Esa oficina era enorme, quizá tal vez por las paredes color blanco que daban esa sensación. El escritorio n***o estaba en todo el centro, era de porcelanato, con una silla giratoria que parecía el trono de un rey. Al lado izquierdo de ella, estaba el sofá de cuero rojo en forma de L con unos cojines blancos y negros y figuras de póker. Detrás del escritorio, sentado y con sus manos entrelazadas puestas sobre la mesa estaba Ethan Schmidt, un hombre de treinta y cuatro años, ojos verdes, cabello oscuro y piel clara y una barba de candado que le hacía ver muy bien. Era bastante musculoso, se notaba que cuidaba su cuerpo. Madison elevó una ceja al verlo, era más atractivo de lo que llegó a imaginar una vez.
—Sigue, por favor, toma asiento —le pidió Ethan con una sonrisa amable que a Madison le causó estragos—. Así que tú eres la chica lumbre de la escritura —susurró con sus ojos puestos sobre ella, incomodándola. Ella intentó sostenerle la mirada, pero no lo consiguió.
—A…Aquí tengo lo que…—Madison bajó la cabeza, avergonzada de tartamudear. Respiró profundo, sacó su cuaderno y lo colocó sobre el escritorio—. Aquí está lo que he escrito —con su mano derecha lo empujó hacia Ethan.
Ethan la miró con una sonrisa coqueta, ella no entendía nada de lo que sucedía. El hombre empezó a leer muy intrigado y hasta parecía concentrado. Al terminar de leer clavó una vez más su mirada en Madison, pero esta vez era una mirada de asombro. Ethan pronunció un sordo “wow” y alegó que le parecía increíble lo que leyó. El editor no dejaba de mirar a Madison que cada vez se sentía más intimidada. Para desgracia, estaba a solas con él y parecía no tener escapatoria. Schmidt se levantó y caminó hacia el gran sofá, la invitó a sentarse pero Madison estaba tan nerviosa. Ethan la miró con una sonrisa, inspirándole confianza, sin embargo Madison sentía que las piernas le temblaban. Como pudo, se levantó y caminó hacia donde Ethan le esperaba. Al sentarse junto a Ethan, este le preguntó:
—Madison, ¿en qué pensabas cuándo escribiste este cuento? —Aquella pregunta la tomó por sorpresa, no supo que responder. En efecto, bajó la mirada y él habló de nuevo—: ¿Sabes que es muy trágico y triste, verdad?
—Sí, no me gusta lo romántico e irreal. Esta respuesta de Madison picó la curiosidad del editor, quien se mordió el labio.
—¿Crees que lo romántico es irreal? —Madison asintió con la cabeza—. ¿No crees en el amor? —Esta vez ella negó y él exclamó—: Primer error.
Ella lo miró asombrada.
—Madison, si deseas vender un libro alguna vez, debes tener presente que el romance es el elemento principal.
—¿Usted cree en el amor, Mr. Schmidt?
El joven soltó una carcajada, lo que enojó a Madison. ¿Acaso ese hombre se burlaba de ella?
—¿Pero qué importa sí yo creo o no? Aquí la que escribe eres tú. Yo sólo corrijo —respondió y se puso de pie de inmediato como evadiendo la pregunta. Madison lo miraba—. Debes saber que tu historia sufrirá algunos cambios. Pondremos romance, te guste o no.
Aquello disgustó más a Madison. ¿Por qué nadie podía entender que el romance no era lo suyo? Entonces rebatió la afirmación de Ethan, declarando que no tendría romance por ningún motivo. Él cuestionó, en cambio, si estaba segura de esa decisión, mientras la miraba a los ojos. Madison se puso nerviosa de inmediato, el cuerpo le temblaba y para colmo de males, el hombre le preguntó si le parecía atractivo. «¿Este tipo está loco? ¿Por qué me pregunta eso? Lo más cumbre es que sí está como quiere el desgraciado». Se hizo la desentendida y él sonrió.
—La cuestión es simple, Madison. Tú eres muy atractiva, así que si yo quisiera escribir algo romántico justo ahora, tú serías mi inspiración —Madison sintió que su corazón se aceleró al punto de querer salirse del pecho—. ¿Te inspirarías tú en mí? Sé sincera. —La verdad no sé que decirle. «¿Cómo no escribir sobre ese bombón? ¿Estás mal o qué?», la regañó el subconsciente. Él sonreía. —Está bien, Madison. No me digas nada ahora, y deja las formalidades —Ella lo miraba confundida—. Vas a llegar a tu casa y escribirás la parte romántica de tu historia… Pensando en mí.
Pero a la niña le gustaba pelear.
—¿Y si no me genera nada? ¿Si no me produce ningún tipo de inspiración?
