LIAM Cerré la laptop con un chasquido seco, como si al cerrar esa tapa también pudiera dejar fuera la maraña de pensamientos. No era así, nunca lo era. Pero necesitaba un corte, un respiro. Y ese respiro tenía nombre: Dearwood. El pasillo de BengalSoft estaba lleno de voces y teclados, gente corriendo con café en la mano, como siempre. A mí no me rozaba nada. Caminaba como si tuviera un cristal alrededor, mi mundo aparte. Solo pensaba en Saanvi y en ese mensaje que aún ardía en el bolsillo del pantalón. Renuncié. Esa palabra aún me sacudía. Ella saltó, joder, saltó al vacío. Y lo hizo sabiendo que podía estrellarse. Y aún así lo hizo. Esa clase de valentía era la que me mataba y me daba vida al mismo tiempo. En el estacionamiento, el motor del Aston rugió como una bestia domada, y salí

