Los primeros rayos de Helios se filtraban por las columnas del balcón, pintando líneas de oro sobre el suelo de mármol. El aire de la mañana era fresco, cargado con el olor a tierra mojada tras la tormenta, pero dentro de la cama el calor seguía siendo sofocante. Eris estaba de espaldas a mí, una curva perfecta de piel pálida y cabello rojo que destacaba contra las oscuras pieles de oso.
Me pegué a ella, pasando mi brazo por su cintura y apretándola contra mi pecho. Sentir sus nalgas firmes presionando mi entrepierna hizo que mi polla, que apenas había descansado unas horas, se despertara con una urgencia dolorosa.
—Buenos días, hermanita —le susurré al oído, dejando que mi aliento caliente la hiciera estremecerse.
Eris soltó un gruñido bajo y trató de zafarse, pero yo solo apreté más mi agarre, enterrando mi rostro en su nuca, aspirando el aroma a sexo y a su propio perfume natural que se había quedado impregnado en las sábanas.
—Suéltame, Damon —masculló ella, con la voz pastosa por el sueño pero cargada de su habitual veneno—. Ya tuviste lo que querías anoche. Déjame volver a mi habitación antes de que las esclavas empiecen a rodar por los pasillos.
—¿Tan pronto? —me burlé, bajando una mano para acariciar su vientre plano y descender lentamente hacia su entrepierna, que todavía estaba sensible y húmeda—. Ayer decías que nada cambiaría. Si es así, no tienes por qué tener miedo de que te vean salir de aquí. Somos "familia", ¿recuerdas?
—¡Eres un cínico! —gritó, girando la cabeza para mirarme con un ojo entornado—. Sabes perfectamente que si Thais me ve salir de tu alcoba a estas horas, no habrá Olimpo que nos salve de su juicio. ¡Suéltame ya!
En lugar de obedecerla, me incorporé un poco y la obligué a ponerse de rodillas sobre el colchón, manteniéndola de espaldas a mí. La posición la dejó vulnerable, con su sexo expuesto y brillando bajo la luz matutina.
—¿Qué haces? ¡Damon, detente! —protestó ella, aunque sus manos se aferraron a las almohadas para no caerse.
—Te estoy dando los buenos días como te mereces, Eris —respondí, agarrando sus caderas con fuerza, clavando mis dedos en su piel—. Dijiste que yo solo servía para follar bien. Pues vamos a comprobar si esa opinión se mantiene con la luz del sol.
Sin más preámbulos, guié mi polla hacia su entrada y la penetré por detrás de una sola estocada profunda. Eris soltó un grito que se ahogó en las pieles, arqueando la espalda de una forma que hacía que mi m*****o entrara hasta lo más hondo de sus entrañas.
—¡Ahhh! ¡Maldito... animal! —jadeó ella, con la respiración rota—. ¡Te dije... que pararas!
—No parece que tu coño esté de acuerdo conmigo, pequeña —le dije, empezando a moverme con un ritmo salvaje y constante, haciendo que sus pechos se balancearan con cada impacto—. Me aprietas tanto que parece que quieres dejarme atrapado dentro de ti para siempre. ¿Es esto lo que querías decirle a Lycón? ¿Que tu hermanastro te tiene así cada mañana?
—¡No hables de él! ¡No hables de nadie! —chilló ella, echando la cabeza hacia atrás, buscando mi boca—. ¡Simplemente hazlo, Damon! ¡Fóllame más fuerte! ¡Rómpeme otra vez si es necesario!
—¿Ah, sí? ¿Ahora me pides más? —me reí entre dientes, aumentando la velocidad hasta que el sonido de nuestros cuerpos chocando era lo único que se escuchaba en la habitación—. Hace un minuto querías irte. Decide, Eris. ¿Quieres que pare o quieres que te demuestre quién manda en este lecho?
—¡No pares! ¡Joder, Damon, no te atrevas a parar! —gritó, entregándose por completo al ritmo frenético. Sus manos apretaban las sábanas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos—. ¡Lléname de nuevo! ¡Haz que me olvide de mi propio nombre!
—Tuyo... —susurró ella entre espasmos, cuando mi mano libre bajó para encontrar su clítoris y frotarlo con violencia mientras la seguía embistiendo por detrás—. ¡Soy tuya, maldito sea el día en que entraste en este palacio! ¡Ahhh!
El placer la golpeó con la fuerza de una tormenta. Sentí cómo sus paredes internas se contraían alrededor de mi polla en oleadas violentas, succionándome, llevándome al límite. Yo no pude aguantar mucho más; la visión de su espalda arqueada y sus gritos de rendición me hicieron estallar dentro de ella con un rugido que seguramente se escuchó hasta en el pasillo.
Me desplomé sobre ella, jadeando, manteniéndome unido a su cuerpo mientras el sol terminaba de subir por el horizonte. Eris estaba temblando, con el pecho subiendo y bajando con violencia, y el sudor haciendo que su cabello rojo se pegara a su piel.
—Buenos días, Eris —le repetí al oído, con un tono triunfal.
—Te odio, Damon —respondió ella, aunque esta vez no intentó moverse. Se quedó allí, recibiendo mi peso, con una pequeña sonrisa de satisfacción que no pudo ocultar—. Te odio porque sabes perfectamente que no puedo pedirle a nadie más que me haga sentir así.
—Lo sé —asentí, besando su hombro—. Y ahora, vete. Antes de que Thais decida que es buen momento para venir a despertarnos.
Eris se levantó con torpeza, envolviéndose en su túnica destrozada, y me lanzó una última mirada cargada de promesa y furia antes de escabullirse por la puerta. Yo me quedé en la cama, sonriendo, sabiendo que el juego apenas estaba empezando.