Sabor

1174 Words
El banquete en el gran salón de Argosía era una tortura de oro y vino. El olor a carne asada y mirra se me pegaba a la garganta, pero lo único que yo podía saborear era el rastro metálico y dulce de Eris en mis dedos. Estaba sentado a la derecha de mi padre, el Arconte Teseo, quien reía con una fuerza que hacía vibrar las copas de plata. Eris estaba frente a mí. Llevaba una túnica de seda tan fina que parecía tejida con humo, y su cabello rojo resplandecía bajo la luz de las antorchas como una advertencia. No me miraba, pero podía ver cómo sus dedos apretaban el tallo de su copa cada vez que nuestras rodillas se rozaban por accidente bajo la mesa de roble. —Estoy orgulloso de ti, Damon —tronó la voz de mi padre, poniéndome una mano pesada en el hombro—. Has demostrado ser el acero que esta casa necesita. Lycón es un buen guerrero, pero tú tienes la sangre de los que mandan. Asentí en silencio, sintiendo la mirada de Eris quemándome la piel. —Prométeme una cosa, hijo —continuó Teseo, bajando la voz mientras miraba con ternura a sus tres hijas—. Cuida de tus hermanas. Thais y Leda son la mente y el orden, pero Eris... Eris es el fuego. Protégela de sí misma si es necesario. Asegúrate de que nadie profane lo que pertenece a este linaje. —Te doy mi palabra, padre —respondí, y mi voz sonó como el choque de dos espadas—. Nadie tocará a Eris si no es bajo mi ley. Crucé la mirada con ella en ese instante. Sus ojos ámbar destellaron con un odio que me hizo sonreír por dentro. Ella sabía exactamente lo que significaba mi "protección". Sabía que el hombre que juraba cuidarla era el mismo que hacía unas horas la había hecho gemir contra una roca. La cena terminó entre risas y promesas vacías. Me retiré a mis aposentos con el cuerpo en tensión, sintiendo que cada músculo de mi espalda iba a estallar. Entré en mi habitación, pero no cerré la puerta del todo. Encendí una sola vela y me quedé allí, esperando, escuchando el eco de los pasos en el pasillo. Entonces la vi pasar. Una sombra roja y rápida que intentaba llegar a su cuarto sin ser vista. No lo pensé. Salí al pasillo con un movimiento felino, la agarré del brazo con una fuerza que la hizo jadear y la arrastré hacia el interior de mi alcoba antes de que pudiera soltar un solo grito. Cerré la puerta de un golpe y la estampé contra la madera, atrapándola con mi cuerpo. —¡Suéltame, animal! —siseó ella, golpeando mi pecho con los puños—. ¡Mi padre acaba de pedirte que me cuides y me tratas como a una de tus presas de caza! —Te estoy cuidando, pequeña —murmuré, hundiendo mi rostro en su cuello, aspirando su aroma—. Te estoy cuidando de que busques a hombres que no saben qué hacer contigo. Antes de que pudiera insultarme de nuevo, le sellé la boca con un beso que le robó el alma. No hubo preámbulos. Mis manos bajaron por sus hombros, rompiendo el broche que sostenía su túnica. La seda resbaló por su cuerpo como agua, dejándola completamente desnuda ante mí, con la piel erizada por el aire fresco de la noche. —¡Eres un bastardo, Damon! —me gritó entre besos, con las lágrimas de rabia asomando en sus ojos—. ¡Te odio con cada fibra de mi ser! ¡Ojalá los dioses te maldigan! —Que me maldigan, entonces —respondí, y me incliné para morderle el labio inferior con una fuerza que le arrancó un gemido que no era de dolor, sino de pura entrega carnal. En ese momento, el cielo de Argosía se rompió. Un trueno ensordecedor sacudió el palacio y la lluvia empezó a golpear los ventanales con una violencia salvaje. El sonido del agua contra la piedra se mezcló con nuestras respiraciones agitadas. —Pequeña... —le susurré al oído, mientras mis manos recorrían sus curvas—. No sabes cuánto tiempo he esperado para tenerte así, sin lagos ni testigos. Solo tú y yo, y este pecado que nos va a consumir a los dos. Eris no respondió con palabras. Sus manos, pequeñas pero fuertes, se lanzaron hacia los cordones de mi túnica de guerrero. Los arrancó con una desesperación que me hizo rugir. En segundos, mi ropa estaba en el suelo y nuestros cuerpos, ambos de linaje divino, chocaron piel con piel. La levanté en vilo, sintiendo cómo sus piernas envolvían mi cintura, y la llevé hasta la cama. La deposité sobre las pieles de oso, donde la luz de la vela hacía que su cabello rojo pareciera un charco de sangre. Me arrodillé entre sus piernas, admirando la perfección de su cuerpo bajo la tormenta. —Damon... no hables más —rogó ella, con la voz rota, echando la cabeza hacia atrás. Me incliné y atrapé uno de sus pechos con mi boca. Succioné el pezón erguido, jugando con mi lengua hasta que ella empezó a arquear la espalda, enterrando sus dedos en mi cabello. Sus gemidos se perdían entre los truenos que azotaban el palacio. Bajé mi cabeza por su vientre plano, besando cada centímetro de su piel, hasta llegar a su centro. El aroma de su excitación era más embriagador que el mejor vino de Teseo. —Estás tan mojada para tu hermano, Eris —me burlé, mirándola desde abajo antes de hundir mi cara entre sus muslos. —¡Cállate y hazlo! —gritó ella, agarrándose a las sábanas. Empecé a lamerla con pasiones lentas y profundas, usando mi lengua para explorar cada rincón de su coño. Eris soltaba jadeos rítmicos, moviendo las caderas contra mi boca, buscando el alivio que solo yo podía darle. Metí mis dedos en su interior mientras mi lengua trabajaba en su clítoris, creando una sinfonía de placer sucio y prohibido. —¡Ahhh! ¡Damon, joder! ¡Más fuerte! —chillaba ella, mientras la lluvia arreciaba afuera, lavando la culpa de lo que estábamos haciendo. Me detuve un segundo, solo para verla. Tenía el rostro desencajado, el cabello revuelto y la mirada perdida en el éxtasis. Era lo más hermoso y lo más pecaminoso que había visto jamás. —Esto es lo que querías, ¿verdad? —le pregunté, con la voz ronca por el deseo—. Que el "protector" que tu padre tanto admira te tuviera así, abierta y gimiendo como una posesa. —¡Sí! ¡Maldita sea, sí! —respondió ella, tirando de mí hacia arriba—. ¡Deja de hablar y métemela de una vez! ¡Lléname, Damon! ¡Rómpeme antes de que amanezca! Me posicioné sobre ella, sintiendo mi polla pulsando contra su entrada, lista para reclamar el territorio que ya me pertenecía por derecho de sangre y de fuego.
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