Estoy tumbado en la cama, pegado a la espalda de Marta, escuchando su respiración profunda y regular. El frío del ático sigue colándose por las rendijas, pero dentro de la tienda de campaña estamos secos y calientes, casi sofocados. Tengo la polla dura como una piedra, latiendo contra su culo, pero sé que no va a pasar nada. Le ha venido la regla y cuando le viene no quiere ni que la roce. Le duelen las tetas y no soporta que se las toque. Lo respeto. No consigo dormir. La cabeza no me deja. Sigo pensando en el segundo día de trabajo… y en cómo terminó esa tarde. Salimos del bar de carretera. El sirimiri había parado, pero el aire seguía húmedo y frío. Nekane —por fin me enteré de como se llamaba— caminaba delante de mí hacia el Prado, con esa postura de “yo mando aquí” que ponía cuando

