Capítulo VIII: Frío, miedo y emoción

1497 Words
El viento soplaba fuertemente, pero al adentrarse más en el bosque éste pareció cesar repentinamente ya que no le quedaba espacio para pasar entre los árboles. Los tres muchachos iban muy juntos uno de otro. Fred los guiaba seguido de George y Lee, que cerraba la comitiva. Tenían las varitas encendidas y temblaban un poco de frío, un poco de miedo y un poco de emoción. Las ramas y hojas secas crujían bajo sus pies. Fred tenía encendida su varita, pero la oscuridad era tanta que no parecía iluminar mucho. De hecho, parecía solo un círculo de luz que rodeaba la varita y que debían acercar mucho al piso para ver dónde caminaban. Pero aún así, veían que estaban dentro de un sendero que probablemente había hecho Hagrid, el guardabosque del colegio. - Miren, ¿qué es eso?- preguntó George señalando algo que había en una rama y brillaba débilmente a la luz de la varita. Fred se acercó, seguido de los otros dos chicos, e iluminó lo que parecía ser un cabello largo y blanco. - Parece un pelo de cola de unicornio- contestó Lee tomando el cabello. - ¿Cómo lo sabes?- inquirieron los gemelos a un tiempo. - Bueno... lo leí por ahí- susurró Lee ruborizándose un poco. Fred y George se miraron sonriendo burlonamente. Les hacía gracia que su amigo estudiara y leyera libros que no eran obligatorios para su curso. Aunque bueno, tampoco era tan sorprendente. Siendo de familia muggle, era un poco obvio que el hico quisiera aprender lo más posible para poder estar a la par de sus compañeros que habían crecido rodeados de magia. Lee se guardó el pelo de unicornio en el bolsillo y siguieron caminando. - Tal vez nos encontremos con un unicornio- dijo Fred esperanzado. - Y tal vez nos podríamos acercar y hasta acariciar y luego presumir que estuvimos con uno- continuó George. - Sí, y luego nos ataca y nos deja tirados en medio del bosque sin que nadie sepa dónde estamos- dijo Lee pesadamente- por si no lo saben, a los unicornios no le gustan las personas, y mucho menos los hombres. - Pero nosotros no somos hombres...- dijo Fred, pero al ver las miradas extrañadas de su hermano y de su amigo, añadió presurosamente- quiero decir, que aún somos niños. Lee se encogió de hombros. Encontraron cuatro cabellos más, pero del unicornio ni luces. Los tres muchachos no perdían la esperanza de encontrar a alguna criatura mágica, y sus esperanzas se vieron recompensadas. Caminaron unos quince minutos sin ver nada moverse más que un par de arañas y oír a unos pájaros volar muy por encima de ellos. Pero de repente oyeron algo galopar a lo lejos. Sus corazones se aceleraron y aguzaron el oído, intentando, en vano, ver a través de la oscuridad que los rodeaba. - Es por aquí- indicó Fred caminado apresuradamente hacia su derecha siguiendo el sonido. Luego de unos cuantos metros el camino acababa y los tres se miraron dudosamente, pero ya habían llegado hasta allí y no se iban a detener por una nimiedad como era el no tener un sendero, así que empezaron a correr siguiendo el sonido del galope. Los pasos se detuvieron unos metros frente a ellos y caminaron sigilosamente intentando no hacer ni el más mínimo ruido. Había luz entre los árboles, Fred apagó su varita y se acercaron a la fuente luminosa, aunque siempre con cautela, escondiéndose entre los árboles... Allí había reunidos unos siete hombres con el torso d*****o, conversando en susurro, iluminados apenas por un haz de luz que pasaba por entre los árboles. - La batalla empezará dentro de poco- dijo uno. - No nos incumbe lo que hagan los humanos- contestó otro. - Pero si el mal llega al poder, finalmente nos afectará a nosotros también, todos estamos unidos, aunque no lo queramos- replicó un tercero. Al observar más atentamente, Fred, George y Lee se dieron cuenta de que eran hombres de la cintura para arriba, pero que bajo ella eran caballos. Eran centauros. Lee ahogó un grito y los centauros se callaron y dirigieron sus miradas hacia donde estaban ellos. El que acababa de hablar se acercó. Fred tomó a George y a Lee de un brazo y los empujó tras un arbusto tupido que había junto a ellos, rezando para que el centauro no los viera. El centauro pasó junto a ellos y se agachó un poco. Lo muchachos se apretujaron un poco más casi sin respirar. - ¿Hay algo allí, Ronan?