Damien maldijo en voz baja, su cuerpo reaccionando al placer abrasador que lo envolvía. En el último segundo, se apartó con un gruñido, sus músculos tensos, su respiración entrecortada y su autocontrol pendiendo de un hilo. Quería acabar dentro de sus labios, que Alina bebiera cada puta gota de su semilla. Pero se obligó a detenerse. La necesidad los consumía, pero Damien no iba a caer todavía. —Esto no ha terminado, doctora Everhart —susurró, su voz más grave que nunca, como una maldita amenaza. Alina, con la respiración agitada, lo miró sin apartarse. La respiración de Damien era pesada, sus ojos grises se encendían con un fuego que parecía devorarla en el acto. Ella le pertenecía, y aunque no lo dijera en voz alta, cada acción suya lo dejaba claro. Alina sentía el peso de esa mir

