Menos mal que apareció mi jefa, una señora que debe llevar allí desde que se construyó el edificio. Se acercó a paso firme, le habló también en euskera a gritos, con tono de “aquí mando yo”. Eso por fin amilanó a la del flequillo. Pasó a hablarme en castellano, aunque con acento fuerte y mala leche. En definitiva: ella es funcionaria en la Diputación Foral de Gipuzkoa y encargada más o menos de lo mismo que yo. Ha venido a buscarme para ir a revisar unos desprendimientos en una carretera. Por uno de esos líos competenciales tan españoles, la carretera es suya, pero el monte es nuestro y tenemos que hacer un informe conjunto. Mi jefa se disculpa conmigo y me dice que me ponga las botas que me dieron y que vaya con ella, que siga el protocolo y que no deje que me domine. Me pongo el casco

