El hospital estaba en su ritmo frenético habitual. Por alguna razón, siempre el lunes por la mañana, los pasillos estaban llenos de movimiento: enfermeras con caras de cansancio, médicos con pasos apurados, y el incesante pitido de monitores cardíacos a lo lejos. Erika caminaba por el pasillo con la bata aún medio puesta, el cabello recogido en un apuro y varios expedientes bajo el brazo. Lo primero en lo que pensó al entrar al área de emergencias fue que el día había comenzado con la misma intensidad que siempre. De repente, una voz de enfermera rompió el murmullo: —¡Necesitamos un pediatra! ¡El Dr. Heller está en cirugía! —la voz de la mujer era más aguda de lo habitual y Erika no dudó ni un segundo. Dejó caer los expedientes en la primera mesa que encontró y se dirigió rápidamente hac

