El amanecer llegó como si el mundo entero estuviera en calma, pero para Sandra Holloway esa calma era solo una ilusión, la antesala de una tormenta que ya sentía rugir en su interior. Sentada en el borde de la cama, con una bata de seda blanca anudada a la cintura, sostenía una taza de café n***o entre las manos. El aroma intenso subía como un bálsamo inútil que no lograba borrar el peso de la noche anterior. Sus ojos, enrojecidos por el cansancio, revelaban las pocas horas de sueño, y su cuerpo estaba exhausto, pero su mente seguía alerta, repasando una y otra vez cada detalle de lo ocurrido en el banquete, consciente de que en su mundo ni siquiera el descanso era un lujo seguro. Había aprendido a golpes que, incluso mientras dormías, debías mantener un ojo abi

