Marta le dio dos besos con naturalidad, Mari también, con su energía de siempre, comentando lo bonita que era la catedral aunque “un poco fría para rezar, ¿no?”. Doña Carmen las miró un segundo de más, como si estuviera archivando datos, y luego volvió a mí. Tras un poco más de charla insustancial nos despedimos con los típicos besos en la mejilla. Cuando me tocó el turno a mí, se acercó más de lo necesario, me plantó el beso y, pegada a mi oído, susurró bajito, solo para mí: —Ya he conseguido mejor cocaína. Mucho más limpia. Ya quedaremos una tarde de estas, ¿eh? No te preocupes, seremos discretos. Se apartó sonriendo como si nada, saludó con la mano y siguió su camino hacia el centro. Me quedé clavado. Marta y Mari seguían hablando de la torre, ajenas. El corazón me latía en los oído

