DOMINIC Ocho de la mañana en punto y ahí me encontraba yo., conduciendo hacia el bunker del viejo Anderson. Mi jodida cabeza ardía de la resaca y por primera vez me maldecía en llegar al día uno de trabajo con una jaqueca monumental. Aunque no sabía si la misma se debía a la borrachera de la noche anterior o a la discusión que mantuve con la zorra morena que se negaba a irse del apartamento con la excusa de prepararme un desayuno. Ni desayuno, ni almuerzo, ni cena, ni nada., era una constante de las mujeres, que pretendían más de lo que les podía ofrecer. Necesitaba estar de buen humor para cerrar el contrato con el cerdo de Mark, sin embargo y por el contrario mi irritación iba en aumento. No se me hizo para nada difícil llegar a la morada luego de unos minutos de trayecto. Aparcand

