Capitulo 4

1236 Words
*Leonard* Ver como su pecho sube y baja cada vez que respira, me tiene idiotizado. Estar en un lugar tan confinado como un ascensor con ella sola, es una mala idea. Solo puedo pensar en hacerla mía en este mismo lugar. Es hermosa, inteligente, tierna, cada aspecto que he conocido de ella hasta ahora me tiene fascinado. Ese uniforme tan corto debería estar prohibido, es una fantasía andante. No aguanto más. Sin dejarla reaccionar, la acorralo contra la pared del ascensor, chocando nuestros labios en un beso apasionado que nos deja sin aliento. Me corresponde en medio de gemidos, retorciéndose entre mis brazos para buscar contacto de nuestras pelvis. Sus labios son suaves, se sienten como el terciopelo de una rosa, dulces como la vainilla de su perfume y adictivos como la mas cara de las drogas. -Leonard – su voz melodiosa me saca de mi fantasía. Nada de eso pasó. Estamos a una distancia prudente en el ascensor, que ya tiene sus puertas abiertas. No puedo creer que me distraje soñando despierto. Debo estar loco. -Si – aclaro mi garganta – Te sigo. Camino detrás de ella, dándome cachetadas mentales por haber tenido esos pensamientos tan absurdos. Parezco un adolescente de nuevo. La guio por la calle, en dirección a mi departamento, donde está mi auto en este momento. No está muy lejos de aquí, a unas tres calles mas o menos. Solo espero poder mantener mis manos quietas, porque tenerla dentro del auto, seria poner a prueba mi autocontrol. -¿Por qué tienes tu auto estacionado tan lejos? Tenemos estacionamiento privado en el edificio – murmura a poca distancia de mí. Me alegra que sea ella quien inicie una conversación. -Está en mi departamento. Me disponía a almorzar cuando tu padre me llamó – explico neutral.  Me coloco junto a ella en la acera, desde aquí puedo ver como se muerde su labio inferior y junta las manos a la altura de su vientre. -Pude tomar un taxi – balbucea mas para si misma. -Los taxis no son seguros – inquiero serio. No me responde, desvía la mirada todo el camino hasta llegar al estacionamiento subterráneo de mi edificio. El silencio entre nosotros, lo rompe el gruñido de su estómago, imagino que no ha almorzado y son mas de las dos de la tarde. -¡Qué vergüenza! – balbucea tapándose la cara con las manos. A ella le parece inoportuno el gruñido de su estómago, pero para mí es la excusa que necesitaba para retenerla un poco más. -¿Me aceptas una invitación a almorzar? – pregunto. Me mira horrorizada y niega repetidas veces con la cabeza. -No tienes que hacerlo, ya iré a mi casa – responde nerviosa. -¡Vamos! Ya mi almuerzo está listo y esta mas cerca que tu casa – invito. La veo dudar, con la cara completamente roja. Me parece super tierna. -Ehh... -Almorzaras conmigo – ordeno por fin. Camino hacia el ascensor privado que me lleva a mi pent – house, con ella siguiéndome los pasos. -Mandón – masculla entre dientes. No tienes idea mi querida Samantha. Entramos a mi departamento, lo cual no le parece gran cosa a ella, no se ve sorprendida para nada, su atención recae en un cuadro que tengo en mi estancia, una fotografía de la ciudad en blanco y n***o. -¿Te gusta? – pegunto acercándome a ella para quitarle la mochila. -Es triste – comenta. Ahora soy yo quien presta atención a la fotografía. No la veo triste, es muy buena la toma y me gusta que esté en blanco y n***o. -No es triste, simplemente no todo es brillante y colorido – explico – Como las vidas de las personas, no todas son color de rosa, algunas son gris oscuro como la mía. -Entonces es tu interpretación de esta foto – me mira a los ojos – La vida es gris, aburrida y monótona. -No dije eso – señalo – No todas las vidas son iguales. -Si la tuya está en escala de grises ¿Qué color le darías a la mía? Un solo color se me viene a la mente cuando pienso en ella, y es Rojo intenso. Sensual, fuerte y utilizado para marcar el peligro. -No te conozco lo suficiente para definirte – decido dar una respuesta diplomática. Baja la mirada, supongo que no le gustó mi respuesta. -Pero me gustaría conocerte mucho más – continúo hablando. Vuelve a mirarme, esta vez con una sonrisa, esa que se quedará grabada en mi memoria toda la vida. -¿Qué vamos a almorzar? – cambia de tema drásticamente. Cierto, tiene hambre. -Tengo chupetas de cordero, espárragos en salsa blanca y puré de papas – explico mientras camino a la cocina. Se sienta en la isla de la cocina a mirar su celular, no parece que esté cómoda del todo, así que decido buscar una conversación. -¿Y que tal la escuela? – pregunto. Mi pregunta la toma por sorpresa. -Bien – respuesta automática. Alzo una ceja, mi expresión seria la intimida y continúa hablando. -Estoy en exámenes finales – se encoje de hombros – Por eso fui a la empresa hoy, tenía que conseguir tutoría por parte de Nora. -¿Tienes problemas con alguna materia? -Solo digamos que las matemáticas no son lo mío – sonríe de lado. Sirvo el plato, colocándolo frente a ella. Su expresión es neutra, no se impresiona fácilmente. -¿Lo cocinaste todo tu? – pregunta mirando el plato. -No, tengo un ama de llaves que me deja el almuerzo hecho – comienzo a comer. La observo comer, aparta lo más posible los espárragos para que no toquen el cordero y el puré. Me parece divertido como lo hace, come el resto del plato sin tocar los espárragos. -Come tus espárragos – ordeno. -No me gustan – confiesa. ¿¡Qué!? -¿A caso tienes cinco años? – alzo una ceja – Come – ordeno. -Eres muy mandón – gruñe. -Y tu malcriada – sonrío. Me mira ofendida, pero al ver mi sonrisa, se suaviza su gesto y termina sonrojándose. Ella me hace sonreír, eso me gusta mucho. -No voy a comer espárragos – me reta provocándome con la mirada. -Si no comes tus vegetales, no te daré postre – murmuro con voz roca. Te daría unas buenas nalgadas por desobediente. Me fascina que detrás de ese aspecto y actitud de sumisa, se encuentra una chica de carácter fuerte. Nos vamos a divertir mucho. Muerde su labio, no tengo pruebas, pero tampoco dudas de que piensa lo mismo que yo. -¿Y cual es el postre? – me mira a los ojos. Tu eres el postre, hermosa. -Pastel de chocolate – respondo. No puedo explicar el brillo que pasó por sus ojos en cuanto nombre la palabra chocolate. Su semblante cambió de una diosa fogosa, a una tierna niña en cuestión de segundos. Me tiene totalmente idiotizado con sus cambios de humor, cada faceta que conozco de ella solo me hace caer mas profundo en sus redes. -Bien, comeré los odiosos espárragos – responde tomando una postura seria. Eso tengo que verlo para creerlo. -O sea que, si quiero que hagas algo, tengo que ofrecerte chocolate – afirmo con doble sentido.  Es como atraer a una niña con dulces. Se siente un poco perturbador. -Te sorprendería lo que puedes lograr – comenta empezando a comer. 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD