Miranda se detuvo un instante, fingiendo sorpresa con un gesto casi teatral. Abrió los labios como si aquella noticia la hubiera destrozado, y luego se inclinó hacia él, posando una mano sobre su hombro con un gesto calculadamente compasivo. —No… ¡no puede ser! ¿Cuándo? ¿Cómo? Mateo, por Dios, debiste avisarme… yo… yo hubiera estado contigo… —su voz temblaba, su mirada se llenaba de lágrimas que parecían brotar del alma, aunque en realidad eran fruto de un cálculo frío. Por dentro, saboreaba con un deleite silencioso el control que aquel instante le otorgaba, como si cada segundo de su aparente compasión fuera en realidad un triunfo que la fortalecía y le recordaba que, en ese preciso momento, tenía a Mateo justo donde quería. Mientras sus dedos recorrían su hombr

