Mientras duerme

1122 Words
Los días en la cárcel eran rutinarios, horarios ya establecidos por los funcionarios y el gobierno para mantener un orden eran mayormente respetados por los presos, Ignacio no tardó en aprenderlos. Los altavoces sonaban cada hora dando instrucciones, se dirigió al comedor con su compañero de celda, ahí se creaban vínculos muy rápido, siempre con cierta desconfianza, al fin y al cabo no olvidaban donde estaban, ni que sería su hogar durante unos cuantos años, miró la comida, no era gran cosa pero agradeció tener algo que llevarse al estómago, removió los guisantes con el tenedor y al llevárselos a la boca vio como un hombre lo miraba fijamente, miró hacía el resto de mesas, un par de hombres más lo estaban haciendo, mirarlo amenazantes, sabía lo que era eso, lo sospechó desde el principio, Alejandro siempre le contaba todas las monstruosidades de su padre, esos hombres tenían la orden de pegarle una paliza para que no hablara, Josué, también lo vio. —¿Con quién te has metido amigo? —le preguntó curioso. Ignacio no respondió, cuanto menos supiera mejor para él, sino esos hombres irían por él tambien, a partir de ahora tendría que intentar no quedarse solo, pensó. Durante todo el día estuvo cerca de los guardias, los hombres lo seguían constantemente y pensó que seguramente se estarían alterando más y la paliza sería más fuerte, así que tomo aire y se preparó para lo que venía. Fue al baño donde seguro estarían solos, esperó unos segundos y entraron, justo lo que esperaba, no dijo nada, tampoco se hizo el sorprendido, no quería enfadarlos más, uno le pegó un puñetazo en el estómago. —¿Te crees muy listo no? —le gritó muy agresivo. Ignacio no respondió, solo lo miró, le propinó otro puñetazo, después de él, otro de los hombres le acertó un puñetazo en la mejilla inflamandolo al instante, así continuamente hasta que quedó inmóvil en el suelo y el dolor no lo dejaba moverse —Tenemos un mensaje para ti.—dijo el que me había dado el primer golpe—. Estate calladito y no tendrás más problemas, te protegeremos, abre la boca y nos encargaremos de que tu estancia aquí sea un infierno.—dado el mensaje se marcharon dejándolo sangrando en el suelo. Josué en cuanto los vio salir, contó hasta diez y entró, había aprendido mucho en el tiempo que llevaba encerrado, a vigilar sus espaldas y como era el comportamiento de los presos, antes de entrar ahí hacía precisamente eso, examinar el comportamiento de las personas, aunque no ejercía como psicólogo seguía estudiando cada matiz del ser humano, un pasatiempo peculiar que le gustaba desde hacía años, lo ayudó a levantarse y caminar hasta la enfermería. La enfermera lo socorrió rápido, limpió las heridas y se aseguró de que ninguna fuera profunda, al poco de llegar se había quedado inconsciente. —¿Qué a pasado? —le preguntó a Josué, este la miró cómplice, solo con eso Marta se podía hacer una idea. —Por suerte se recuperará, son solo moratones y pequeños cortes, se quedará aquí mientras tanto.—le informó. Josué miró a su compañero y sintió lastima por el, resignado volvió a su celda. Marta esa noche tenía guardia en la enfermería, alternaba los turnos con la otra enfermera, a Marta le gustaban, ya que las noches eran más tranquilas, le acarició la frente mientras lo miraba detenidamente, Ignacio despertó. —¿Dónde estoy? —estaba asustado y ella lo calmó. —Tranquilo, aquí estás seguro, estás en la zona médica ingresado.—le dijo con ternura. Le pidió agua y Marta se la llevó, levantó la cama un poco y se la entregó —¿Quién te hizo esto? Después de pegar un buen trago de agua le respondió. —Es mejor que no lo sepas. Marta sabiendo que aunque insistiera no se lo diría no volvió a preguntar, recogió el vaso de plástico casi vacío y lo dejo en la mesilla. —Intenta descansar, no me moveré de aquí en toda la noche por si necesitas algo y los guardias custodian la puerta. —añadió eso último para que se sintiera más seguro. Marta fue hacia una butaca que tenían para descansar esas largas noches y se sentó. —Gracias.—susurró él. Marta lo miró dedicándole una bonita sonrisa, había cogido un libro para distraerse pero se acabó quedando dormida, el sueño de la otra noche se repetía pero esta vez más intensamente, en el, Ignacio la tomaba allí mismo, sobre la camilla, ella tomando la iniciativa se ponía encima y cabalgaba con el m*****o del hombre dentro de ella. Parecía tan real, se removió en el sillón excitada y sin ser consciente de ello. Ignacio que después de dormir un par de horas ya no consiguió conciliar más el sueño la observaba, Marta gemía en sueños y pasaba la mano por su cuello, movía las caderas débilmente pero lo suficiente como para excitarlo, los labios de la chica estaban entreabiertos y húmedos. Se preguntó quién sería el afortunado que robaba sus dulces horas de sueño, aunque deseó levantarse y acariciarla para dar rienda suelta tanto a su excitación como a la de ella, no era un violador y no iba a tocarla, se dedicó a disfrutarla en la distancia hasta que volvió a dormirse. Marta sumida en lo más profundo de su conciencia seguía dentro de su sueño erótico, tenía la sensación de despertarse y podía sentir las bragas húmedas, pero no conseguía abrir los ojos. En el sueño sus pechos estaban descubiertos por la bata abierta, no llevaba sujetador, el preso se deleitaba mirando sus pezones duros cada vez que los pellizcaba, ella se movía para sentirlo dentro, muy dentro, volvió a moverse en el sillón sabiendo dónde estaba pero sin conseguir salir de esa fantasía, solo esperaba que lo mojada que estaba en su sueño con ese preso no fuese visible en la realidad. Por la mañana muy temprano se despertó recordando y se ruborizó, esperaba que el preso no se hubiera dado cuenta de lo que había pasado en su mente, miró hacía la camilla y estaba dormido, respiro dando gracias. Fue al baño, se lavó la cara y peinó un poco, ¿Qué le estaba pasando?, se preguntó, si ese hombre estaba allí era porque había hecho algo malo, no podía continuar soñando con él, era peligroso. Decidida a saber su delito se acercó al despacho del medico y buscó su historial, ahí ponían cada detalle, lo encontró y lo abrió, después de leerlo se lamentó más, lo miró a través de los cristales y se preguntó cómo podía haber hecho algo así, parecía tan tranquilo, tan normal ….
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