Mis parpados pesan, cuando el despertador suena, gruño, palmeando la cama trato de tomarlo, pero mis manos no logran alcanzarlo, me siento sobre la cama, ¿Desde cuándo tengo despertado? No recuerdo haber reemplazado el que Austin rompió, parpadeo varias veces y algo hace clic en mi cabeza, no lo he comprado, no es mi despertador, miro la habitación en penumbras y la angustia oprime mi pecho, ¿Qué debo hacer? Esto es tan irreal, todo mi esfuerzo hasta ahora parece solo un chiste cruel.
—¿Señorita Cleo? —Cuestiona la voz de Cecilia al tocar la puerta, salgo de la cama arrastrando los pies hasta la puerta toco el interruptor y la luz me ciega por un momento abro la puerta dejando entrar a Cecilia a la habitación—Buenos días Señorita.
—Buenos días Señora Cecilia—Saludo cortes, entre un largo bostezo.
—¿No ha dormido bien anoche? No tiene buen semblante—Cuestiona entrecerrando los ojos con preocupación, desvío la mirada apenada, Cecilia vino tras de mí anoche, incluso me subió algo para cenar, pero yo me negué a abrirle la puerta, le grité que me dejará en paz, que quería dormir, pero la verdad que no puede hacerlo hasta la madrugada y mi rostro lo delata.
—Perdón por ser tan grosera contigo ayer—Me disculpo formando una línea con mis labios, que se preocupe por mí después de todo me hace sentir culpable— Tú no tienes nada que ver con esto no debí desquitarme contigo.
—No son necesarias las disculpas, entiendo que ayer las cosas no salieron bien—Concede mostrando sus perfectos dientes blanco en una dulce sonrisa, su amabilidad es reconfortante, y sin que lo piense demasiado le doy una sonrisa de labios sellados—Venga conmigo conozco un truco perfecto para esos ojitos hinchados.
Sin darme tiempo a responder me arrastra al baño, cuando me pone delante del lavado abro los ojos sorprendida, mis ojos son dos bolsas gigantes parecía que me habían atacado abejas, Cecilia me sienta sobre el retrete toma una toalla y moja la esquina con agua.
—Cierra los ojos Cloe, esto es magia—Asegura con entusiasmo, algo contagiada de su buen ánimo le hago caso, doy un pequeño salto cuando siente que la toalla está caliente, pero es soportable, Cecilia avanza a toquecitos por mis parpados y siento que poco a poco la presión va cediendo, escucho que vuelve a abrir el grifo y luego siento que pone la toalla fría por mis parpados algunos segundos—Ya está ahora mírate al espejo.
Parpadeo un par de veces sintiendo mis parpados más ligeros que antes me pongo de pie y cuando me mira al espejo estoy gratamente sorprendida, como si no hubiera llorado por horas mis ojos se ven normales como antes.
—Que buen truco Sra. Cecilia—La felicito mirándome una vez más en el espejo.
—Lo que se aprende con los años Señorita, ahora dese un baño el Señor Caín la espera abajor para desayunar—Me informa esfumando por completo mi buen ánimo, solo escuchar su nombre hace que se me revuelva el estómago —Dese prisa, estaré afuera si me necesita.
Asiento cabizbaja, cuando Cecilia cierra la puerta me quito la ropa entrando a la ducha abro el grifo dejando que el agua caiga libre empapando mi cuerpo un buen rato, suspiro, cuando termino de ducharme salgo envolviendo una toalla alrededor de mi pecho, me quedo pensando un momento cuando sostengo el pomo de la puerta, resignada vuelvo a la habitación con una idea en mente, recuperar a mi hermano y luego recuperar mi vida.
—Me tome la libertad de escoger su ropa, espero y sea de su agrado—Me informa Cecilia cuando llego a su lado mostrándome la opción que reposa sobre la cama, arrugo la nariz, incomoda, al ver que es una blusa cuello alto coral sin mangas con pliegues junto a un pantalón de vestir n***o de tiro alto con unos estiletos beige de tacón cuadrado bajos —¿No le agrada? Puedo mostrarle otra opción.
—No es eso, creo que es demasiado solo saldré a la facultad—Aclaro arrugando los labios insegura de ponerme algo tan llamativo y formal.
—Al contrario, la universidad es el ensayo de su vida laboral si quiere que la respeten debe lucir como alguien importante—Me aconseja inflando su pecho orgullosa, quiero debatir pero aún me siento mal por lo de anoche.
—De acuerdo, ¿Podrías salir? —Cuestiono con calma.
—Por supuesto la espero afuera—Afirma saliendo de la habitación, dejo caer los hombros, abrumada, creo que nunca me acostumbraré a tanta atención, me pongo la ropa rápidamente cuidando de no arrugarla cuando me pongo los zapatos apenas caminar dos pasos siento que me molestan en las esquinas, decido no prestarles tanta atención, y salgo de la habitación procurando no torcerme el tobillo, el equilibrio en tacones no es mi fuerte, Cecilia me espera en el pasillo.
