo me gira hacia él, estamos muy cerca, ya no sonríe, sus ojos oscurecidos por el enfado me hacen temblar, su mandíbula tensa enmarca su rostro. —No soy una niña—Contrataco jalando mi brazo con fuerza librándome de su agarre lo miro a los ojos, controlando mi respiración agitada. —¿A no? Tú jueguito de huida, me costó varios favores—Aclara con la voz contenida, ya no se molesta en ocultar su malestar, ya no me honra con su hipócrita simpática, eso es nuevo, aunque no sé qué tan bueno sea para mí—No juegues con fuego Cloe. —Ese no es mi problema—Niego con repulsión cruzándome de brazos formando una línea con los labios—¿A dónde vamos? —A donde sea que yo quiera—Responde con una voz grave y ronca, dándome la espalda, Resoplo, frustrada, quiero seguir hablando, pero un movimiento en el retrovisor capta mi atención, el chofer niega con la cabeza varias veces su mirada inquieta y la rigidez de sus hombros me contagian algo de temor, me dejo caer sobre el asiento derrotada, deseando desaparecer. Juego con mis dedos una y otra vez, este silencio me pone nerviosa, miro por la ventana, el cielo se tiñe de naranjas y rojo, adoro la Golden hour, pero su presencia a mi espalda me hace imposible disfrutarla con tranquilidad, mi pierna derecha se mueve intranquila, hace mucho que nos alejamos del centro de la ciudad, ya no hay edificios que estropeen la vista del cielo, el ruido de los autos se escucha lejano, piños enormes adornan las calles de piedra, subimos la colina hasta el cerco de una enorme propiedad, abro la boca sorprendida, cuando abren las puertas conducimos por el jardín privado que luce como una copia majestuosa del jardín de Versalles, cuando rodeamos la fuente de querubines una enorme mansión nos espera. —¿Esta es tú casa? —Cuestiono embobada, con los ojos abiertos como platos, no recuerdo la última vez que vi tanto lujo. —Naturalmente Cleo, disfruto de vivir alejado de la gente común—Responde arrogante saliendo del auto, ruedo los ojos, asqueada, tuerzo los labios mientras él rodea el coche abre la puerta y en un gesto caballeroso extiende su mano para ayudarme a bajar, idiota, manoteo su mano y salgo del auto por mi cuenta. —No te necesito—Resoplo de malagana abriéndome camino hasta las escaleras, me detengo de golpe cuando dos hombres altos con trajes negros me intercepta antes de poner un pie sobre las escaleras. —Señor O´Brien, Bienvenido—Saludas ambos gorilas cuando él logra alcanzarme, lo miro de reojo y su mandíbula a punto de torcerse me dice que no está nada feliz. —Avísenle a Cecilia que llegamos—Ordena cortante, tomándome del brazo me obliga a subir junto con él las escaleras dejando a ambos gorilas atrás hablando entre ellos, decir que me desagrada su actitud demandante es poco, detesto que ve lleve de un lado al otro sin mi permiso. —Eres un asco de Anfitrión—Escupo de mala gana cuando estamos frente a la gran puerta de madera de la mansión, que se abre con la gracia de un colibrí dejando al descubierto un recibidor de mármol, abro la boca del asombro y vuelvo a cerrarla, no quiero alimentar su ego. —Bienvenido Caín, ¿Es ella? —Saluda una mujer de quizás cuarenta años con una sonrisa cálida que acentúa sus diminutas arrugas, su cabello castaño teñido con algunas canas está recogido en un moño hacia atrás, su ropa es un vestido coral hasta la rodilla con pliegues y un cinturón a juego, que le otorga bastante movimiento formando una silueta femenina y clásica, sus ojos negros viajan desde el hombre que me acompaña hasta mirarme a mí, puedo ver la emoción brillando en sus ojos al verme, lástima que yo no siento lo mismo al verla. —Es ella, Cecilia, llévala a su habitación