Un Audi gris plata se detuvo frente a la alfombra roja del Hotel Blackwell, como si anunciara con delicadeza la llegada de dos figuras que no pasaban desapercibidas. El lugar estaba colmado de periodistas, invitados y curiosos, todos vibrando con la expectativa. Cada invitado era recibido con un estallido de preguntas y gritos, pero la expectación aumentaba a cada minuto, como una marea que no dejaba de crecer. La puerta del copiloto se abrió primero, y Miranda descendió con la seguridad de quien ha practicado su entrada una y otra vez frente al espejo. Era su momento para brillar, y lo sabía. Llevaba un vestido dorado ajustado que resaltaba cada curva, con delicados detalles de pedrería en el escote y una cola corta que ondeaba tras ella como un destello de l