—Luce maravillosa—Halaga orgullosa, me encojo de hombros restándole importancia y la sigo escaleras abajo, los cristales de la mansión relucen hermosos con la luz del sol, cuando atravesamos las puertas de cristal, Caín está de pie al fondo del comedor mirando el jardín por la ventana con las manos a su espalda se gira al ver mi reflejo sobre el cristal, clava sus ojos sobre mí y sin perder tiempo me repasa con la mirada sin nada de vergüenza.
—Buenos días, Cleo—Saluda cortes, extiende su brazo derecha señalando la mesa indicándome que debo tomar asiento, pero antes.
—Llévame a ver a Austin— Exijo rodeando la mesa quedando justo frente a él.
—No irás Cleo, hasta que aprendas a respetar tus limites—Niega ladeando la cabeza, su tono monótono, me enferma, como nada se saliera de su control.
—Austin, está mal herido necesita atención médica, podría morir—Discuto impaciente con las manos en puños a mis costados, conteniendo las ganas de correr lejos de él, Caín tuerce la mandíbula disgustado.
—Ya me he encargado Cloe, ayer trataron sus heridas, no morirá. —Aclara con ese tono de superioridad que tanto me desagrada, bufo, inconforme.
—No lo creeré hasta que lo vea—Niego cruzando los brazos a la altura de mi pecho, Caín entrecierra los ojos mirándome con cansancio.
—Como quieras, ahora toma asiento la comida se enfría—Me ordena impaciente señalando mi lugar en la mesa con su mano.
—No pienso desayunar contigo—Niego palmeando su mano, Caín cierra los ojos a pulso sonriendo sin gracias.
—Siéntate Cloe o no verás a Austin—Me amenaza entre dientes fulminándome con la mirada, mis hombros se ponen rígidos al escuchar su voz resonar en todo el comedor, no necesito pensarlo resignada me dejo caer sobre la silla.
—Debo ir a la facultad—Me atrevo a anunciar luego de darle el primer mordisco a la tostada, me llevo la mano a la boca esta deliciosa, hace demasiado que no probaba comida hecha en casa.
—Lo sé, Mario se encargará de llevarte cuando estés lista—Explica con calma volviendo a su expresión serena, vuelvo a morder la tostada con una sensación de vacío en el estómago, creí que se negaría, pero me equivoque.
El silencio entre nosotros es tan denso que se podría cortar con un cuchillo, intranquila ante su presencia, devoro el desayuno tan rápido como puedo, apresurada le doy un gran sorbo al café, arrugado la cara, olvidé ponerle azúcar, Le escucho resoplar cuando lo miro niega con la cabeza en un gesto reprobatorio, no me atrevo a decir nada, por vergüenza, me levanto de la mesa girándome sobre mis talones con la intención de buscar a alguien que me saque de esta prisión.
—Cloe—Caín me detiene captando mi atención me giro mirándolo a los ojos impaciente, cuando se levanta me quedo de pie como una idiota, retrocedo un paso cuando ha llegado a mí pero su mano es más habilidosa atrapa mi mentón entre sus dedos de fuego levantando mi rostro robándose toda mi atención —Te lo advierto, no toleraré más errores, no me obligues a tomar medidas radicales.
—Entendido—Respondo resignada, sintiendo como si el calor de sus manos se expandiera por todo mi pecho sofocándome, me alejo de él dándole la espalda cruzo la puerta de cristal con ese extraño cosquilleo en el estómago, no quiero saber cuáles son esas medidas radicales.
—Buenos días Señorita Branco—Saluda el chofer que nos trajo ayer a la mansión, esperándome de pie en el recibidor, ahora que lo veo mejor, es un hombre de unos cuarenta años, cabello cobrizo que esconde bajo su gorra de chofer, de unos brillantes ojos marrones, con expresión alargada bastante formal en su traje n***o de corbata—Mi nombre es Mario Sánchez su chofer personal, tengo ordenes de llevarla a la facultad.
Asiento algo distante, me rasco la barbilla, pero eso no hace desaparecer la sensación de sus dedos sobre mi piel, Mario abre la puerta de la mansión para mí, lo sigo hasta él auto, un BMW gris, que seguro cuesta más que la hipoteca de mi madre, sintiéndome fuera de lugar subo al auto, el camino es extremadamente silencioso, Mario intenta romper el hielo pero yo no soy lo más accesible en este momento, cuando el auto se detiene muerdo el interior de mi labio inferior, nerviosa, salgo del auto sintiendo el peso de todas las miradas sobre mí, aturdida por los murmullos y exclamaciones de sorpresa.
Este será un día largo…