La lluvia golpeaba los ventanales de la torre del Grupo H con una fuerza constante, como si el cielo descargara su propio juicio sobre la ciudad mientras intentaba purificarla. Cada gota parecía arrastrar consigo recuerdos, culpas y errores, como si limpiara el escenario para lo que estaba a punto de comenzar. Las calles de Canary Wharf, envueltas en un gris denso y pesado, parecían inclinarse en silencio ante la mujer que avanzaba hacia la entrada principal. Quienes la observaban comprendían, sin necesidad de palabras, que había regresado a reclamar lo que era suyo, no para pedir permiso ni mucho menos perdón. Era la nueva CEO. Sandra Holloway cruzó el vestíbulo y el murmullo se apagó de inmediato. El eco de sus tacones sobre el mármol resonó como un anunci

