El sol de la tarde todavía castigaba las piedras de Argosía, pero mi sangre quemaba más que cualquier astro. Había dejado el jardín con los nudillos destrozados tras golpear aquel maldito mármol. "Su voluntad me pertenece", había rugido frente a sus hermanas. Una verdad que me amargaba la boca pero que me hacía vibrar los huesos. Eris no era una mujer común; era un incendio envuelto en piel de seda, y yo era el único hombre lo suficientemente estúpido —o lo suficientemente dios— como para querer caminar sobre sus brasas.
Necesitaba el agua. Necesitaba apagar el rastro del perfume de Lycón que se había quedado impregnado en el aire cerca de ella. Caminé hacia el lago escondido, el mismo donde días atrás casi pierdo el juicio. Mis botas crujían sobre la maleza seca y mi mano buscaba instintivamente el pomo de mi espada, una extensión de mi propia furia.
Al llegar al borde del acantilado que custodiaba la fuente, me detuve en seco. El viento trajo un sonido que detuvo mi corazón por un instante: un jadeo. No era un quejido de dolor, era ese sonido rítmico, húmedo y desesperado que yo mismo emitía en la soledad de mi alcoba.
Me asomé entre las ramas de un olivo antiguo. Allí, sobre una roca plana que se internaba en el agua turquesa, estaba ella.
Eris estaba completamente desnuda, postrada de espaldas con las piernas abiertas, ofreciendo su sexo carmesí al cielo de Grecia. Su cabello rojo se desparramaba como sangre sobre la piedra gris. Tenía los ojos cerrados y una mano apretando su propio pecho, mientras que la otra... la otra estaba hundida entre sus muslos, moviéndose con una urgencia salvaje.
—Damon... —escuché su susurro, roto por un espasmo de placer.
Sentí un golpe de calor en mi entrepierna que casi me dobla. Mi polla se puso rígida al instante, golpeando contra el cuero de mi túnica. Verla tocarse, sabiendo que mi nombre era lo que invocaba en su pecado, me dio un poder que ninguna batalla me había otorgado jamás. Pero no iba a dárselo fácil. No después de que casi besara a ese imbécil de Lycón.
Salí de las sombras, caminando con paso pesado sobre la grava para que supiera que estaba allí.
—Vaya, parece que la "pequeña llama" no necesita a Lycón para apagarse el fuego —solté con una voz cargada de una burla ácida y cruel.
Eris dio un respingo violento, cubriéndose el pecho con los brazos y sentándose de golpe. Sus ojos ámbar, nublados por la lujuria hace un segundo, ahora destellaban una rabia pura. Su piel estaba sonrosada, cubierta de una fina capa de sudor que la hacía brillar como una ofrenda sagrada.
—¡Eres un animal, Damon! —gritó, tratando de alcanzar su túnica, pero yo fui más rápido. Pateé la prenda hacia el agua, dejándola indefensa y expuesta—. ¿Es que no sabes hacer otra cosa que espiar como un cobarde? ¡Vete de aquí!
—¿Irme? —me reí, una risa ronca que nacía de mis entrañas—. Este es mi refugio tanto como el tuyo. Además, deberías agradecerme. Estabas a punto de gritar mi nombre tan fuerte que hasta las ninfas se habrían sonrojado. ¿Tan desesperada estás por sentir algo real, Eris?
—¡Te odio! —bramó ella, poniéndose de pie con una dignidad que solo una hija de Teseo podría mantener estando desnuda—. Te odio por lo que dijiste en el jardín. No soy tuya. No soy de nadie. Y lo que estaba haciendo... lo estaba haciendo pensando en lo mucho que deseo que te mueras en la próxima batalla.
Me acerqué a ella con paso lento, devorando con la mirada cada curva de su cuerpo. Sus pezones estaban erguidos, traicionando su discurso de odio. La tensión entre nosotros era un muro sólido, un campo de batalla donde el aire pesaba toneladas.
—Mientes tan mal como luchas, pequeña —le dije, deteniéndome a escasos centímetros de su rostro. Podía oler su excitación, ese aroma dulce y metálico que me volvía loco—. Si me odiaras tanto, no estarías aquí, tocándote como una perra en celo mientras gimes mi nombre. ¿Por qué no dejaste que Lycón terminara el trabajo? Ah, ya sé... porque su mano te daría asco comparada con la mía.
