Su respiración se volvió pesada, el corazón golpeaba en su pecho como un tambor de guerra y en su mente se libraba una batalla despiadada entre el miedo a ser juzgada y la necesidad de liberarse de un secreto que llevaba años aprisionado en su alma. Las palabras quemaban en su garganta, pero sabía que había llegado el momento de pronunciarlas, aunque la desgarraran. —Sí. Yo podía haber sido la donante —confesó al fin con la voz apenas audible, como si cada palabra se le escapara de los labios contra su voluntad. Julián se giró despacio, incrédulo, y su rostro perdió todo el color. Sintió un frío recorrerle la espalda y un nudo cerrarle la garganta, como si el suelo estuviera a punto de desvanecerse bajo sus pies. Por un instante le pareció que el tiempo se deten

