-Samy… - murmuró la pequeña en brazos de su niñera, la niña repitió un par de veces el nombre de la mujer hasta que por fin la vio. - samy… Samy….-
-tesoro, solo un segundo - dio varios besos en sus mejillas casi absorbiendo la piel de la niña, la niñera las miró y sonrió.
La menor asintió y se abrazó a su niñera esperando que la mujer contraria terminará su llamada.
-Vamos a comprar dumplings aquí cerca mientras terminas tu llamada - Samantha cubrió el teléfono y agradeció con una enorme sonrisa acompañada de una mirada lastimera de culpa. Pasaron por fuera de los cercos metálicos mezclados con cemento del hospital en enormes soportes, había un gran techo qué cubría los pasillos qué también conectaban con el estacionamiento trasero donde llegabas a la calle, justo el lugar en que varios carros de comida se posicionan. El guardaespaldas las siguió en silencio mientras la pequeña le conversaba al hombre haciendo siempre las mismas preguntas. "¿salvaste a alguien hoy?¿Viste a papá? ¿Comiste pastel?"
Nicola sonrió escuchando y respondiendo con ternura de vez en cuando a las preguntas que si tenia respuestas, otras como "¿tienes un dinosaurio? O ¿tú dinosaurio también es guardaespaldas?" quedaban con grandes incógnitas.
-¿Quieres algo del carrito? - preguntó la niñera, Nicola miró a Mingan.
-lo mismo que come mingan - su voz masculina y sería le causó una sonrisa sonrojada a la vendedora, la pequeña fue puesta en el suelo y fue tan breve el instante qué perdieron de vista su pequeña figura mientras recibían las bolsas y pagaban por la comida que no encontraban sentido a su ausencia, fue solo un segundo pero realmente se movió rápido.
Mingan camino escuchando el sonido de una respiración acuosa, siempre observaba qué los gatos que vivían en el estacionamiento o afueras del hospital, solían estar comiendo en los pequeños callejones de ese sitio, siguió el sonido de burbujeo qué parecía salir de un tubo, preocupada de que alguno de los gatos se hubiera hecho daño, sus pequeños pasos hacían que el movimiento antes veloz pareciera una broma.
Detuvo sus pasos cuando ese sonido acuoso se deshizo dando una fuerte tos de “hombre adulto”. Apretó su vestido y se escondió detrás de la pared de granito intentando divisar a quién pertenecía el sonido y ahí estaba.
El tipo era tan grande como una montaña, sus piernas atravesaban todo el ancho del pasillo y aun así estaban dobladas, su espalda se encorvaba y sostenía con fuerza su estómago mientras escupía mucho líquido cada vez que tosía.
Era demasiado oscuro para divisar a quien pertenecía la sombra, el color de la sangre, o las piezas de ropa roída qué traía puesta. Mingan dio tres pasos atrás cubriendo su boca y luego de un instante se armó de valor, caminó hasta el centro del callejón, agarró el rostro del sujeto como si fuera un adulto prestando ayuda.
-Min te va a ayudar… - dijo suavemente pero aquel tipo estaba frío. Tanto que sus mismas manos temblaron al contacto cuando sus pequeños dedos acariciaron las mejillas gélidas y sin circulación del alfa.
Roma intentó enfocar la cara de la niña, se veía del tamaño de su brazo y apenas daba la altura de pie junto a su cabeza. El aroma a leche, a capuchino, hizo qué roma ladera su cabeza rápidamente hasta el pequeño cuerpo e inhalaba el aire que le faltaba pero aquella tos seca qué hacía sangrar su cuerpo lo dejó desvalido al instante. Sintió como el pecho de la pequeña se infló dando una fuerte calada de aire.
-¡NICOLAAAAAAAAAAAAAAA! -grito a todo pulmón, roma quiso reírse por el grito desesperado de la niña pero en solo un minuto se escucharon varios pasos como si fuera un ejército el que se acercaba.
Las alarmas de Roma se encendieron y sintiendo el pánico casi invadir el delgado hilo de conciencia qué le quedaba, encendió como dos farolas sus ojos dorados, ya no estaba cuerdo, pensó que por su culpa esa pequeña niña saldría herida. Miró a la dirección donde estaba la pequeña e intento parecer desafiante, la menor se alejó solo un poco al ver los ojos brillantes del alfa teniendo el efecto contrario del qué él hombre quería, la niña corrió para colgar su mano de la ropa de un enorme alfa qué vestía de n***o.
-¡Nico! Ayúdalo, está haciendo mucho frío en todo él¡ llama a papá! - su vocecita chillona estaba ahogada por el llanto como si fuera alguien que conociera, la menor con sus cinco años poco debería entender porque el hombre le preocupo tanto, no sabía de heridas como las que el sujeto tenía, no sabía que hacía un hombre adulto en una calle abandonada y oscura, esa clase de cosas los niños no las manejan con claridad pero había algo que sí comprendía y sirvió para quizás, salvarle la vida.
Necesitaba ayuda.
-princesa, no vuelvas a… - Nicola miró lo que la niña le había indicado, tan asustado como estaba por buscarla, no noto lo que tenía frente a él. Los hombres detrás del guardaespaldas recibieron la señal.
-Es una emergencia ¡ya!¡Muévanse! -
-¡si!- se escuchó al unísono de al menos seis hombres. Quien no lo escuchó fue roma, su cuerpo cayó hacia el frente y solo su mano ensangrentada quedó colgando de donde antes sostenía a la pequeña que ahora ya estaba bastante lejos de él. Balbuceaba cosas sin sentido pidiendo que no lastimaran a la niña, que los mataría. Nadie tomó en cuenta su balbuceo y la última mirada borrosa que dio a semi consciencia, fue la pequeña en brazos de un hombre tan alto como él. La menor lo miraba con expresión compungida mientras empuñaba sus manos alrededor del cuello del hombre y le pareció un pequeño ángel que había llegado para salvarlo.
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.....
-¿puedes acariciarme hasta dormir? -
-¿acaso eres un bebé? -
-si me besas te responderé... -
El alfa vio hacia el techo y arriba de su cabeza estaba la luz, con un pequeño puchero rojo natural, una sonrisa ligera casi como el rasgo natural de su rostro, los ojos azules como dos farolas apenas se pueden apreciar cuando frunce los labios y se cierran batiendo sus pestañas larga y oscuras, roma siente que ese es el mejor lugar del mundo para estar y quisiera quedarse ahí para siempre porque la calidez qué lo envuelve es la más placentera del mundo. Aunque les parezca infantil para otros, solo el abrazo de un amante y el de una madre, transmiten la calidez necesaria para calmar los demonios de alguien que enfrenta la visión roja de la sangre, continuamente.
-me quedaría aquí por siempre... -
-quedate aquí siempre...no necesitas despertar, solo quedate conmigo -
Roma apretó sus ojos, giró el rostro para sumergirlo en las piernas del omega y frotar sus lágrimas en la tela suave de esa prenda. Abrió los ojos lentamente y ya no estaba en ese lugar, solo hay una sala vacía y un par de manos temblorosas con nudillos rojos por el frío frente a él. ¿Cómo puede haberse negado ver su rostro por última vez?
Tampoco se escucha su voz ni se siente su aroma, no hay un solo rastro de esa perfecta criatura en sus sueños.
Fue tan duro, tan cruel... Si lo hubiera escuchado una última vez, si hubiera sido más suave, más flexible.
Quisiera volver al día en que retrocedió sus pasos en aquella calle, cuando retrocedió en vez de ir y tomar lo que por amor le pertenece.
"te espere hasta la medianoche..."