La sonrisa de Ethan se borró y la ilusión de su mirada también. Ahora parecía triste y desilusionado.
—En tal caso, me veré obligado a utilizar mi última arma —Ella lo miró confundida y a la vez expectante—. Si esto no funciona, entonces nada lo hará —susurró el joven Ethan, y sin vacilar, plantó un suave beso sobre los labios de Madison. Ella se alejó de inmediato como primer instinto. Él la miró pidiéndole permiso y se acercó de nuevo para besarla otra vez. En esta segunda oportunidad, ella no quiso alejarse. Siguió besándolo, dejándose llevar por las sensaciones que él generaba en su interior. Nunca antes besó a alguien así. Pero lo bueno no dura para siempre.
Cuando Madison comenzaba a acostumbrarse al beso, él se apartó como obligándose a sí mismo a alejarse. La miró a los ojos y le pidió que fuera a su casa y escribiera lo que se le ocurriera. Madison quedó desconcertada, pensando en cómo le contaría a su mejor amigo lo sucedido. Para Madison fue impresionante como ese hombre pasó de ser serio a pasional, del empresario al chico romántico. De ser Mr. Schmidt a ser simplemente Ethan. Salió impresionada de aquella oficina, pálida como un papel, pensando en todo lo que sintió y cómo lo plasmaría. Durante el camino de regreso al hotel, no hizo más que pensar en el beso que Ethan le dio en la oficina. Esa última arma secreta sí que tuvo su efecto, pero las dudas comenzaron a hacer mella. ¿Y si utilizaba esa arma con todas las jóvenes escritoras que iban a su oficina para una asesoría editorial?
Aquel beso, sin duda, fue el inicio de un mágico clic. Cuando llegó al hotel, subió directo a su habitación y sacó su libreta para escribir de inmediato. El relato que escribiría no era sobre misterio, tristeza, suspenso, terror, no. ¡Era sobre romance! Por supuesto, no era normal en ella. Madison nunca escribía romance. Pero bueno, como dicen, para todo hay una primera vez. Así que tomó su libreta y escribió un poema, inspirándose en el beso que Ethan le dio. Mejor dicho, pensando en él, sus ojos verdes, sus suaves labios, su piel blanca, sobre explosiones de amor repentinas y sensaciones de mariposas en el estómago. Sobre su Ethan.
«¡Para, para, para! ¿Qué cosas dices? ¡Él no es tuyo!»
Ethan Schmidt era un hombre de negocios que, muy probablemente, utilizaba la misma técnica con todas las chicas con las que trabajaba para que todas escribieran. Descartó aquellos pensamientos negativos de su mente y siguió escribiendo. Alguien, por fin, despertó su lado romántico que, por muchos años, se mantuvo oculto por las miles de decepciones amorosas. Cuando terminó, lo leyó una y otra vez. ¡Cuanta cursilería! Pensó su lado gris. Madison pensaba cómo haría al otro día para mostrarle todas las cursilerías que escribió. ¿Y si se enojaba?
«No, no, Madison, piensa positivo» se dijo a sí misma en su mente. Luego de la ducha, bajó a comer en el restaurante del hotel. Allí se encontró con Kendra de nuevo, quien le saludó con una sonrisa amable. Pidió un croasán y un chocolate para cenar. Ya se le había pasado la hora del almuerzo mientras escribía y pues, ya era de noche, casi.
—¿Ya te atendieron? —Indagó Kendra con una media sonrisa, Madison asintió—. ¿Me puedo sentar acá contigo o esperas a alguien?
—No, no, no espero a nadie, puedes sentarte — respondió Madison también sonriente—. ¿Cómo estuvo tu día?
—Pues, todo bien. Mucha afluencia de turistas, es la temporada, ¿y tú? —Se encogió de hombros, Madison asintió con la cabeza y miró alrededor confirmando la declaración de su amiga pero hubo una persona en particular que llamó su atención. Kendra lo notó y le preguntó mientras buscaba con la mirada al objetivo—. ¿Qué pasa, Madison? ¿A quien miras tanto?
—¿Qué hace él aquí?
—¿Quién? ¿De qué hablas?
—¡Él! —Exclamó Madison mientras miraba al chico de ojos verdes que estaba en la barra—. ¿Qué hace aquí?
—¿Lo conoces?
—¡Claro! Es Ethan Schmidt, mi editor.
La reacción de Kendra era de esperarse. Su boca se abrió formando una enorme "o", a causa de la sorpresa. Madison, por su lado, no dejaba de mirar a Ethan y pensar en lo sucedido durante la sesión de edición. Todavía no asimilaba que aquel hombre le había dado un beso, EN LA PRIMERA SESIÓN. Sin embargo, las dudas la acechaban, el hecho de pensar que podría tratarse de una estrategia del editor, le borraba la sonrisa del rostro.