Los dos comenzaron a nadar juntos hacia la isla, con brazadas firmes, pero sin prisa. A mitad del camino, Tharso se detuvo flotando en el agua, observando cómo nadaba Celeste. —¡Nadas muy bien! —comentó con admiración—. ¿Dónde aprendiste? —Mi... mi familia tenía acceso a lugares para nadar —respondió Celeste, omitiendo mencionar los estanques privados del palacio real y los lagos que había dentro del territorio del palacio—. Siempre me gustó el agua —agregó y esta vez no mintió. Jugaron un poco en el agua, salpicándose mutuamente como niños. Celeste se sintió más libre de lo que había estado en años, riendo mientras Tharso la perseguía entre las olas pequeñas que creaban con sus movimientos. La risa de él era rica y profunda, llenando el aire de una manera que hacía que el corazón de el

