Capítulo XVI: Ojos de luna y cabello plateado

1366 Words
Fred caminó hacia el bosque p*******o lo más rápido que le permitían sus piernas. No quería correr por miedo a hacer mucho ruido y que lo descubriesen, y cada tantos metros se escondía tras un arbusto por si acaso alguien se asomara a alguna ventana del castillo y viera su sombra moviéndose. Le dio un vistazo al mapa. George seguía en el mismo lugar, probablemente amarrado como él mismo había estado hacía algunos minutos en el campo de Quidditch. Cuando estuvo en el borde del bosque, maldijo por lo bajo a los que había engañado y escondido en ese horrible lugar a su gemelo. Tenía un poco de miedo, pero imaginó que su hermano debía estar más asustado, así que respiró hondo y se adentró entre las sombras y la espesura del bosque. Tuvo la tentación de encender su varita, pero quizás atraería a alguna criatura indeseable, así que caminó a tientas guiándose por lo que recordaba haber visto en el mapa. Después de casi 15 minutos caminando con mucho cuidado y atento a cada sonido a su alrededor, le pareció ver un destello rojizo a unos dos metros de él. Aún no estaba tan inmerso en el bosque, por lo que aún podía ver algo gracias a la luz de la luna que se colaba entre los árboles. Se acercó con precaución y por fin encontró a George. Fred no pudo reprimir una sonrisa de alivio, la cual se borró al mismo instante de llegar junto a su hermano. George estaba muy pálido y su cuerpo parecía el de un muñeco de trapo, sentado apoyado en un árbol con la cabeza gacha y los brazos lánguidos a sus costados. Se acercó al rostro de su hermano y se dio cuenta de que su respiración era lenta e irregular, como si le doliera cada bocanada de aire que entraba en sus pulmones. - ¿George? - susurró Fred. No obtuvo ninguna respuesta. Movió un poco a su gemelo, esperando que abriera los ojos o que hiciera algún movimiento o algún indicio de que lo escuchaba, pero siguió el otro pelirrojo continuó sentado, inmóvil. Debía llevarlo al castillo lo más pronto posible. Fred recordó vagamente que su madre utilizaba en casa un hechizo para mover cosas de un lado hacia otro, pero ellos aún no lo aprendían. Se prometió aprender a la perfección todos los hechizos que se le pusieran por delante para alguna otra ocasión riesgosa como esa. Fred se agachó hasta quedar a la altura de George, le tomó un brazo y lo cruzó por detrás de su cuello. Lo levantó con mucho esfuerzo, pero su hermano pesaba más que un saco de papas y al estar inconsciente, se le hacía aún más pesado a Fred, así que antes de que pudiera dar siquiera dos pasos, ambos cayeron al suelo. Fred pensó otra estrategia. Se colocó detrás de George y lo tomó por las axilas. Comenzó a arrastrarlo. Cada paso era una tortura. Su hermano parecía pesar una tonelada. Además le dolían y sangraban las heridas de las manos y muñecas que le habían provocado la rozadura de las cuerdas. Avanzó unos cuatro metros y se sentó en el suelo, con la cabeza de su hermano apoyada en sus piernas, mientras jadeaba intentando recuperar la respiración. Fred sintió rabia e impotencia. ¿Por qué era tan débil? Las lágrimas amenazaron con salir de sus ojos, pero los cerró fuertemente mientras apretaba los dientes. No podía llorar, tenía que ser fuerte por su hermano y por él mismo. En este momento, la suerte de ambos dependía de su fuerza mental. Algo se le tenía que ocurrir para salir lo más pronto posible de ese horrible lugar. - No te preocupes, Georgie, yo te voy a sacar de aquí- susurró el pequeño pelirrojo. Se puso de pie nuevamente. No podía seguir arrastrando a George, no llegarían jamás. Así que puso a su hermano en su espalda, como cuando jugaban a los caballitos, solo que ahora George no se sostenía y Fred debía caminar muy inclinado para que su hermano no cayera. Le empezó a doler la