La comida que Naya les sirvió superó todas las expectativas que tanto Tharso como Celeste habían tenido. Para él, después de cinco años de raciones militares básicas y sopa espesa de carne día tras día, el estofado casero de Naya con hierbas frescas, pan recién horneado y verduras de su propio jardín fue como redescubrir lo que significaba una comida de verdad. Cada bocado le recordaba por qué había extrañado tanto estos momentos familiares. El estofado tenía capas de sabor que las comidas militares jamás podrían igualar: la carne se deshacía en su boca, las verduras conservaban su textura natural, y las hierbas creaban una mezcla aromática que despertaba memorias de su infancia. —Por todos los dioses antiguos, Naya —murmuró Tharso después de su tercer plato—. No recordaba que la comida