- preguntó uno de los centauros. El centauro Ronan logró encontrarlos y los observó un segundo. Los tres chicos asustadísimos le devolvieron la mirada, y el centauro hizo un movimiento casi imperceptible, indicándoles que se fueran de aquel lugar. - Nada, Bane- respondió Ronan volviendo a erguirse- creo que solo era algún animal- y, dándole la espalda a los chicos, se devolvió con los demás centauros. No pudiendo creer su suerte, los gemelos y Lee esperaron unos segundos hasta que los centauros se fueron. Se pusieron de pie y se dirigieron en la dirección contraria. - Uf, de la que nos salvamos- exclamó George mientras su hermano encendía nuevamente su varita. - Fue más de lo que esperaba- dijo Lee con un hilo de voz. - Ronan como que nos protegió, ¿se fijaron?- dijo Fred- ¿y que será todo eso del regreso del mal? George torció la boca y negó con la cabeza. - Creo que ya debemos irnos- dijo Lee- Fred, acércame un poco la varita. Gracias... Caray, que tarde es- chilló viendo el reloj que tenía en la muñeca. Eran casi las dos de la mañana. - Bueno, creo que ya es suficiente por hoy- dijo Fred- aunque me hubiese gustado ver algún unicornio. Miró alrededor como si fuese a aparecer el animal, pero nada pasó así que se encaminaron buscando el sendero para volver al colegio, pero pasado un buen rato aún no lo encontraban y se empezaron a preocupar. - ¿Seguros que el camino es por aquí?- dijo Lee angustiado- no creo que nos estemos acercando al coleg... ¡Ay! - ¿Qué pasó?- preguntó George. - Sentí que algo me rozó... - Pero aquí no hay nada- dijo Fred, pero en ese momento también sintió que algo pasaba junto a él. Entornó los ojos pero no vio nada. - Tal vez sea invisible- sugirió George que también había sentido como un pequeño golpe en su hombro. Pero estar perdidos en un bosque enorme con algo invisible que los acechaba no era muy alentador que digamos. Avanzaron un poco más, esperando que aquella invisible criatura que estaba con ellos se alejara, pero eso no pasó, es más, al parecer ahora había más de una y los estaban rodeando, pero no los atacaban. Solo sentían unos húmedos e invisibles hocicos que los olisqueaban y lamían sus brazos. Fred tuvo una repentina idea. Se metió la mano a la túnica y sacó un pergamino. - Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas- susurró y se dibujó el mapa- bueno, aunque ahora solo tengo intenciones de que salgamos de aquí, pero igual el hecho de venir es malo. Observaron el mapa y aliviados vieron tres manchitas con sus nombres dibujadas en el pedazo de bosque que estaba en el mapa. No estaban muy lejos de los lindes de éste, así que se pusieron a caminar ignorando los animales que no podían ver. Mientras más se acercaban a la salida, los animales parecían alejarse de ellos, hasta que por fin se alejaron completamente pues ya no sentían nada a su alrededor. - Bueno, sea lo que haya sido, ya se alejó- dijo Fred. - Y espero que no vuelvan- dijo George mirando a todos lados, esperando sentir en cualquier momento esa sensación extraña. Caminaron un poco más y encontraron el sendero nuevamente. Se relajaron y sonrieron aliviados. Ya casi estaban fuera. Los árboles se hacían menos tupidos a cada paso que daban, y oían el viento, aunque aún algo lejano. Pero de pronto, escucharon que a lo lejos algo se acercaba. Se pararon en seco y vieron a un hombre enorme con una linterna y un perro a su lado. Era Hagrid, por suerte. - Qué creen que están haciendo aquí a estas horas- bramó el guardabosque cuando estuvo junto a ellos. - Nosotros... - Pues... Los chicos balbucearon algunas respuestas incoherentes y absurdas, pero Hagrid no los escuchó. Se puso tras ellos y los llevó a los tres por el sendero. - Pudo haberles pasado algo realmente grave, ¿por qué creen que está p*******o venir? Por suerte los thestrals me avisaron... - ¿Los que?- preguntó George. - Los thestrals- repitió Hagrid- son como caballos, visibles solo para los que han visto la muerte. - Oh, así que eso era lo que nos seguía y lamía, ¿por qué lo hacían?- quiso saber Lee. - Porque les gusta el olor a la sangre- respondió Hagrid- y ustedes están heridos, así que su olor los debió atraer. Por suerte para ustedes que estos están domesticados y jamás le harían daño a ningún humano. Cuando Dumbledore lo sepa... Los tres palidecieron. No habían pensado en ese detalle. ¿Qué hará Dumbledore con nosotros? Pensó Fred, ¿nos castigará?, o peor, tal vez nos expulse del colegio. Mamá se pondrá furiosa. Oh no, y Lee ni siquiera quería venir con nosotros.
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