espalda y las piernas, pero se animaba a seguir. Ya queda menos, pensaba a cada segundo. Entonces, sin aviso, una roca se interpuso en su camino, y el chico tropezó y cayó con George encima. Reprimió un grito de dolor, aunque no lo logró del todo. Le dolía el pie. Fred se quitó a su hermano de encima y lo revisó para estar seguro de que la caída no lo había lastimado. Por suerte, su gemelo no tenía ninguna nueva herida, al menos de forma visible. Fred intentó ponerse de pie, pero el dolor en el tobillo derecho le impedía apoyarse bien. Intentó sobreponerse al dolor y caminar, pero era imposible, y mucho más teniendo que llevar a su hermano encima. "Estoy perdido" pensó "estamos perdidos", y se sentó junto a George. Ahora sí había perdido toda esperanza, en cualquier momento algún animal salvaje los iba a encontrar y sería su fin. Ya no podía reprimir más las lágrimas y éstas salieron a borbotones de sus ojos. Sollozaba pensando en su familia, en su gemelo y preguntándose porqué les tenía que pasar esto. En eso, sintió un ruido como de pisadas a su derecha. "Ya está" pensó Fred "algo nos va a devorar". Abrazó a su hermano y cerró los ojos. Por lo menos George no sentiría nada ya que estaba inconsciente y eso era casi un consuelo. - Lo siento, George - susurró Fred. Esperó el ataque, la mordida, algo, pero nada pasó. Poco a poco abrió los ojos y se encontró frente a frente con la cara de un caballo color plata. No. No era un caballo. Era un unicornio, uno pequeño y curioso. Fred lo miró a los ojos y estiró su mano. El joven unicornio se acercó lentamente hasta quedar al alcance de Fred, quien lo acarició suavemente. El pelaje se sentía como seda bajo sus dedos. Estaba tibio y, por alguna razón, la sola presencia de aquel ser logró tranquilizarlo. - ¿Podrías ayudarnos? - susurró el pelirrojo. El unicornio lo miró con sus ojos de luna llena, se acercó más y se echó frente a ellos. Con sumo cuidado, Fred colocó a su hermano sobre el unicornio lo más firme que pudo. El unicornio se puso de pie y Fred se apoyó en él, y se pusieron en camino. Parecía increíble, pero Fred dio gracias de todo corazón de que hubiese aparecido ese mítico animal y los ayudara a escapar del horrible y peligroso lugar. Cuando estuvieron llegando a los límites del bosque y el castillo se veía claramente, el unicornio se quedó quieto y se agachó nuevamente. Fred bajó a su hermano y el unicornio salió galopando, sin antes haber mirado con sus ojos hermosos a Fred. George abrió los ojos y se incorporó lentamente. Le dolía respirar, lo último que recordaba eran los golpes que le dieron los de Slytherin en las costillas y la cabeza. Se sorprendió al ver que estaba en el bosque p*******o, de noche, junto a Fred. - ¿Qué pasó? - preguntó George. Fred le sonrió y lo abrazó. - Estás bien - dijo Fred sin soltarlo por un buen rato. Estaba realmente aliviado - tenemos que salir. Es una larga historia, pero te la puedo contar después. George se puso de pie y ayudó a Fred a hacer lo mismo. Debido a la cojera de Fred y a que George no podía respirar bien, caminaron lentamente al castillo. Cuando llegaron a la puerta, golpearon un par de veces. Sabían que al hacer eso podrían meterse en problemas, ya que estaban rompiendo más de una regla, pero estando en ese lamentable estado, heridos, cansados y aún un poco asustados, el menor de sus problemas era pensar en el castigo que probablemente la profesora McGonnagall les daría al día siguiente. Ese sería un problema de los gemelos del futuro. Ahora solamente querían ir a la sala común, curar sus heridas y dormir lo más que fuera posible. Cuando ya estaban algo mentalmente preparados para recibir las amenazas de Filch, se abrió la puerta, pero no era el celador quien los esperaba. Era Dumbledore.
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