La lluvia golpeaba el techo del palacio como miles de tambores de guerra, pero el único sonido que retumbaba en mis oídos era el latido desbocado de Eris bajo mi cuerpo. Estaba allí, abierta para mí sobre las pieles de oso, con su cabello rojo desparramado como un incendio en la penumbra. Sus ojos ámbar, empañados por la lujuria y el desafío, me retaban a terminar lo que yo mismo había provocado.
—No te detengas ahora, Damon —siseó ella, apretando sus muslos contra mis caderas—. ¿Dónde está el guerrero del que tanto presume mi padre? ¿O es que solo sabes hablar y lamer como un perro faldero?
Solté una risotada ronca, una que nació de lo más profundo de mis entrañas. La tomé de las muñecas, clavándolas contra el colchón sobre su cabeza, y me posicioné entre sus piernas. Mi polla, rígida y palpitante, buscaba desesperadamente el calor de su entrada.
—Vas a tragarte cada una de esas palabras, pequeña —le advertí, bajando la voz hasta que fue un rugido bajo—. Voy a darte exactamente lo que pediste.
Me empujé hacia adelante con una lentitud tortuosa, disfrutando del roce de su piel húmeda. Pero, de repente, sentí una resistencia. Una barrera física que no esperaba. Me detuve en seco, con el corazón martilleando contra mis costillas. Mis ojos se clavaron en los suyos, buscando una respuesta que ya empezaba a intuir.
—Eris... —mi voz sonó extraña, incluso para mí—. ¿Qué es esto?
—¿Qué pasa? —jadeó ella, arqueando la espalda, tratando de forzar el encuentro—. ¿Te has acobardado al final? ¡Métemela de una vez, maldita sea!
—Estás cerrada, Eris. Estás jodidamente cerrada —dije, y la comprensión me golpeó como un mazo—. Por los dioses... eres virgen.
El silencio que siguió fue más pesado que el trueno que acababa de sacudir los cimientos del palacio. Ella desvió la mirada por un segundo, y sus mejillas se encendieron con un rojo que rivalizaba con su cabello. Su orgullo, ese escudo inquebrantable, flaqueó por un instante antes de volver a endurecerse.
—¿Y qué si lo soy? —escupió, volviendo a mirarme con una furia renovada—. ¿Acaso el gran Damon tiene miedo de un poco de sangre? ¿O es que tu honor de pacotilla te impide reclamar lo que ya es tuyo? ¡No me importa, Damon! ¡Rómpelo! ¡Sé el primero, sé el único, pero hazlo ya!
—Tu padre me pidió que te protegiera —murmuré, sintiendo un conflicto que nunca antes había experimentado. Como guerrero, sabía lo que significaba el honor; como hombre que la deseaba hasta la locura, sabía que si me retiraba ahora, moriría por dentro—. Si hago esto... no habrá vuelta atrás. Serás mía por las leyes de los hombres y de los dioses, aunque nuestro lazo sea una infamia.
—¡Ya soy tuya! —gritó ella, y sus manos se soltaron de mi agarre para tirar de mis hombros, obligándome a bajar—. Desde el primer día que me miraste en el ágora, desde que me viste en el lago... mi cuerpo te pertenece. ¡No quiero protección, Damon! ¡Quiero que me poseas!
Sus palabras fueron el golpe de gracia para mi autocontrol. Si ella estaba dispuesta a arder, yo sería el que avivara las llamas.
—Entonces prepárate, pequeña llama —dije, volviendo a sujetarla con firmeza—. Porque una vez que entre, no habrá poder en la tierra que me saque de ti.
Me empujé con fuerza, rompiendo esa última barrera con una estocada decidida. Eris soltó un alarido agudo que se mezcló con el rugido de la tormenta. Sus uñas se clavaron en mi espalda, abriendo surcos en mi piel, y su cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse. Me quedé inmóvil dentro de ella, sintiendo cómo sus paredes internas me apretaban con una intensidad que casi me hace perder el juicio.
—Joder... Eris... —gemí, enterrando mi rostro en el hueco de su cuello—. Estás tan apretada... es como estar envuelto en fuego.
—Duele... —susurró ella, con las lágrimas asomando en sus ojos, pero sin dejar de apretarme—. Duele, pero... no te atrevas a salir. Quédate ahí. Lléname.
—No voy a irme a ninguna parte —le aseguré, empezando a moverme con una lentitud casi cruel, dejando que su cuerpo se acostumbrara a mi tamaño—. Ahora eres parte de mí. Tu sangre está en mis manos, y mi nombre está grabado en tu alma.
—¡Ahhh! —Eris empezó a jadear rítmicamente a medida que el dolor inicial se transformaba en algo mucho más oscuro y adictivo—. ¡Damon... así! ¡No pares! ¡Maldito seas, no pares!
—Mírame a los ojos, Eris —le ordené, aumentando la velocidad de mis embestidas—. Quiero que veas quién te está rompiendo. Quiero que sepas que a partir de hoy, ningún hombre volverá a tocarte sin sentir el rastro de mi polla dentro de ti.
—¡Tuyo! —chillaba ella, mientras su cuerpo empezaba a convulsionar bajo el mío—. ¡Solo tuyo! ¡Fóllame, Damon! ¡Fóllame como el animal que eres!
El sonido de nuestros cuerpos chocando se volvió constante, un ritmo primitivo que desafiaba a la tormenta exterior. Yo ya no era un protector, ni un hermano, ni un guerrero de Teseo. Era un semidiós reclamando su territorio, sellando un pacto de sangre y deseo que marcaría el destino de Argosía para siempre.
—Eres mi perdición, pequeña —le dije, justo antes de que el clímax me golpeara con la fuerza de un rayo, derramando mi semilla y mi destino dentro de ella.
Eris se aferró a mí, temblando violentamente, mientras su propio orgasmo la consumía. Nos quedamos allí, entrelazados entre las pieles húmedas por el sudor y la lluvia, sabiendo que el amanecer traería preguntas que ninguno de los dos estaba listo para responder.