Capítulo 8: El Orgullo en el Mármol

1010 Words
La tormenta afuera había amainado, dejando solo el goteo rítmico del agua sobre el balcón, pero dentro de la habitación el aire seguía cargado de un magnetismo pesado y asfixiante. Eris estaba tumbada sobre mi pecho, su piel ardiente contra la mía, y su respiración empezaba a normalizarse. El rastro de su primera vez manchaba las pieles de oso, un estigma de propiedad que me hacía sentir más poderoso que cualquier victoria en el campo de batalla. Me disponía a rodearla con mi brazo, a reclamar ese momento de tregua, cuando ella se separó de golpe. Se sentó en el borde de la cama, dándome la espalda, con su melena roja cayendo como un velo desordenado sobre sus hombros marcados por mis dedos. —No te hagas ideas, Damon —soltó ella. Su voz, aunque algo rasposa por los gritos de hace un momento, había recuperado esa frialdad cortante que tanto me irritaba. —¿Ideas? —me incorporé sobre un codo, observando la línea perfecta de su columna—. Acabo de romper el sello de tu linaje, pequeña. He derramado mi semilla dentro de la hija del Arconte. Creo que las "ideas" vienen incluidas en el acto. Eris se giró lentamente, mirándome con una suficiencia que me hizo tensar la mandíbula. No había rastro de la chica vulnerable que temblaba bajo mi peso hace unos minutos. —No te equivoques —dijo, arqueando una ceja—. Esto no cambia nada. Mañana seguiremos siendo los mismos. Tú seguirás siendo el perro guardián de mi padre y yo seguiré siendo la heredera que te desprecia en los banquetes. Simplemente... ha resultado que follas bien. Mucho mejor de lo que esperaba de un bruto como tú. Pero eso es todo. Un intercambio de fluidos para calmar el calor. Solté una carcajada seca, llena de una ironía oscura. Me levanté y me acerqué a ella, arrodillándome en la cama detrás de su cuerpo. —¿Solo eso? ¿"Follas bien"? —le susurré al oído, mientras mis manos rodeaban su cintura para atraerla hacia atrás—. Me encanta cómo intentas mentirte a ti misma, Eris. Tus paredes todavía están pulsando alrededor de mi recuerdo y te atreves a decir que nada ha cambiado. —Es la verdad —insistió ella, aunque su respiración volvió a acelerarse cuando mis manos subieron por sus costillas—. No eres mi dueño, Damon. No porque me hayas tomado una vez significa que mi voluntad te pertenezca. Mañana, si Lycón me pide un beso, quizás se lo dé solo para ver cómo se te hincha la vena del cuello. —Inténtalo —la giré bruscamente para que me mirara de frente—. Intenta tocar a otro hombre y verás cómo convierto este palacio en un matadero. —¡Eres un arrogante! —me gritó, empujando mi pecho—. ¡Crees que porque eres un semidiós y tienes ese trozo de carne entre las piernas puedes dictar mi vida! —No dicto tu vida, pequeña llama. La consumo —respondí con una sonrisa ladeada. La tomé por los hombros y la obligué a recostarse contra el cabezal tallado de la cama. Sus pechos, firmes y adornados con las marcas de mis mordiscos, subían y bajaban con violencia. Me senté frente a ella, atrapando sus piernas con las mías. —Si de verdad no cambia nada, entonces no te importará que sigamos "calmando el calor" —dije, agarrando sus pechos y juntándolos con fuerza, creando un canal profundo de piel blanca y suave. —¿Qué haces? —jadeó ella, intentando apartar mis manos, pero su cuerpo la traicionaba de nuevo, arqueándose hacia mi contacto. —Voy a recordarte por qué no puedes compararme con nadie más —le dije, mientras sacaba mi polla, que volvía a estar rígida y ansiosa. La deslicé entre sus pechos, sintiendo el calor de su piel y la suavidad de su escote. Eris soltó un insulto entre dientes, pero sus manos bajaron para sujetar mis muñecas, no para apartarme, sino para presionar mis manos contra su propio cuerpo, ayudándome a apretar sus tetas contra mi m*****o. —¡Te odio, Damon! ¡Te odio tanto! —gemía ella, cerrando los ojos con fuerza mientras yo me movía rítmicamente entre sus pechos. —Dilo más fuerte, pequeña. Me encanta escucharlo mientras te hago esto —me burlé, aumentando la velocidad. El sonido de mi piel chocando contra la suya era húmedo y constante—. Mira cómo te pones. Mira cómo tus pezones buscan mi boca mientras te follo así. —¡Cállate! ¡Eres un animal... ahhh! —Eris echó la cabeza hacia atrás, golpeando el mármol del cabezal, mientras sus muslos temblaban contra mis costaderas—. ¡Damon, más rápido! ¡Hazlo más rápido! —¿Aún crees que nada ha cambiado? —le pregunté, bajando la cabeza para lamer el sudor que corría por su escote—. ¿Crees que después de esto vas a poder mirar a Lycón sin imaginar mi polla golpeando tus tetas? —¡Maldito seas! —gritó ella, entregándose al placer—. ¡No hables, solo... sigue! Me corrí entre sus pechos con un gruñido salvaje, manchando su piel blanca con mi esencia. Me quedé allí, respirando con dificultad, con la frente apoyada en su hombro. Eris tenía los ojos nublados y los labios entreabiertos, completamente derrotada por el deseo, aunque sus palabras dijeran lo contrario. —Nada cambia, ¿eh? —le susurré, limpiando una gota de mi semen de su cuello con el pulgar. Ella no respondió. Se limitó a empujarme para que me quitara de encima y se envolvió en una sábana, mirándome con una mezcla de rabia y una lujuria que ya no podía ocultar. —Vete a dormir, Damon —dijo finalmente, aunque su voz temblaba—. Mañana volveremos a ser enemigos. —Como quieras, Eris —sonreí, volviendo a mi lado de la cama—. Pero recuerda que los enemigos más peligrosos son los que duermen bajo la misma piel.
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