que se ponga al decente para cenar—Ordena con un tono de voz más suave olvidando que yo me encuentro junto a él. —Por supuesto, Caín—Concuerda dando un paso hacia mí, ampliando su sonrisa. —No iré a ningún sitio—Niego recelosa, retrocediendo tanto como su mano sobre mi brazo me lo permite. —Cloe, perderás mucho si sigues jugando con mi paciencia—Me advierte fulminándome con la mirada ejerciendo presión sobre mi brazo, me tenso ante su amenaza, jalo de mi brazo deshaciéndome de su agarre desviando la mirada resignada, Cecilia busca mi mirada con la ternura centellando en sus ojos. —Acompáñeme por favor—Pide con dulzura, sin otra opción la sigo escaleras arriba, sin molestarme en mirar atrás, las habitaciones en el segundo piso parecen no tener fin, mis ojos inspeccionan el lugar abrumados por tanto lujo, todo reluce, parece que cada pieza de la decoración cuesta una fortuna, todo tiene su lugar como si estuviera pensado al milímetro, sigo a Cecilia hasta la segunda puerta a la izquierda del pasillo principal, abre la puerta y dentro de la habitación necesito dos segundos para analizarlo todo, bueno casi todo. —Es enorme—Suelto, esta habitación es tan grande como mi cocina, la gigantesca cama que se encuentra en el medio de la habitación, toda de blanco siguiendo la estética clásica de la mansión, a su lado dos mesitas de noche encima de ellas lámparas vintage que perfectamente encontrarías en un castillo inglés del siglo IVX, el candelabro que cuelga en el centro de la habitación le otorga una luz mística al lugar. —Señorita—Cecilia llama mi atención, por un momento la había olvidado, mostrándome un vestido marfil corte A, con un escote cuadrado hasta la rodilla, junte las cejas incrédula. —No me pondré eso—Niego con firmeza sacudiendo la cabeza. —Lo siento pensé que le agradaría algo casual, pero tiene mejores opciones en el armario—Sugiere extendiendo su mano hacia la puerta doble de madera blanca que se encuentra a la izquierda de nosotras, me esfuerzo por no abrir la boca como idiota, y la sigo tratando de parecer serena, cuando las puertas se abren un armario gigantesco nos recibe con conjuntos a cada lado y cajones que llegan hasta el techo, mis ojos inquietos inspeccionan todo el lugar con asombro—¿Desea un vestido largo? —No me gustan los vestidos— Aclaro cortante, arrugando la nariz cuando me muestra uno lila. —Qué pena—Responde con pesar volviendo a revisar el armario, me froto los brazos incomoda, pensando en mi hermano, quizás lo han vuelto a llevar a su apartamento o algo peor—Este conjunto le sentará de maravilla. —¿Es que saldremos a algún sitio? —Pregunto al ver el traje que ha escogido, una camisa vino de botones blancos con cuello rígido y un pantalón beige junto con un cinturón n***o, demasiado formal para mí gusto. —No el Sr. Nos ha pedido que preparemos la cena en el comedor—Me aclara con naturalidad ampliando su sonrisa hasta que se forman sus hoyuelos. —Esto es demasiado—Comento torciendo los labios. —Para nada, se verá hermosa confíe en mi—Asegura con sobrada confianza, no me atrevo a contradecirla, su mano rosa mi hombro indicándome que debo seguirla de regreso a la habitación, al cerrar las puertas del armario Cecilia pone la ropa sobre la cama—La tina está lista, debe darse un baño rápido vendré por usted en unos minutos, es la puerta que está a la derecha. —Está bien—Acepto, mirando la ropa con desconfianza. Cecilia se retira dejándome sola en esta enorme habitación, sin saber que debería hacer, opto por obedecer entro al baño, y creí que nada podría sorprenderme más, pero los azulejos dorados hicieron que mi mandíbula rosara el suelo, miro mi reflejo en el