—Lycón es mil veces más hombre que tú —escupió ella, aunque su voz tembló cuando mi mano subió por su costado, sin llegar a tocarla todavía—. Él al menos sabe tratar a una mujer sin ladrar órdenes.
—Lycón es un niño jugando a ser soldado. Yo soy el que te quita el sueño. Yo soy el que viste anoche a través de la puerta, ¿verdad, Eris?
Ella se quedó muda. Sus pupilas se dilataron hasta cubrir casi todo el iris. La sorpresa la dejó vulnerable por un segundo, el tiempo suficiente para que yo cerrara la distancia.
—Sí, te vi —continué, bajando la voz hasta convertirla en una caricia peligrosa—. Vi cómo te tocabas en el pasillo mientras yo me imaginaba que tu boca estaba envolviendo mi polla. Vi cómo temblabas. Y ahora... ahora voy a cobrarme cada bofetada y cada desplante.
—No te atrevas... —susurró, pero no retrocedió. Sus labios estaban entreabiertos, invitándome al desastre.
—Cállate —le ordené.
La agarré de la nuca con una mano, enredando mis dedos en su cabello rojo, y la besé. No fue un beso de amor; fue una invasión. Mis labios chocaron contra los suyos con la violencia de dos ejércitos encontrándose en la llanura. Sabía a fuego y a desafío. Eris luchó al principio, golpeando mi pecho con sus puños, pero en segundos sus dedos se clavaron en mis hombros y me devolvió el beso con una ferocidad que me hizo gruñir.
Nuestras lenguas se entrelazaron en una danza sucia y desesperada. La empujé contra la roca, sintiendo su piel caliente contra el metal de mi peto. Ella soltó un gemido ahogado contra mi boca, entregándose por fin al hambre que nos consumía a ambos.
Bajé mi mano libre, descendiendo por su vientre plano hasta encontrar lo que buscaba. Estaba empapada. Sus jugos resbalaban por sus muslos, una invitación que no pensaba rechazar.
—Estás tan jodidamente lista para mí —le dije al oído, mientras mis dedos encontraban su entrada.
—Damon... por favor... —jadeó ella, arqueando la espalda cuando hundí dos dedos en su interior de un solo golpe.
—¿Por favor qué, Eris? ¿Quieres que pare? —me burlé, empezando a follarla con los dedos, moviéndolos con una fuerza rítmica y profunda que la hacía perder el equilibrio—. ¿O quieres que te demuestre por qué Lycón nunca podrá tenerte así?
—¡Fóllame! ¡Joder, Damon, fóllame con tus dedos hasta que no pueda caminar! —gritó ella, echando la cabeza hacia atrás.
Empecé a mover mi mano con violencia, entrando y saliendo de ella con un sonido húmedo que me volvía loco. Eris envolvía sus piernas alrededor de mi cintura, apretándome, buscando más. Mi otra mano bajó hasta su clítoris, frotándolo con el pulgar con una presión que la hizo soltar un alarido que rebotó en las paredes del acantilado.
—Mírame, Eris —le ordené, sacando los dedos solo para volver a hundirlos hasta el nudillo—. Mira quién te tiene así. Mira quién es el dueño de cada uno de tus orgasmos.
—Tuyo... —balbuceó ella, con los ojos en blanco, entregada por completo al placer—. Soy tuya, maldito animal... ¡Ahhh!
Su cuerpo se tensó como una cuerda de arco. El espasmo de su clímax me apretó los dedos con una fuerza divina, bañándome la mano con su esencia. Se quedó colgando de mi cuello, jadeando, con el pecho subiendo y bajando con violencia.
La solté lentamente, dejando que sus pies tocaran el suelo de nuevo. Me miró con una mezcla de odio renovado y una gratitud carnal que no podía ocultar. Yo me limpié los dedos en su muslo, sin apartar la vista de sus ojos.
—Esto es solo el principio, pequeña llama —le dije, dándole la espalda y empezando a caminar hacia el sendero—. La próxima vez, no serán mis dedos los que te llenen. Prepárate, porque cuando mi padre nos vea en el banquete esta noche, tú y yo sabremos exactamente qué sabor tienes entre las piernas.
Me alejé sin mirar atrás, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Sabía que me odiaba más que nunca, y sabía que esta noche, ella vendría a mi habitación sin necesidad de que la puerta estuviera abierta.