LIAM El vidrio automático del lobby se abrió con ese suspiro templado que anuncia aire acondicionado y mármol caro. Afuera, Nueva York era un rumor de bocinas y charcos de luz; adentro, todo olía a detergente, a flor cortada y a perfume de ascensor. Tenía el cerebro todavía lleno de la casa de Matt: el llanto limpio de Anya, las risas de Damian, la voz cansada y feliz de Evi, y el apretón de manos de mi hermano de guerra diciéndome “resiste”. Esa trenza de ternura me sostenía, delgada, cuando crucé la puerta giratoria. Y justo ahí, como si el edificio hubiera decidido escupirme una broma cruel, la vi. Adeline. No la recordaba tan alta. Quizá eran los tacones, quizá la postura de depredadora en descanso. Apoyada contra una columna, abrigo rojo abierto —exhibición y bandera—, vestido n***