espejo del tocador, suspiro, acariciando mis ojeras con desagrado, me quito la ropa entrando a la tina, el agua caliente, hace su trabajo, siento que el cansancio deja mi cuerpo pero mi mente sigue con esa nube negra, mi baño termina rápido no puedo relajarme mientras ese idiota crea controlarme, cuando vuelvo a la habitación entro al armario, llevándome las manos a la boca, hasta la ropa interior es de mi talla, conmocionada tomo un conjunto beige bastante simple, vestida me siento sobre la cama, los nervios crecen mirando la puerta, los minutos pasan en completo silencio hasta que tocan la puerta un par de veces, doy un salto de la impresión. —Luce hermosa—Me halaga Cecilia tan solo verme, le doy una sonrisa de labios sellados, incomoda, salgo de la habitación y ella se encarga de guiarme escaleras abajo, a nuestra derecha luego de pasar unas puertas de cristal se encuentra el comedor, apenas entrar nuestras miradas se encuentran, como si tuviera ojos en la espalda, desvío la mirada, disgustada, sigo a Cecilia hasta tomar asiento al otro extremo de la mesa, Caín ocupa el otro extremo, es un comedor de cristal enorme pero no lo suficiente para poner distancia entre nosotros, si quisiera tocarme solo bastaría que se ponga de pie. —¿No dirás nada? —Cuestiona luego de que Cecilia se marche tras las puertas de cristal, dejándonos solos. —¿Qué quieres que diga? ¿Sabías que uno de tus perros hizo que me despidieran? — interrogo de mala gana. —No pretendías que mi prometida trabaje en un sitio de tan bajo nivel—Contrataca con calma, su falta de tacto, me hace hervir la sangre. —¡Basta de eso, no me casaré contigo! —Grito levantándome golpeando la mesa con la palma de mis manos provocando que la vajilla tiemble, lo veo torcer la mandíbula abriendo y cerrando las manos como si pesara su próxima acción. —Siéntate—Me ordena con la voz contenida. —No puedes arruinar mi vida—Suelto en un sollozo limpiando con mi mano una lagrima traicionera. —Claro que puedo Cloe, agradéceme que tú hermano aun respira después de la idiotez que hiciste— Me asegura con un tono autoritario que no me deja lugar a dudas, mi labio inferior tiembla, siento como si estuviera atada con una correa, que me asfixia a cada segundo que pasa. —¿Y cuál es tú plan? Atarme a tú lado como un mueble de exhibición—Resoplo, apresurada por conseguir respuestas, en cambio él con un movimiento de su mano me señala que debo sentarme, obedezco sin más, dejándome caer sobre la silla desviando la mirada con disgusto. —No te entiendo, he visto mujeres que matarían por estar en tú lugar—Responde con genuina confusión rascándose la barbilla. —No soy de esas mujeres trofeo, no necesito de un hombre para llegar lejos—Reniego, golpeando con mi puño derecho la mesa, Caín suspira, dejando caer los hombros como si nuestra conversación fuese un martirio. —Sin mi seguro terminarás la universidad y conseguirás un segundo trabajo para pagar el préstamo estudiantil y vivir en un departamento diminuto lleno de cucarachas, Cloe— Contrataca con tanto filo como una daga, eso dolió, tanto que debo tragarme mi orgullo herido. —Eres un maldito arrogante—Sollozo con las lágrimas agolpándose en mis ojos, no lo soporto más, me levanto corriendo fuera del comedor, le escucho gritar mi nombre, pero ya no me interesa oírlo, paso por un lado de Cecilia hasta llegar al recibidor, como era de esperarse dos matones cuidan la entrada, sin saber a donde más podría ir subo las escaleras encerrándome en la habitación de antes, me tiro sobre la cama dejando que mis lágrimas rueden sin freno, estoy atrapada con este idiota.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD