El estudio fotográfico estaba en su punto más alto de actividad. Luces potentes iluminaban el espacio como soles artificiales, proyectando destellos sobre telas blancas que parecían nubes suspendidas. El equipo se movía de un lado a otro, maquilladores corrían con brochas y paletas de sombras, vestuaristas cargaban percheros repletos de prendas exclusivas, y los asistentes revisaban cada lente de las cámaras con nerviosismo, sabiendo que aquella sesión era crucial, no solo para la carrera de Miranda, sino para el prestigio de todos los que estaban ahí presentes, pues un error podía costarles caro y ninguno estaba dispuesto a cargar con esa culpa. En el centro de todo, Miranda Medina se sentaba frente a un espejo de marco dorado que reflejaba no solo su imagen, sino

