Era inevitable que no solo sus bocas jugaran un papel principal, sino también sus manos, que no dejaban de tocarse. Repitieron sus nombres durante cada segundo que sus bocas se los permitía. Sin embargo, Vera detuvo todo y se salió de las piernas de Alejandro. Se acomodó el vestido y volvió a la compostura lejos de la calentura de ese momento, lejos de esa calentura que jamás había sentido en su vida. Nunca algún toque de su marido logró ni una pizca de la reacción, lo que un solo beso o caricia de Alejandro ocasionó en ella, pero después de todo eso no era correcto, ¿o sí? —No puede ser, esto no es correcto. Sé muy bien por qué lo haces, no soy tan tonta como parezco. Todo eso es un acto de venganza, de cruel venganza. Lo que viste hacer rato en la bodega… Yo no tengo que ser parte de lo

